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El presidente y la vice son como esos matrimonios que no se aguantan pero que siguen juntos por los hijos.

A Cristina Kirchner la saca de quicio no poder conseguir que la Justicia haga lo que ella quiere que haga o necesita que haga. Y no lo oculta ni se preocupa por ocultarlo. Lo escribe. Tampoco le preocupa el costo que paga Alberto Fernández, a quien por una de esas manipulaciones políticas suyas lo puso donde está y para hacer lo que ella precisa que haga. Ninguna revolución: sólo sacarla del pantano judicial.

El tiempo le corre en contra y sus cartas son cada vez más furiosas. La última fue con domicilio explícito, la Corte, y destinatarios con nombre y apellido de cada uno de sus jueces, que están peleados entre sí y a los que ella paradójicamente contribuye a amigarlos.

También tiene un destinatario implícito y no tan implícito que es el mismo presidente. Cristina les dice claramente a los jueces y a Fernández, por si no lo saben, que acá la que fija las reglas es ella. El punto es que está abriendo las puertas a mucho más que un conflicto de intereses personal. Dice sin decirlo: yo estoy para cambiar la democracia del defecto de tener jueces, que de los tres poderes es el único que no va a elecciones.

Hay cosas de Cristina que no resisten el más mínimo debate o que levantan la más grande de las sospechas, como la propuesta de que a los jueces los elija la gente. Elegimos gobierno kirchnerista y en el mismo acto a jueces kirchneristas. Y asunto terminado.

Lo curioso no tiene nada de curioso y pasa a muy peligroso para la democracia. La crisis trepa de política a institucional cuando la vicepresidenta ataca a la Corte y a Fernández se le ocurre decir que los jueces actúan “con una discrecionalidad pasmosa”. Frente a lo que dice Cristina es igual a no decir nada o a decir que pase el que sigue. O peor: sigamos haciendo de cuenta que esto que hacemos el presidente y la vicepresidenta es algo normal en una democracia.

Cristina y Alberto son como esos matrimonios que no se aguantan pero que siguen juntos y no se divorcian por los hijos. Y eso que llevan apenas un año de casados. Cristina acumula 14 recursos en la Corte pero uno es el que le interesa: la causa Vialidad, el único juicio que ha comenzado y que ella busca detener con el argumento de que el delito de corrupción ya fue juzgado en Santa Cruz. También intenta frenarlo pidiendo el peritaje de todas las obras cuestionadas. Léase claro: un peritaje interminable, de años. Y con un actor principal: escandalosamente, Lázaro Báez.

Fernández apuesta al tiempo para dormir la pelea pero no puede evitarla, entre otras cosas porque Cristina le hace sonar el despertador todo el tiempo. En horas, le bajó la fórmula para las jubilaciones que había pactado con el Fondo y el proyecto de no hacer las PASO. Y ya que estaba, le ordenó guardar silencio sobre las elecciones truchas en Venezuela, que es una manera de entender cómo juega Cristina y también hacia dónde nos lleva Cristina.

Lo peor es que estamos todos pendientes de esta pelea mientras en medio de la pandemia vamos hundiéndonos en una interminable crisis económica y social.

Ricardo Roa

Origen:CLARIN