SILVIA FESQUET

Fue muy reconfortante escuchar al presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden, llamando a acabar con la confrontación que por acá, se profundiza.

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“Debemos terminar esta siniestra era de la demonización. Hay que reconstruir el alma y los pilares de este país. Y no pasa por demócratas o republicanos. No podemos pensarnos como enemigos… Es momento de estar todos juntos, es momento de unirnos para sanar al país”. A pesar de la distancia, y a pesar de la alusión a demócratas y republicanos que nos dejaba irremediablemente afuera, fue muy reconfortante escuchar la cordura del flamante presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden, llamando a acabar con la grieta que también por allá, Trump mediante, supieron conseguir. Una grieta que por acá no sólo se profundiza sino que es agitada, cada vez con más entusiasmo, desde el vértice mismo del poder. Y supera por lejos los límites de la pertenencia a un partido o a otro.

Uno de los rounds se inició con Alberto Fernández y su “nos llena de culpa ver a la ciudad de Buenos Aires tan opulenta, bella, desigual e injusta con el resto del país”, y su coro de adláteres de toda laya emprendiéndola contra los porteños, antes de quitarle fondos de coparticipación al distrito, tradicionalmente esquivo con su voto al peronismo. Después vino el demérito del mérito como camino al crecimiento. Cuando se produjo la toma del campo de la familia Etchevehere, el Presidente simplificó diciendo que eran “cosas que pasan entre los ricos, hermanos ricos que se pelean por una herencia”. La Justicia ordenó el desalojo y Juan Grabois y los suyos debieron abandonar la propiedad.

El de los ricos parece ser un tema que Fernández ha decidido adoptar como caballito de batalla. La semana pasada lanzó: “El problema de la inseguridad no lo padecen los ricos, porque viven en casas custodiadas, llenas de cámaras, en countries con custodia interna…”. Si no fuera lamentable esta generación de todavía más enfrentamientos en una sociedad en la que sobran, sería hasta gracioso escuchar al Presidente incursionar por estos resbaladizos terrenos. Echando un vistazo apenas a la fórmula presidencial, cabría preguntarse, si estos no son los ricos, ¿los ricos dónde están?

Tomando como referencia diciembre del año pasado, mes en que se mudó a Olivos al asumir la presidencia, el valor promedio del m2 en Puerto Madero, donde residía Alberto F., se cotizaba a US$ 5.482, casi 3 mil dólares por encima del m2 promedio en el resto de la Ciudad. Si bien su departamento era prestado, se presume que vivió rodeado de despreciables ricos, – ¿categoría en que entraría quien le facilitó la propiedad?- y hasta gozó de sus privilegios: cámaras, custodia interna y esas prebendas que ostentan los edificios de Puerto Madero. El mismo barrio, por cierto, en que compró al menos dos departamentos Cristina Kirchner, a la sazón su vicepresidenta. Madre, además, de Florencia, con US$ 4,6 millones guardados en una sola caja de seguridad.

Pero además de todo lo rebatible y reprochable de sus dichos, del facilismo de ricos contra pobres, cae el Presidente en otro argumento simplista, en un nuevo prejuicio burdo y ramplón: en los countries viven los millonarios. Desconociendo el amplísimo abanico de precios y categorías en que se reparte el mercado inmobiliario en materia de ese tipo de urbanizaciones. Y desconociendo también la responsabilidad que le cabe en la inseguridad que, como él mismo dijo, “padecen los que más necesitan, los que tienen que ir a la parada del colectivo, al tren, los que están trabajando”.

No son los únicos estigmas enarbolados por quienes ejercen la máxima responsabilidad: ya se congratuló el Presidente de la filiación peronista de Dios, en la marcha del 17 de octubre, mientras su jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, en alusión a otra movilización, la del 12 de ese mes, sentenció que los argentinos que se habían manifestado ese día “no son la gente, no son el pueblo, no son la Argentina”. Un mensaje extraordinario en pos de la pax social, el respeto a las diferencias y otras lecciones de convivencia democrática que algunos funcionarios parecen haberse llevado a marzo. Eso, ausente en la voz oficial, y presente en reclamos como los que este domingo volvieron a llenar las calles.

El discurso de las divisiones y las falsas dicotomías puede funcionar bien como elemento de distracción, emulando al tero, que pone los huevos en un lado y pega el grito en otro. Pero puede ser también una jugada peligrosa. Ya lo dice el refrán: quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Origen:CLARIN