Alberto Fernández intenta relanzar su gobierno antes de cumplir el primer año de mandato. Esa precocidad podrá parece asombrosa, pero no es injustificada: Fernández carece de plan económico en medio de una crisis monumental, de liderazgo para conducir una alianza oficialista heterogénea y de capacidad de gestión.­

Prueba de esto último fue su actitud frente al coronavirus. Tuvo una alerta muy temprana, pero optó por la peor estrategia: la de sacar ventaja política. Resultado: cosechó un altísimo caudal de adhesiones en los primeros tres meses, pero la insensatez del encierro sin término le jugó en contra, la población se hartó y florecieron las protestas masivas. Hubo desobediencia civil y la cuarentena se desintegró de la peor manera: caóticamente. Los contagios hoy están en su peor momento.­

Ahora pretende generar la expectativa de una recuperación económica. Asegura que su carta astral lo habilita a construir sobre las cenizas de un incendio que él mismo avivó. Pero resulta difícil creer que todo esto pase de su declaracionismo habitual.­

Por su parte la oposición en un arranque de inspiración sostiene que para mejorar la economía el gobierno debe primero ser previsible. Pero el problema de Fernández no es la imprevisibilidad, sino lo opuesto: es previsible en el peor sentido.­

Así como declaró servicio público las comunicaciones y pretendió confiscar Vicentin, se dan por descontados nuevos avances sobre la libertad económica y la propiedad privada a medida que la crisis se agrave.­

Esto lo saben los agentes económicos que desde que el peronismo ganó las PASO se han preparado para el tercer gobierno de Cristina Kirchner. Por eso no invierten, ni toman personal, se cubren huyendo al dólar y se resignan a una mayor presión impositiva. Los que pueden, como Latam, directamente se van. Nadie cree que Fernández vaya a hacer con la economía algo distinto de lo que hizo su principal mandante entre 2007 y 2015.­

La jugada de poner a alguien sin poder en el primer lugar de la fórmula fue elogiada hasta por opositores que atribuyeron a Cristina Kirchner un inigualable genio político. Pero el doble comando ha resentido una institucionalidad de por sí débil y asediada por problemas crónicos como el de la inseguridad. Mientras el kirchnerismo aplica todas sus energías en el Senado a remover jueces independientes y reemplazarlos amigos, la suelta de presos, la toma de tierras y el aumento de la criminalidad convergen para crear un clima de zozobra.­

En el gobierno anterior se había recapturado a centenares de prófugos, purgado las fuerzas de seguridad y multiplicado las incautaciones de drogas. Vidal tuvo que mudarse a un cuartel, pero el giro de la situación fue positivo. Hoy las bandas que toman tierras en el conurbano o Río Negro se manejan con impunidad y los que los denuncian son perseguidos penalmente por el gobierno. Más que ineptitud, parece complicidad y no se arregla con declaraciones. Es el reino del revés, una lógica política que se consolidó con el kirchnerismo y es su marca registrada. Nadie, honestamente, podía esperar algo distinto.­

Origen: laprensa.com.ar