Si no podemos defender a una persona con la que no estamos de acuerdo cuando es víctima de una clara injusticia, amigos, no somos tolerantes, no somos republicanos ni, mucho menos, liberales

La semana pasada fue por demás agitada. No será, a pesar del temor de muchos, “la semana que marcará el fin de Occidente” (por cualquier cosa que este abstracto sea) ni muchos menos, pero cuando las instituciones inclusivas de los países libres tiemblan, es deber de todos los ciudadanos del mundo aumentar su estado de alerta.

Aunque nos pese en nuestras entrañas, en lo más profundo de nuestras tripas, esta semana pasará al olvido (this, too, shall pass), y hoy hay un escenario (oscuro, estremecedor) que puede evitar que eso suceda, y es que el próximo 20 de enero haya disturbios importantes, similares a los de la semana que culmina, durante la asunción de Joe Biden.

Esperemos que no sea así —y poco importa aquí la simpatía o antipatía que Biden o Trump puedan despertar en cada uno de nosotros, eso es subjetivo, como creer que Le Corbusier es de hecho un buen arquitecto o que un Kandinsky pueda defenderse estéticamente al lado de un Botticelli—. Por el bien de la república, de la democracia, de los pueblos, las transiciones de gobierno deben fluir en el marco del civismo y el protocolo (sanitario, sí, esta vez, pero sobre todo político, l’étiquette, les enfants, l’étiquette).

Trump, Cosas peores, a menos que se apueste a la reconociliación. Imagen: EFE/EPA/JIM LO SCALZO
“La infamia existe, la locura también. Existe la violencia, existe el delirio, existieron los Neros y existen, asimismo, sus paralelos contemporáneos”. (EFE)
La censura y Trump

E pur… hubo un hecho que nos arrastró (o debiera haber sido así) hacia un debate que sí, es apasionante, pero hoy más que nunca es, además, necesario: ¿hay un límite para la libertad de expresión? Y de ser así, ¿quién traza ese límite, quién lo diseña y con qué criterios? ¿Los suyos, los nuestros, los que esta persona o entidad infiere de nuestra moral (que como tal, es hija de su tiempo y circunstancia)? ¿Quién escoge lo que merece ser leído, escuchado o reproducido? Esos límites, de existir ¿son los mismos para todos? ¿O están, en cambio, más “cerca” de algunos que de otros?

Yo creo en pocas cosas, no voy por la vida llena de certezas (¿cómo hace, dicho sea de paso, el común de la gente para ostentar —y predicar— tantas “verdades”?). Creo en la ciencia, en el amor, en la superioridad de Beethoven y Tchaikovsky, en el talento infinito de Borges, que se reproduce en los laberintos de espejos de nuestras bibliotecas, y creo, sobre todo, en la libertad. A estas creencias fundamentales las defiendo con ahínco, con celo, puesto que las percibo como columnas que sostienen lo insustituible.

Digo, paralelamente, que el debate de la libertad de expresión es “más importante que nunca”, una muletilla usada hasta el hartazgo por oradores de todos los tiempos y calibres. ¿Es una exageración, una frase que, por el drama que la empapa, seduce al público más que otras? Puede que sí.

En mi caso, su utilización materializa un proceso volitivo que conlleva, además, una literalidad: hoy más que nunca tenemos acceso a la opinión de los otros, hoy más que nunca sabemos el pensar y sentir de millones de personas (y en simultáneo), hoy más que nunca estamos de acuerdo en compartir nuestras ocurrencias más íntimas. Hoy más que nunca, por lo tanto, nos enfrentamos no solo a la censura, sino a la censura masiva.

Trump,
“Pero cuando las instituciones inclusivas de los países libres tiemblan, es deber de todos los ciudadanos del mundo aumentar su estado de alerta”.

Mensajes que puedan ser objetivamente repudiables, ¿merecen ser censurados? Y si la respuesta es afirmativa, ¿por quién? ¿Esa responsabilidad —poder, eso es lo que es, poder— recae necesariamente sobre un individuo en Palo Alto que ha decidido boicotear la higiene personal? ¿O debería acaso ser una iniciativa espontánea común (claro, después cabría preguntarse si eso no es bullying con Châteauneuf-du-Pape)?

La infamia existe, la locura también. Existe la violencia, existe el delirio, existieron los Neros y existen, asimismo, sus paralelos contemporáneos. Ojalá los líderes sin nada que perder no atrajeren a tantas personas dispuestas a hacer la vista gorda a sus inmundicias.

Pero si no podemos defender a una persona con la que no estamos de acuerdo cuando es víctima de una clara injusticia, amigos, no somos tolerantes, no somos republicanos y por sobre todas las cosas (y sepan perdonarnos quienes han dado su vida en el nombre del ideal más inmaculado y loable), no creemos en la libertad. Pero incluso quienes no creen en la libertad —y esto es lo que me diferencia de ellos, con vergüenza, orgullo y todos los matices emocionales entre ambos opuestos—la merecen.

Origen: elamerican.com