Lo que ocurrió en el Capitolio es una tragedia. Pero no es todo. La Casa Blanca y el Congreso en manos del Partido Demócrata. Un Partido tomado hoy por los impulsos socialistas más radicales. Nada bueno puede salir de esto

Tradicionalmente la primera semana de enero luego de una elección presidencial es una oportunidad para celebrar las instituciones en Estados Unidos. Hoy, seis de enero, debía de ser así. El Congreso en pleno estaba dispuesto a reunirse para una ceremonia en la que se certificaran los votos electorales. Sin embargo, la violencia entorpeció el proceso.

Son tiempos únicos. Ya el ruido de un proceso electoral opaco empañaba la tradición (aunque las denuncias de fraude han seguido su curso natural. Revisadas por autoridades estatales, federales y la Corte Suprema). Pero el presidente Trump aprovechó esa molestia para, a partir de un discurso incendiario, alentar el mayor atentado que hemos visto a la institucionalidad americana.

Ayer, 5 de enero, Trump tuiteó: «Espero que los demócratas, y lo que es más importante, los débiles y mediocres falsos republicanos del Partido Republicano, estén viendo a las miles de personas que llegan a Washington DC. No tolerarán que se robe una victoria electoral aplastante». Hoy, a las 5 de la tarde, Washington DC está próxima a un durísimo toque de queda. Está prácticamente militarizada, con la Guardia Nacional, el FBI y la policía por las calles.

Una horda de bárbaros tomó el Capitolio. El centro del mundo. El edificio sacrosanto que resguarda el Poder Legislativo en la primera nación del mundo. Invadido. Tomado. Cientos de manifestantes, al grito de «¡Trump ganó las elecciones!», entraron y vandalizaron la imponente construcción. Llegaron hasta las puertas del Senado. Incluso uno se sentó en el escritorio de la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. Son imágenes inéditas que demuestran que Estados Unidos no está a salvo de las mañas innatas al tercer mundo. Esto es muy preocupante. Hoy el país fue acosado por la violencia.

Anteriormente hemos condenado con firmeza la violencia impulsada por grupos como Black Lives Matter y Antifa, encubierta por el Partido Demócrata. Por eso nuestro deber moral es hoy condenar la violencia blandida por manifestantes que se identifican con el presidente Trump.

Hay algo que debemos resaltar. Trump pidió paz. Pidió a sus simpatizantes regresar a sus casas. «Sé cómo te sientes. Pero ve a casa. Ve a casa en paz», dijo a través de un video que difundió en su cuenta de Twitter. El senador Ted Cruz también se pronunció: «La violencia es inaceptable». Lo hicieron Lindsey Graham, Jim Jordan y Mike Pence. También la bancada entera del Partido Republicano en el Senado. De hecho, prácticamente todas las grandes figuras del Grand Old Party, las sensatas e influyentes, alzaron su voz contra la violencia. Lo mismo no vimos durante el verano pasado, cuando el Partido Demócrata alcahueteó la histeria de sus hordas. Qué diferencia.

Esto es trágico. Pero no es todo. Igual de dramático fue lo que ocurrió en Georgia. Ambos candidatos del Partido Demócrata al Senado ganaron. Vemos la tormenta perfecta para el desarrollo de los grandes enemigos de Estados Unidos. Se ha construido un escenario completamente desfavorable para quienes apostamos al resguardo de Estados Unidos como una gran república que tiene la libertad como columna vertebral.

La Casa Blanca y el Congreso en pleno en manos del Partido Demócrata. Un Partido tomado hoy por los impulsos socialistas más radicales. Nada bueno puede salir de esto.

Queda apostar a los reductos de sensatez que aún hacen vida dentro del Partido Demócrata. Queda apostar a que la integridad de la Corte Suprema se mantenga intacta y a que la mayoría conservadora de los jueces se convierta en un obstáculo a cualquier esfuerzo por deconstruir a Estados Unidos. Queda apostar al fortalecimiento de un Partido Republicano racional. Queda apostar a, como dijo Thomas Jefferson, «los grandes principios de lo correcto». Hasta ahora ha sido un día trágico para Estados Unidos.

Origen:  El American