Por Jorge Riopedre

En 1959, cuando la llamada “revolución cubana” llegó al poder, yo tenía 15 años de edad. El alboroto caribeño lo arrastraba todo como si se tratara de una cura infinita de males actuales y futuros; la acostumbrada verborrea criolla de pensamiento frágil sin recursos de peso ni calado de nada como pudimos comprobar demasiado tarde. Por supuesto que yo no entendía nada de lo que estaba sucediendo, pero la reacción de los recién llegados amenazaba con aplastar en su conjunto nuestro estilo de vida, costumbres, tradiciones y creencias: Se proponía arrasar con el pasado de la historia de Cuba.Yo opté por la rebelión.

En el pasado de nuestros pueblos la rebelión había sido un derecho honorable que se zanjaba a como diera lugar, pero no tocaba por lo general a familiares ni propiedades. Yo sospecho, lo digo en mi libro, Cuba, la lucha por su identidad (2016), que la guerra civil española envenenó la revuelta castrista. Nunca me paso por la mente viajar a Estados Unidos, pero mi familia tramitó el pasaporte y mi hermano mayor, ya en Miami, gestionó la visa. A él le debo la vida. Me esperaba la misma suerte que a varios amigos de la infancia, largas penas de prisión o algo peor.

En aquella fecha yo no podía prever lo que venía; como tantos otros de mi generación no podía hacer otra cosa que enfrentarme, en plena juventud, a una injerencia ajena, desconocida hasta entonces. Carecía de experiencia para confrontar los efluvios de la salvaje herencia de la revolución rusa de 1917, con sus millones de muertos en Ucrania y dondequiera haya depositado su mortal germen. Desde entonces hemos aprendido algo. Obsoleto por su fracaso económico y filosófico, el comunismo se ha convertido en el amuleto de la barbarie que quiere tomar el poder en Estados Unidos aplicando la estrategia de Trotsky: dominar la calle, interrumpir los servicios públicos, aterrar a la población; ni siquiera es necesario provocar la huelga general o atacar el Palacio de Invierno (en este caso la Casa Blanca), basta paralizar a la mayoría por la incertidumbre y el proverbial sentimiento de culpabilidad. Tres cuartos de siglo más tarde de nuestra mocedad, algunos de nosotros nos toma por sorpresa este vuelco en el andén de la despedida, pero eso no impide que nos dispongamos a librar una última batalla.

La insurrección, llamemos las cosas por su nombre, levantamiento, sublevación, rebelión de un segmento de la población bastante numeroso para formar barricadas, interrumpir el tránsito, derribar monumentos e incendiar lo que se les antoje, no es precisamente una pandilla de facinerosos en sus delincuencias habituales, sino terroristas con el objetivo de tomar el poder y sabotear las elecciones presidenciales. Esto no es cosa de juego. La economía mundial gira alrededor de los medios de producción y la tecnología de Estados Unidos; la seguridad internacional de Europa, Asia y América descansa en el arsenal nuclear norteamericano, sus fuerzas armadas, navales y terrestres frente gobernantes díscolos, impredecibles, que aprovecharán cualquier debilidad o confusión del liderazgo civil estadounidense para lograr sus fines geopolíticos en Hong Kong, Corea del Sur, Japón y Filipinas. Con la mayor objetividad posible no propongo que Donald Trump sea la mejor opción presidencial, pero aquellos que se preocupan por la reelección de Trump deben preocuparse aún más por quién será el vicepresidente de Joe Biden, un hombre afectado a todas luces por los achaques crónicos de la edad. Sería el colmo de la irresponsabilidad por payasadas políticas, depositar la suerte de más de trescientos millones de habitantes y otros tantos miles de millones en todo en mundo, en manos de un prosélito.