Alejandro Borensztein

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El príncipe de Río Gallegos tiene mucho más poder que conocimientos.

Antes que nada, sugiero que la próxima vez que haya elecciones en la Ciudad de Buenos Aires seamos más vivos y votemos candidatos peronistas. O, en todo caso, al candidato que Cristina elija para nosotros. Así nos vamos a ahorrar extorsiones, recortes de guita, destratos, agravios, mala sangre y demás problemas. Curémonos en salud. Por otra parte, y con el mismo criterio sanitario, los periodistas deberían abandonar la manía de investigar hechos de corrupción. Lo único que consiguen es comprarse problemas. ¿Qué necesidad tienen, por ejemplo, Hector Gambini, Lucía Salinas o el mismo Daniel Santoro de andar husmeando por ahí? Ni hablar del molesto Nico Wiñazki.

Vale pensar esto ahora, justamente por lo que le está pasando al periodista Diego Cabot. El tipo es el que encontró e investigó los famosos cuadernos de Centeno donde se describe, con lujo de detalles, el modo en que los empresarios pagaban las coimas que les pedían los funcionarios kirchneristas. El juez, que en realidad debería investigar a Cristina, a sus funcionarios y a los empresarios, eligió un camino mucho más piola: investigarlo a Cabot. Era obvio. Al final el único que va a terminar preso es él. Y bien merecido que se lo tiene, por meterse en asuntos que no le incumben.

Si todos estos periodistas, en lugar de enredarse en estos líos, se dedicaran exclusivamente a investigar a la enfermera o a la psiquiatra de Maradona se ahorrarían disgustos, se evitarían la persecución del kirchnerismo y de sus jueces y vivirían más tranquilos.

Dicho esto, y siguiendo con la búsqueda de una vida más sana y menos conflictiva, ha llegado también la hora de abandonar la fantasía de pretender modificar nuestra realidad y asumirla tal como es. Veamos.

Por si alguien todavía tenía alguna duda, esta semana quedó demostrado que el Presidente es un fenómeno manejando megáfonos. Para todo lo demás, está complicadísimo.

Evidentemente, el poder está en manos de Reina Cristina. Es lógico. No sólo porque, a la luz de cómo nació este proceso, no podría haber sido de otro modo sino porque, viendo cómo gobierna Tío Alberto, mejor que el poder lo tenga ella.

Sin embargo, todo indica que este poder absoluto es temporario y que, tarde o temprano, será delegado.

Nadie discute que Larreta podría ser un presidente razonable, pero dudo mucho de que en 2023 la Reina Cristina lo designe como su candidato. Lo más probable es que se incline por su heredero natural: el Príncipe Máximo de Río Gallegos.

Si a esto le sumamos que la oposición sigue por ahora liderada por un estadista que en plena tragedia se acaba de ir a Tandil a jugar al golf con 20 amigos, la foto del país resulta bastante elocuente: la Reina, el Príncipe, Tío Alberto y el Gato golfista. Somos un parque de Disney pero con 40.000 muertos.

Dado este panorama, mejor asumir la realidad que pelear contra ella. Está claro que a futuro el Príncipe Máximo ejercerá el poder formalmente o, como lo hace ahora, de hecho y con mamá. El propio Massa le tiene que pedir permiso hasta para ir al baño. No se le retoba ni un solo dirigente del Frente de Todos. Y lo bien que hacen. No vale la pena comprarse problemas. Los porteños y los periodistas de investigación deberían aprender del ejemplo que nos dan los dirigentes del peronismo. Serían mucho más felices.

Asumida la realidad, seamos completamente sinceros: el príncipe Máximo tiene mucho más poder que conocimientos. Por lo tanto, entre todos tenemos que ayudarlo y cada uno aportar su granito de arena para hacer de este diamante en bruto el verdadero estadista que necesitamos.

