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El Sr. Jorge Bergoglio, Papa Francisco, ha dado a conocer una nueva encíclica, Fratelli Tutti, donde se revela una vez más la confusión pertinaz entre religión y política que impuso la Iglesia Católica a través del tiempo, no obstante el mandato de Cristo de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Al respecto vale recordar el análisis realizado por un católico, Paul Johnson, en su libro Historia del Cristianismo, en el capítulo titulado De Mártires a Inquisidores.

También surge de allí una evidente confusión entre el liberalismo con el marxismo, a partir de la aparente coincidencia del materialismo de ambos, lo que implica ignorar por una parte la naturaleza humana y por la otra la historia de la humanidad.

Está en la Biblia: “”El justo peca siete veces”, o “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”, mostrando la falibilidad del ser humano. Además, está igualmente reconocido en los Evangelios tanto la propiedad privada como la seguridad de los contratos en la Parábola de la hora nona, y así como el mérito y la recompensa por el buen uso del dinero, en la Parábola de los talentos.

Estos principios son los que imperan en el liberalismo, lamentablemente confundido con el racionalismo del mal llamado Iluminismo, que Armando Ribas ha denominado el oscurantismo de la razón, y el terror del jacobinismo de la Revolución Francesa, prolegómeno del nazismo y el comunismo del siglo XX que nos llevaron a la Segunda Guerra Mundial.

NO SON LO MISMO

Hay una diferencia histórica indiscutible entre el supuesto materialismo liberal y el no supuesto sino real materialismo marxista. Del primero se generó el sistema ético-político que permitió por primera vez en la historia crear riqueza a partir de la libertad, tomando en cuenta precisamente la naturaleza humana y no proponiendo la creación de un hombre nuevo supuestamente carente de intereses y de egoísmo. Este proceso, que no tiene más de doscientos años, comenzó con la Revolución Gloriosa en Inglaterra de 1688 y fue llevado a sus últimas consecuencias en los Estados Unidos con su Constitución y las enmiendas denominadas genéricamente como Bill of Rights.

Tanto en la Edad Media como más tarde con Rousseau en Francia seguido por Kant en Alemania, suponían que la riqueza estaba dada y no creada. Y se suponía, en consecuencia, que si había ricos era porque habían expoliado a los pobres. De allí que la solución era que el poder político distribuyera esa riqueza en forma equitativa.

El marxismo, heredero del historicismo racionalista kantiano, presuponía que la creación de la riqueza surgía como obra de la historia y que la burguesía alevosamente se la apropiaba por la explotación y la alienación del trabajador. En su supuesto propósito distribuidor al que ha contribuido en múltiples casos la política de la Iglesia Católica, lo único que logró fue mayor pobreza y determinar el poder político absoluto de una clase dirigente a la que Djilas denominara la Nueva Clase. 

Así, la demagogia de la distribución genera mayor pobreza y falta de libertad. Y a los hechos me remito: la Unión Soviética de Lenin y Stalin, la China comunista de Mao, la Cuba de Fidel Castro, la Corea del Norte de la dinastía Kim, la Venezuela de Chávez y Maduro, Viet Nam, Camboya, y varios países del Africa.

El poder absoluto que avalaba la Iglesia bajo la égida de Roma con la caída de Imperio Romano de Occidente, a partir del “derecho divino de los Reyes”, ahora ha sido sustituido por el socialismo con el “derecho divino de los Pueblos” en nombre de una democracia de masas que ignora los derechos individuales y los límites al poder público.

Lo que ha sido común en la Iglesia y el marxismo es la supuesta lucha por los pobres para justificar el poder político absoluto en nombre de la ética de la solidaridad. O sea, la falta de libertad que ejercieron en toda su intensidad cuando la Iglesia detentaba el poder político, con las Cruzadas y la Inquisición mediante. Que por supuesto para muchos católicos son hechos anecdóticos, pero que como bien dijera John Locke: “No comprendo que se pueda quemar a los hombres en la tierra para evitar que los quemen en el infierno”. 

COMPLICIDAD CON CASTRO

Estar en contra de determinadas políticas de la Iglesia, tales como haber mandado al Cardenal Tarcisio Bertone a Cuba a felicitar a criminales como los hermanos Castro -dijo ante las cámaras que eran personas “inclinadas a hacer el bien”-, no significa que el liberalismo sea una ideología antirreligiosa. Por el contrario, reconoce el derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad tanto en la tierra como en el cielo.

Si me refiero a la Iglesia Católica es precisamente porque ha sido el poder de ella a través del nacionalismo católico sustentado por la Quadragésimo Anno, y actualmente con el socialismo católico sustentando por la Populorum Progressio, la Evangelii Gaudium, y la Fratelli Tutti, lo que destrozó el proyecto materialista más exitoso de la segunda mitad del siglo XIX en el mundo, que fue la Argentina de Juan Bautista Alberdi y Justo José de Urquiza.

Ese proceso fue la prueba del error de la teoría de Max Weber de que el capitalismo dependía de la ética protestante, pues la Argentina nunca dejó de ser católica y aún así lo logró. Por lo menos hasta que la Iglesia pudo influir en la política a principios del siglo XX con autores como Gálvez, Irazusta, Meinvielle, Lugones, que tuvieron decisiva influencia en el Ejército, motivando el golpe de Estado de 1930 y con él el inicio de la decadencia nacional.
La libertad religiosa no es el producto de ninguna religión en particular, sino de la existencia de muchas sectas religiosas que impiden que ninguna se apropie del poder político, tal como lo expresó Adam Smith.

La Quadragésimo Anno de Pío XI no hizo otra cosa que desvirtuar todos los principios de confluencia entre el cristianismo y el liberalismo que habían sido sabiamente expresados por León XIII en la Rerum Novarum, una encíclica completamente anulada por el actual papa Francisco. 

Y no puedo olvidar que esa Encíclica -la Quadragésimo Anno– fue el resultado del acuerdo de Pío XI con Benito Mussolini en el Concordato de Letrán, por el que se le devolvieron a la Iglesia los Estados Pontificios y se declaró al catolicismo la religión del Estado. Es decir, el acuerdo vergonzoso con el fascismo.

 

 

Origen:laprensa.com.ar