IDENTIDAD CORRENTINA

“Solamente hay que tenerle miedo a Dios y a mí también un poquito”, dijo Cristina Kirchner.

Por Silvia Fesquet

“Tenemos que ganar para lograr mayoría simple en el Congreso y el 11 de diciembre, el primer día, enviar un proyecto de ley para que se amplíe la cantidad de miembros de la Corte. Los nuevos miembros tienen que ser militantes nuestros (…) Los militantes nuestros sabemos que van a defender nuestros intereses (…). Las declaraciones de Francisco Durañona, en marzo del año pasado, desataron un lógico revuelo. Pero quizás lo del entonces intendente ultra K de San Antonio de Areco apenas anticipaba, a su modo, un duelo por venir.

Primero fue la creación de la “comisión Beraldi”, el grupo de expertos integrado por el abogado de Cristina Kirchner que deberá estudiar la reforma judicial y analizar la ampliación de la Corte. A partir de la convocatoria del titular del Tribunal, Carlos Rosenkrantz a sus pares para tratar el per saltum presentado por los tres jueces que entienden en causas de corrupción que involucran a la vicepresidenta, llegaron embates varios. Uno de ellos de Alberto Fernández, quien se quejó de que la Corte no avanzara en implementar la ley Micaela en el Poder Judicial, y que mereció un contundente descargo, recordándole el liderazgo de la Corte en acciones vinculadas con la perspectiva de género desde 2010. Ahora acaba de conocerse el pedido de juicio político a Rosenkrantz lanzado por la diputada K Vanesa Siley apenas tres días después de aquella convocatoria por los jueces removidos. El Gobierno salió a despegarse, pero se sabe: el tero pone los huevos en un lugar y grita en otro. Aunque el pedido no prospere, es otra forma sutil de la presión.

Algunos memoriosos recuerdan que Graciana Peñafort, abogada y principal espada de Cristina Kirchner en el Senado, reclamó un ministerio de la Venganza para cuando el kirchnerismo volviera al poder. No son pocos los que creen que ya está funcionando a pleno.

Horacio Rodríguez Larreta es uno de sus blancos. Lejos quedaron los tiempos en que el Presidente lo llamaba “mi amigo”. La semana pasada Cristina aceleró en el Senado la quita de fondos a la Ciudad y la Policía porteña. Hay modos que no reconocen fronteras: en castigo por las protestas contra la brutalidad policial, Donald Trump -el negacionista de la pandemia infectado hoy con coronavirus-decidió recortarle fondos nacionales a Nueva York, calificándola de “jurisdicción anarquista”. La misma figura que les aplicó a Seattle y Portland: no curiosamente, tres Estados gobernados por demócratas. La venganza consagrada como política de Estado.

El asesinato del inspector de la Federal Juan Pablo Roldán a manos de un hombre con problemas psiquiátricos fue disparador para otro round de revanchismo y triste bajo vuelo político. Primero se reavivó el debate por las pistolas Taser, cuyo uso había reglamentado Patricia Bullrich cuando era ministra de Seguridad, y que Sabina Frederic dejó sin efecto al sucederla, limitando su empleo a fuerzas especiales. De haber tenido una Taser Roldán, probablemente tanto él como su atacante hoy estarían vivos. Más allá de esta polémica, que también enfrentó al ministro de Seguridad bonaerense Sergio Berni con su par de Nación, Sabina Frederic aprovechó para replicar la ofensiva que se da en otros ámbitos. Así, culpó a la Policía de la Ciudad por el crimen. “El ministro de Seguridad porteño debería explicar por qué tenían tanto miedo de intervenir. Capaz no sabían qué hacer”, disparó, politizando el tema y corriendo el eje del debate. Al margen de este hecho puntual y sus peculiares características, a nadie escapa que la inseguridad crece, es uno de los temas que trepa en las encuestas a la hora de hablar de preocupaciones de la sociedad y para el cual tampoco parece haber plan: apenas algunos anuncios sueltos, parches cuando la situación aprieta.

“Solamente hay que tenerle miedo a Dios y a mí en todo caso también un poquito”, dijo Cristina cuando todavía era presidenta. No hay razón para pensar que su nuevo status haya cambiado en algo aquella cuasi advertencia. Decía Alberto Moravia: “Una dictadura es un estado en el que todos temen a uno, y uno a todos”.

Origen:CLARIN