Las crisis recurrentes que padece la Argentina desde hace décadas y que han arrastrado casi a la mitad de su población bajo la línea de pobreza tienen una causa fundamentalmente política. No se trata de errores de administración, ni de programas económicos equivocados, ni de la adhesión a una determinada escuela académica ya sea liberal, dirigista o mixta.

Un país con recursos naturales abundantes y población relativamente escasa pasó del desarrollo al subdesarrollo y destruyó su moneda varias veces por incapacidad de su dirigencia. Pero esa dirigencia no actúa en soledad. Desde hace 37 años los gobiernos son elegidos de manera libre y democrática por una sociedad que practica el método de ensayo y error con una precisión kafkiana: siempre elige el error.

Por eso la vuelta al sendero del desarrollo depende de un cambio tanto de las estructuras como de las prácticas políticas que hoy parece improbable, porque los dirigentes se han sobreadaptado a la decadencia. No conciben otra estrategia que la demagogia, el clientelismo, el subsidio, la dádiva, el plan para llegar al poder. Y cuando llegan, siguen con la misma estrategia para conservarlo.

Estas prácticas aseguran el éxito electoral al costo de crisis en plazos cada vez más breves. Apenas ocultan, además, un hecho obvio: la dirigencia no dirige, sino que se acomoda a las demandas de sus votantes. Esto explica que la política se haya reducido a asistencialismo y que la población económicamente activa haya disminuido de manera dramática.

Cuando la dirigencia no dirige pierde su razón de ser y se vuelve conservadora. Su principal objetivo pasa a ser la autopreservación. De allí hay sólo un paso a convertirse en una casta que cuida en primer lugar sus intereses. Una corporación que ajusta a los jubilados, pero no rebaja sus dietas. Una corporación entre las otras: la empresaria , la sindical, la eclesiástica, la mediática, la judicial, etcétera.

Es esta una segunda estructura de poder que funciona al margen del voto popular. Quien la exponga o la critique es, no obstante, acusado de enemigo de la democracia, porque los políticos confunden sus intereses con la Constitución, aunque la manipulen cada vez que pueden.

Además de alienarse, la clase política se vio afectada por un fenómeno que creció de manera exponencial: la corrupción. Siempre el manejo de dineros públicos tuvo zonas oscuras, pero a partir de los 90 estos delitos alcanzaron niveles de republiqueta africana. El fenómeno trajo aparejado un desastre institucional: la manipulación de la Justicia para conseguir impunidad.

Todas las denuncias e intentos de moralización de la vida pública chocaron con el mismo problema que enfrenta la economía: la convalidación electoral de las peores prácticas.

Por eso para que cambien las prácticas y los dirigentes la clave está en los valores de los votantes. Hace 37 años eligieron la democracia como sistema político después de un doloroso aprendizaje. Pero ese sistema no funciona sin estándares morales mínimos y sin un amplio consenso acerca del valor positivo de la responsabilidad, la honestidad y el esfuerzo personal.

Pero para que la sociedad asuma esos valores es necesario que la dirigencia dé primero el ejemplo. Ante equivocaciones reiteradas del actual gobierno miles de ciudadanos salieron a las calles a protestar de manera espontánea. Obraron así porque los políticos profesionales están en la rosca y no los representan. Pero los políticos profesionales no tienen sólo un problema de representatividad. Tienen uno previo, más grave, de identidad. Mientras no sepan quiénes son y para qué están, las crisis se repetirán y la política fracasará irremediablemente.

Origen: laprensa.com.ar