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El Gobierno autorizó la vacuna rusa de apuro porque la única autorizada por la ANMAT era la de Pfizer, que no está en el país.

Por HECTOR GAMBINI

Como el Beethoven niño, de cuyo nacimiento acaban de cumplirse 250 años, quizá Alberto Fernández también actúe para superar la soledad. El pequeño Ludwig, para escaparle a los designios trágicos de un padre alcohólico. El Presidente, para esforzarse en conservar los jirones de una identidad política que se le fue deshilachando con los meses. No le salen sinfonías universales para cobijar ese deseo tan humano de ser aceptado, sino manuales básicos de la conversión instantánea para agradar a quien escuche. Aunque no sea música. Y aunque vaya contra sí mismo.

En una partitura magistral de la desorientación, Alberto Fernández termina el año siendo la foto con Liz Solari. Allí posa sonriente apoyando sus manos en una urna que proclama “No al acuerdo porcino con China”.

Ese acuerdo consiste en instalar en el país enormes granjas de producción de cerdos por medio de inversiones chinas para luego exportar la carne al gigante asiático. Lo impulsa el Gobierno, cuya cabeza es… Alberto Fernández.

Si bien el Presidente tiene al Alberto del llano como a un otro yo implacable -por los abundantes archivos donde el político Alberto decía cosas que el presidente Alberto contradice enfáticamente- la foto con los veganos de Solari nos mostró algo nuevo: el Fernández presidente ahora se desautoriza a sí mismo sin archivos. En el mismo tiempo político.

Ya no es el Alberto del llano contra el Alberto en el poder, sino el mismo que impulsa una política y posa con una modelo criticando eso que él impulsa al mismo tiempo.

Difícil de explicar, aún entendiendo que Fernández llegó al poder como socio minoritario de un acuerdo y ahora luce como subordinado, corriendo de atrás las cartas de Cristina Kirchner. Socio no es lo mismo que subordinado.

Su trampa es esa agenda impostada ante la que debe seguir poniendo buena cara -con la cuestión justicia y la quita de fondos a la Ciudad al tope de las prioridades-, mientras Cristina le reprocha en público por sus ministros.

Detrás del mandato en la superficie de la vicepresidenta llegó el desgaste subterráneo. La ministra Losardo tuvo que salir a desmentir que tiene una cuenta offshore junto a su marido, como publicaron medios ultra kirchneristas. Y el canciller Felipe Solá salió a contestarle a un diputado K, sobrino de los hermanos Rodríguez Saa, que sentenció en el patíbulo de Twitter: ¿A qué hora renuncia el canciller?. Es una acción coordinada contra los ministros que Cristina quiere echar.

En paralelo, Alicia Castro -ex embajadora en Venezuela y candidata fallida a la Embajada en Rusia- escrachó al vocero presidencial, Juan Pablo Biondi, porque en un tramo de aquel discurso de Cristina no aplaudía como sus compañeros.

Esa es la segunda foto de los desorientados: un monitoreo K que vigila con disciplina stalinista quiénes y cómo aplauden a Cristina mientras crece la cantidad de pobres, la inseguridad corre a su libre albedrío y ya empezaron los apagones masivos.

La tercera foto de los desorientados es la de la tripulación del vuelo de Aerolíneas que viajó a Rusia a buscar la vacuna como si se tratara de una gesta sanmartiniana, luciendo barbijos con la leyenda Operación Moscú.

Como al regreso se encontrarían con que la ANMAT aprobó una vacuna que no está -la de Pfizer- y no la que llega -la Sputnik- el Gobierno maniobró en el aire y autorizó la vacuna rusa de apuro, usando una ley a medida promulgada el 6 de noviembre.

Aquel día, el Presidente prometía vacunar “a unas 10 millones de personas a fines de diciembre”. En el avión de la épica sólo vienen 300.000 dosis.

Alberto Fernández aprovechó el vuelo para enviarle al presidente ruso, Vladimir Putin, un equipo completo de montar.

El regalo fue elegido por su vocero Biondi, aquel que no aplaudió a Cristina y fue escrachado por quien hasta hace pocos meses iba a ser, precisamente, la embajadora argentina en Moscú.
Origen:CLARIN