Habrá que conseguir uno que le enseñe algo de política, otro que le de nociones básicas de economía, buscaremos uno que le dé clases de matemática, algo de castellano, un poco de filosofía y literatura (no sé cómo anda de tiempo Santiago Kovadloff, pero sería ideal), sería fundamental que tomara clases de inglés (mirá cómo terminó Solá), habrá que enseñarle mucha historia política (seguro que a Máximo también los padres le vendieron el buzón de “vengo a pedir perdón en nombre del Estado Nacional…” etc. etc.) y así entre todos, podremos armar un personaje que nos sirva para algo. Va a estar 20 años en el poder, más nos vale.

Si así como vamos ya alcanzamos el 44% de pobreza, en 20 años no quiero ni pensar. Ayudarlo a él es ayudarnos a nosotros mismos.

Tenemos algo a favor: el tipo va al Congreso, no falta, maneja dirigentes, controla al presidente y propone leyes. En otras palabras, le pone voluntad. Eso es importante.

Y tiene pasta (cuando hablamos de pasta no nos referimos a los casi 3 palos verdes que tiene en la caja de ahorro, se entiende, ¿no?). Tiene pasta para la política. Lo demostró con el impuesto a las grandes fortunas. Esa la hizo bien. El tipo tiene propiedades por todos lados, incluyendo los hoteles y los pisos en Puerto Madero. Son decenas de millones de dólares, pero como están tasados en pesos a valor fiscal, no valen nada y no tributa nada.

En cambio un boludo cualquiera que se compró una casa en Florianópolis, computa en dólares reales y tiene que vender un hijo para hacer su “aporte solidario”. Bien pensado.

Sin embargo, Máximo se equivoca cuando se mete con temas más complejos, como le está pasando con su proyecto para modificar la ley sobre Manejo del Fuego.

El Príncipe propuso que la ley prohíba la venta hasta por 60 años o el cambio de uso de aquellas tierras o campos que sufran incendios, tanto intencionales como accidentales.

Suena injusto porque una cosa son los tipos que incendian su campo a propósito y otra muy distinta es el vecino al que le cae un rayo en un árbol y le quema 500 hectáreas en un minuto porque, para colmo, no hay guita para los bomberos ni para las mangueras ni para el agua ni para nada.

Pero ambos propietarios tienen algo en común por lo que merecen ser castigados: en general no votan kirchnerismo. Otro ejemplo, como el de los porteños, de lo conveniente que resulta hoy en día votar bien.

Lo que Máximo no pensó es que la ley se le puede volver en contra. Ante un incendio accidental, no podés lotear, no podés vender, no podés hacer nada distinto. O sea, donde hubo trigo sigue el trigo. Y donde hubo hoteles deben seguir hoteles.

Imaginemos a un estúpido cualquiera paseando por Santa Cruz que sin querer tira un pucho encendido y le prende fuego a todo el terreno de Alto Calafate con el hotel incluido. Se le quema hasta el conserje. Problemón.

Según la ley que esta semana se aprobó en el Senado, no lo puede vender y está obligado a mantener el mismo uso del terreno. Hubo hotel, vuelve hotel.

O sea, otra vez tenés que pedirle al Banco Central que te manipule el dólar como en su momento hizo Néstor para comprar el hotel (en este caso sería para garpar la obra y reconstruirlo), otra vez llamarlo a Lázaro Báez, otra vez alquilarle los cuartos, otra vez el lavado, otra vez los periodistas investigando, el procesamiento, los juicios. No terminamos más.

Cuando te querés acordar ya tenés de nuevo la corrupción a full, más pobreza, más déficit y otra vez le tenés que ir a morder la billetera a la Ciudad de Buenos Aires. No da.

Por eso, mientras le damos tiempo a Máximo para que se prepare, sigamos cuidando al Presidente.

Solo esta semanita declaró que “el saldo del primer año de gobierno fue muy positivo”, que “en la Argentina no hay hambre” y que la modificación que Cristina le hizo al proyecto sobre movilidad jubilatoria enviado por el Presidente mismo fue “una muy buena idea que en realidad ya la había pensado él”.

De onda, ocúpense de gobernar que del humor político nos ocupamos nosotros.
Origen:CLARIN