Reagan nos demostró que apelando a los ‘dioses fuertes’ de la religión, el patriotismo, el deber y el honor, se podía sacar a la gente del consenso progre.

Uno de los eslóganes que empleó George Bush I en su campaña electoral de 1988 fue el de que en el siglo XX no había habido nadie tan preparado como él para ser presidente. No pecaba de inmodestia el caballero, ¿verdad? Al mismo mensaje recurrió Hillary Clinton en 2016: su gran experiencia como primera dama de EEUU, secretaria de Estado y senadora. En ningún caso los eslóganes funcionaron. Bush fue elegido gracias al carisma de Ronald Reagan, del que fue vicepresidente, y cuatro años más tarde fue derrotado por el gobernador de uno de los estados más pobres del país.

Otros pocos presidentes, como Ulysses Grant y Donald Trump, entraron en la Casa Blanca sin experiencia política. Ronald Reagan (1981-1989) se convirtió en el cuadragésimo presidente después de ocho años como gobernador de California (1967-1975), que ya era el estado más poblado y rico del país. Sin embargo, Reagan tuvo la más sorprendente profesión de un presidente: actor de cine y locutor.

A finales de los años 80, Henry Kissinger hizo la siguiente recapitulación sobre Reagan: “Al hablar de Reagan a veces nos preguntamos por qué se le pudo ocurrir a alguien que debiera ser presidente o siquiera gobernador. Pero lo que ustedes los historiadores tendrán que explicar es cómo un hombre tan poco intelectual pudo dominar California durante ocho años y Washington durante ya casi siete”.

Si Franklin Delano Roosevelt (1933-1945) fue imprescindible para la derrota del III Reich, Reagan lo fue para la victoria sobre la URSS. Ambos tuvieron en común su arte para transmitir una descomunal confianza y un arrollador optimismo entre sus conciudadanos. Para Stanley Payne, después de “una generación de dudas, cuestionamientos y críticas internas”, Reagan restauró el sentido del idealismo y los principios consustanciales a la nación estadounidense, así como de la Presidencia como símbolo y guía.

Espíritu de victoria

El único presidente que ha sido miembro de un sindicato encarnó una «revolución conservadora» que no se limitó a bajar los impuestos, sino que se extendió a las ideas. La derecha se atrevía a romper con el paradigma progresista. La renovación del conservatismo que realizó Reagan vale también para los conservadores europeos. Gracias a él, se puede ser conservador y optimista. Se puede ser conservador y persuadir a la mayoría del pueblo. Se puede ser conservador y ganar elecciones. Se puede ser conservador y cambiar la marcha de la historia. Se puede ser conservador y abrazar el futuro. Reagan liberó a los conservadores del fatalismo y la frustración ante un mundo que parecía conducido por la izquierda hacia un precipicio. Les dio espíritu de victoria para su causa.

Dos años después de la derrota de Bush, un grupo de republicanos inspirados por la obra de Reagan lanzaron el «Contrato con América», que copiaba párrafos de un discurso del presidente al Congreso, y conquistaron la Cámara de Representantes por primera vez desde 1952. Esta victoria supuso el final de la coalición de Roosevelt. Dwight Eisenhower (1953-1961), Richard Nixon (1969-1974) y Ronald Reagan no habían conseguido trasladar el respaldo popular a sus candidaturas a la Presidencia a su partido en esta Cámara. Esa resistencia de los demócratas era un resto de la coalición del «New Deal».

Reagan nos demostró que, apelando a los ‘dioses fuertes’ de la religión, el patriotismo, el deber y el honor, se podía sacar a la gente del ‘consenso progre’

Si se habla de la «Era de Reagan» y de la «Revolución Reagan» se debe a que sus ideas y su optimismo, aparte de pervivir entre sus admiradores, también han arraigado en sus adversarios. Durante la campaña de las primarias demócratas en 2008, el senador Barack Obama explicó en una entrevista cómo Reagan cambió el país:

“Creo que Ronald Reagan cambió la trayectoria de Estados Unidos de una manera que Richard Nixon no hizo y de una manera que Bill Clinton tampoco hizo. Nos puso en un camino fundamentalmente diferente, porque el país estaba preparado para ello. Simplemente aprovechó lo que la gente ya estaba sintiendo, que era que queremos claridad, queremos optimismo, queremos un regreso a esa sensación de dinamismo y emprendimiento que faltaba.”

Reagan nos demostró que, apelando a los ‘dioses fuertes’ de la religión, el patriotismo, el deber y el honor, se podía sacar a la gente del ‘consenso progre’. En el 110º aniversario de su nacimiento, este es su legado para nosotros en el siglo XXI.


Pedro Fernández Barbadillo es autor del libro Los césares del imperio americano (Homo Legens)

Origen: La Gaceta de la Iberosfera