Por Serge Halimi,

Los primeros nombramientos de Joseph Biden para los puestos clave de su Administración corren el riesgo de defraudar a quienes esperaban cambios profundos en Washington. No obstante, hasta una política poco ambiciosa tendrá que vérselas con un Partido Republicano que no ha sufrido el desastre esperado

La mayoría de militantes demócratas sintieron una gran decepción el pasado 3 de noviembre, la noche de unas elecciones presidenciales en las que, no obstante, su candidato se había erigido en vencedor. Para ellos, casi nada había ido según lo previsto. Sí, es verdad, Donald Trump había perdido, pero por los pelos; unos cuantos miles de votos más en un puñado de estados (Georgia, Wisconsin, Arizona, Pensilvania) hubiesen bastado para que el inquilino actual de la Casa Blanca se quedara cuatro años más. Este ajustadísimo resultado le dio fuerzas para clamar que había habido fraude, mientras que sus partidarios más exaltados la tomaban con las máquinas de voto cuyo software, diseñado en Venezuela para Hugo Chávez, supuestamente permite falsear los resultados a placer. El espectáculo que dio el que fuera alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, ahora abogado personal del presidente de Estados Unidos, limpiándose el sudor de la frente mientras se formulaban acusaciones sin pies ni cabeza con su beneplácito es indicativo de la deriva de la política estadounidense.

Sigue…

Origen:  Le Monde diplomatique en español