Miguel Wiñazki

IDENTIDAD CORRENTINA

Aumentan los impuestos.

Las clases presenciales no vuelven (aún cuando se proponen protocolos sanitarios estrictos), pero ciertos casinos patagónicos sí abren. La Reforma Judicial avanza entre zigzagueos tácticos, camuflajes, trucos y sofismas diseñados desde las alturas del poder real.

Las aulas aguardan vacías, y algunas casas de juego austral han sido habilitadas y las ruletas giran.

Escribió Dostoyewski en El Jugador: “Me había confiado una misión: ganar en la ruleta fuese como fuese… era preciso encaminarse a la ruleta”.

Un país apuesta su destino en la ruleta.

Pero el destino se gana en las escuelas, excluyendo la inevitable desventura de la rueda de la fortuna, digitada y capciosa en éste caso para beneficiar a un socio del poder y a sus eventuales testaferros.

La permutación entre educación y juegos de azar es otro juego emboscado y más peligroso en rigor; se llama ruleta rusa sobre las sienes del futuro. El casino de Trelew y los dos de Rawson están abiertos. El de Puerto Madryn cerró momentáneamente tras un brote de coronavirus en la ciudad.

En Santa Cruz también abrieron. Algunos permanecen operativos, y otros, como el de Rio Gallegos cerraron -también- por la reincidencia de la plaga viral.

Pero la obscenidad fue perpetrada.

Hay algo muy profundo en todo esto.

Hay edictos y dictámenes que ordenan lo permitido y lo prohibido, pero evadiendo el “deber ser”. Debe haber educación, no necesariamente deben estar ahora abiertos los casinos.

En línea con la uniformidad disciplinaria requerida, se ha recomendado evitar cantar, hablar en voz alta y reír, según cierta sugerencia viceministerial.

Toda felicidad, entusiasmo o hilaridad quedaría limitada a las altas autoridades como demuestra la algarabía fotográfica sin barbijo del primer Magistrado junto Hugo Moyano y sus respectivos cercanos, sin mordazas para el júbilo abierto que los reunió en ese asado en Olivos. Muchos millones que deben atenerse a observar de lejos el regocijo sin barreras de los aliados en las cimas del decisionismo para las prohibiciones a los otros y las permisiones para sí mismos.

Hay un país encerrado. Sin vuelos y sin rutas abiertas, pero recluido en sus propias opciones de sometimiento.

Confinado en el pasado y en esa vocación por las imposibilidades organizadas por las jefaturas.

En simultáneo, Parrilli, el mandadero vicepresidencial aludió en la larga noche senatorial del jueves a metáforas ictícolas para “aclarar” su cláusula censuradora. Se vanagloriaba, como si fuera un mérito y no una vergüenza engañadora, de habernos hecho tragar a todos anzuelos, tanzas, cañas, y otras entidades de la nueva piscicultura política.

Quitó de su retórica impugnadora de la libertad de expresión la explícita mención a los “poderes mediáticos”, pero amplió el espectro represivo. Finalmente redactó el inciso a su manera: bizantina. Pretende así “comunicar en forma inmediata al Consejo de la Magistratura cualquier intento de influencia indebida en sus decisiones por parte de personas, grupos de poder, miembros del Poder Judicial, Ejecutivo o Legislativo, amistades o cualquier grupo de presión de cualquier índole, y solicitar las medidas necesarias para su resguardo”.

¿Cómo se define “influencia indebida”?

Y sobre todo, ¿quién lo define de ese modo?

Toda persona puede estar de ahora en más en el blanco del radar represivo de Parrilli.

La libre expresión está vigilada por el guardián vicepresidencial.

El anzuelo es un instrumento que se clava en el paladar de las víctimas.

Es una incisión en el centro mismo de la boca.

Una de las exégesis del origen etimológico del término “anzuelo” deriva su origen en su eventual arraigo en el latín, “Hamus”, que connota el concepto de “amo”.

El que lanza el anzuelo, el cebo, es el amo a través de artificios engañosos.

Parrilli confesó que deliberadamente engatusó a la opinión pública.

No es un argumento que lo convierta en merecedor de un voto de confianza más allá del que ya le ha otorgado ad aeternitate su jefatura vicepresidencial.

El amo ama a su ama.

Hay un espinel de anzuelos, de cebos y de trampas.

¿Alberto fue el anzuelo de Cristina?

Las desventuras del Primer Magistrado, volatinero avezado y gestor de los impulsos vicepresidenciales vengativos no son menores.

Manifestaciones críticas y crecientes en las calles se aúnan a otros sinsabores.

Debe oír con amabilidad las admoniciones “desenganchadas” de la realidad de Eduardo Duhalde. “Un episodio psicótico momentáneo”, aclaró el ex presidente, cuando tuvo que explicar por qué anunció un golpe de Estado militar.

Psicosis.

Pareciera que a la madrina vicepresidencial y el subalterno Parrilli el sentido de realidad también se les desdibuja.

Las peripecias de la mayoría avanzan en una dirección. Y ellos arremeten en dirección opuesta.

Desenganchados.
Origen:CLARIN