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Nuestra “grieta” social no es sólo cuestión de ingresos o lugar de residencia, también se refleja en la educación, la salud, la protección social y la seguridad ciudadana.

Por Rubén Torres Parson

“Tenemos que ir a un sistema nacional integrado de salud que optimice recursos, y no se puede emparchar o dar soluciones parciales”, señaló la vicepresidenta, y no puedo menos que coincidir absolutamente con ella. Hay pocos indicadores de una sociedad civilizada más reveladores que la presencia de un sistema de salud fuerte.

La idea de que ese sistema puede separarse de la historia, política y económica de un país fue una presunción distorsionada de la llamada cobertura universal de salud; y su moralidad tampoco puede separarse de la de la sociedad en la que habita: los sistemas de salud no son cubos con tres únicas dimensiones de población, servicios y protección financiera. Son un conjunto de valores y principios morales, configurados por los valores de la economía política de la nación, que determina la forma en que ese país y su gente conciben un sistema de salud.

“Los sentimientos morales son base esencial del buen gobierno, y no hay registro etnográfico o histórico, de una sociedad exitosa indiferente a la virtud”, escribió un Premio Nobel de economía. Un sistema de salud es la más visible y tangible expresión de la preocupación de una sociedad por el bienestar de sus ciudadanos, y su solidez depende de la fuerza de esa preocupación, para crear uno benevolente, inclusivo y amable que respete a todos como miembros iguales de la sociedad.

Nuestra ¨grieta¨ social no es solo cuestión de ingresos o lugar de residencia, también se refleja en la educación, la salud, la protección social y la seguridad ciudadana. La cultura del consumo, el dinero fácil y el individualismo extremo arrasó con buena parte de los valores más austeros y solidarios que todavía existían en la sociedad argentina y habían nutrido la educación y la conciencia moral. Allí donde la escuela había insistido en el compromiso cívico con la vida de la nación, ahora se fomenta la división; donde los abuelos habían enseñado a valorar la educación, el trabajo y el ahorro, ahora las credenciales universitarias pierden valor y se apunta a las ganancias fáciles y el consumo ostentoso. La confianza la reciprocidad y la imparcialidad están disminuyendo, la sociedad premia el interés propio, y la solidaridad necesaria para construir un sistema de salud de alta calidad es escasa.

Por los intereses en juego, los actores más poderosos buscan no perder sus ventajas y concentrar privilegios, y generalmente lo logran. Pero tampoco ellos son los responsables únicos de esta situación; nuestro sistema social hace cada vez mas notoria la ineficacia estatal y su inoperancia para garantizar servicios esenciales, mientras obliga a una doble imposición al ciudadano, cuando tiene que privatizarse para costear su seguridad, salud, o la educación de sus hijos, mientras paga impuestos para que el Estado no le brinde nada de eso.

En un país sin moneda y sin justicia, con más de un tercio de pobres, y atractivo para los usureros no para los inversionistas, tal vez las élites nos deban un acto de lucidez: contemplarse de una manera crítica, constatando los fenómenos indeseables que atraviesan buena parte de sus estamentos. Si no pueden ser visionarios, al menos debieran intentar ser realistas.

El saneamiento institucional de Argentina es un problema de supervivencia mas que de principios. La corrosión de nuestra democracia, coexiste de manera dramática con una enorme debilidad económica y un deterioro de la situación social calamitoso, y su causa no está en la pandemia.

El país viene declinando desde hace más de medio siglo. Aquél carro tirado por un caballo, que transportaba a un hombre pobre, el botellero, y pasaba de vez en cuando por el barrio pagando unas monedas por viejas botellas, papeles, algún pedazo de hierro o chapa, ha sido reemplazado por otro carro del que ahora tira un hombre pobre que busca en los desperdicios y camina de la mañana a la noche hasta un lugar donde alguien lo espera para comprarle lo que junto por unas monedas. Se ha deshecho un contrato social que ha hecho que el botellero ya no pueda dar monedas por lo que recoge, haya perdido el caballo, y ahora sea el quien arrastre su carro. Entre ambos carros pasaron gobiernos de distinto formato discursos políticos diversos, variados planes sociales, y se han organizado numerosas organizaciones que intermedian entre los pobres y la política social.

Promesas falaces y absolutamente erradas, generaron por esas ineficaces políticas públicas tantos planes de asistencia social como de excluídos. Lejos están esas ayudas, y sus beneficiarios, de ser la causa del problema, y sin ellas la situación sería más grave.

Ese empobrecimiento estructural nos deja cada vez en condiciones de más debilidad, y los gobiernos, no parecen tomar conciencia, pues si lo hubiesen hecho, sus agendas políticas habrían tenido otras prioridades. Que la calidad y expectativa de vida de los argentinos varíe en función de su nivel socioeconómico y su lugar de residencia, 2 de cada 3 niños sufran inseguridad alimentaria, 40% de la población viva en hogares con pobreza multidimensional, 60% de la fuerza de trabajo esté desocupada, o tenga un trabajo precario, y mas del 50% de la población reciba asistencia social, constituyen evidencias, no de un desastre natural, sino de un fracaso sistematico de la política y sus clases dirigentes.

La construcción de un diálogo político abierto y la inclusión como política de Estado de la salud, son indispensables para la convocatoria a discutir las reformas estructurales, sugeridas por la vicepresidenta. Pero la tarea requiere y exige no equivocar el diagnóstico de por qué estamos donde estamos, y comprometer una voluntad y decisión política habitualmente esquivas para priorizar la salud pública. Tarea que corresponde a la política y sus decadentes liderazgos. No hay vacunas para esa decadencia, tampoco para la hipocresía.

Origen:CLARIN