¿Y si finalmente la respuesta al interrogante de por qué la Argentina está sumida en una decadencia que parece no tener fin fuera más sencilla de lo que pensamos? ¿Si en lugar de sesudas interpretaciones que combinan decisiones mal tomadas, factores económicos, sociológicos, estratégicos y hasta aquellos que se hunden en pliegues más íntimos de la personalidad nacional, lo que deberíamos hacer es fijar nuestra atención en la calidad humana de las personas que gobiernan? ¿Si llegáramos a la conclusión, en definitiva, de que venimos siendo gobernados por una manga de mal nacidos que han inventado una realidad paralela al solo efecto de llenar sus bolsillos personales con las riquezas que nos roban y que la Argentina y los argentinos no les importan nada?

Algunas de esas sospechas, si es que aún faltaban confirmaciones, las tuvimos ayer durante el caótico funeral de Diego Maradona.

El gobierno trató de apropiarse una vez más de lo que no es suyo. Fiel a su embrión ladrón el kirchnerismo creyó ver en la muerte del Diez una oportunidad única para ganar otra batalla demagógica.

Puso a disposición un lugar de todos los argentinos -la Casa Rosada- para sacar rédito partidista de un hecho triste y conmovedor como era la muerte de la figura más popular de los últimos 40 años.

No tomó ninguna precaución; sólo le interesó su afán egoísta de ganar votos y voluntades.

El mismo gobierno que encerró a la sociedad durante más de 230 días, de repente, sin ningún cálculo y sin ninguna previsión, lanzó a la calle a una muchedumbre masiva que se agolpaba entre puestos de choripán, venta ambulante de cerveza y un calor agobiante durante horas de incertidumbre y desorganización.

Se estimaba que un millón de personas podrían pasar para despedir al ídolo. Un simple cálculo aritmético le hubiera demostrado al Ministerio de Salud que la recomendación de mantener 2 metros de distancia entre personas o sería incumplida o llevaría la fila desde la Plaza de la República hasta Río Gallegos. Pero la demagogia los impulsó a seguir de todos modos.

Se habría necesitado una velocidad de 28 personas por segundo delante del féretro de Diego para permitir que toda esa masa fluyera sin producir amontonamiento, caos y eventualmente violencia.

Otro dato en el que no repararon o que no les importó frente al botín que perseguían.

Cuando intempestivamente se dio la orden de cortar el velatorio a las cuatro de la tarde todo devino en un pandemonio. Y el derivado nos lleva a preguntarnos, de nuevo, si no estamos gobernados, simplemente, por un conjunto de malparidos.

Tan solo minutos después de conocerse un comunicado en el que el gobierno, desde el Ministerio de Seguridad, se atribuía el control y supervisión del operativo, el ministro del interior Wado De Pedro, mientras estaba reunido con la Reina-faraón, escribió un tuit en el que le “exigía” a Rodriguez Larreta y a Diego Santilli que terminaran “con la represión al pueblo que quería despedir a Maradona”. Una aproximación eficaz a la hijaputez en estado puro. Hoy el presidente-lacayo reafirmó esa posición.

La Policía de la Ciudad pasado el mediodía recibió la comunicación de cortar la fila de acceso (que en ese momento llegaba hasta Constitución) dado que la familia de Maradona había dispuesto terminar el velatorio a las cuatro de la tarde. El intento de separar con vallas a las personas que podrían quedarse de las que deberían irse derivó en el caos del cual De Pedro y Fernández acusaron a R. Larreta. El gobierno agregó a su lista de culpables a la propia familia de Diego por pretender cortar el homenaje.

A todo esto, la casa de gobierno era literalmente tomada por una muchedumbre de barrabravas que había trepado por las rejas llevándose por delante todo intento de control por parte de las fuerzas de seguridad federales. Adentro hicieron todo tipo de destrozos incluido el busto del presidente Yrigoyen.

El féretro de Maradona y su familia debieron ser evacuados del lugar y puestos bajo la vigilancia de la Casa Militar, la misma fuerza encargada de la seguridad del presidente, que ya contaba dos heridos en la cabeza entre sus filas, pese a estar ataviados con uniforme de fajina.

El kirchnerismo debería ser juzgado severamente en la soledad de cada uno de nuestros espíritus. Del mismo modo que el peronismo, su fuerza madre, debería haber pasado ese juicio hace ya muchos años.

Si lo hubiéramos hecho en su momento quizás la Argentina no se habría desbarrancado como se desbarrancó. Pero ese juicio en gran medida fue impedido porque para hacerlo se precisa gente educada, ecuánime y con una conciencia de su soberanía individual que, justamente, el peronismo se encargó de destruir porque sabía que allí podía estar su talón de Aquiles: la gente instruida y avispada en la civilización legal rechaza fuertemente tanto la demagogia como la concentración del poder y la pretensión de perpetuarse en él.

El peronismo destruyó todo ese mecanismo de defensa democrático por la vía de destruir la educación y por el empobrecimiento vil de las masas. Maradona tiene el grado de adoración que tiene porque él también fue una víctima de ambos crímenes: todo lo ven como alguien que sufrió las mismas consecuencias del virus peronista.

Con una salvedad: el peronismo fue lo suficientemente malicioso como para vender una imagen según la cual los responsables de esa realidad de pobreza y de envilecimiento educacional eran otros, no ellos; casi igual a como De Pedro trató de endilgarle el caos a Rodríguez Larreta.

Ese cóctel de un pueblo mal educado y pobre estalló ayer en escenas que recorrieron el mundo, poniendo, una vez más a la Argentina, en el centro de los papelones.

Mientras barrabravas confesos, condenados por la justicia como delincuentes, entraban a la Casa Rosada como señores (como fue el caso de Rafael Di Zeo), la cultura barrabrava se adueñaba del centro de Buenos Aires para pretender llevarse todo por delante, rompiendo lo que pudiera, pisando a quien se pusiera enfrente.

Esa es la cultura peronista, señores. En ese fenómeno social y político deben encontrarse las respuestas a la decadencia. Estamos gobernados por lo peor: por gente sin principios, sin moral, sin escrúpulos, por profesionales del uso político de todo acontecimiento que pueda dar un rédito.

El juicio individual de cada uno de nosotros (ese que se hace a solas y en silencio) sobre el peronismo y sobre su deformación aún más envilecida -el kirchnerismo- debería ser inapelable, contundente, definitivo. Toda la Argentina debería señalar a ese engendro nacido hace 75 años como el culpable de los males que hoy padece un país que ellos se han encargado de transformar en inviable.

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