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Aquellos que sigan esta columna habitualmente sabrán que detesto todo lo que sea autorreferencial. No me gusta hablar de mí.

Pero hoy déjenme contarles que pasé una semana de perros: por primera vez en mucho tiempo, las noticias me hicieron llorar; caí en una depresión profunda, de la que solo salí ayer, ya les contaré cómo. Antes de ese rescate, lo que viví fue una suerte de vía crucis, agudizado por un whatsapp que recibí de Cristina: “Robertito, me dijeron que estás por el piso. Nada me hace más feliz”.

Es raro, y grave, que una piel tan curtida por décadas de ejercicio del periodismo se vea afectada por el devenir informativo; o me bajaron las defensas o ese devenir es espantoso. Yo sé, por supuesto, que los precios no dejan de subir y que cada vez hay más productos que faltan en las góndolas, pero la foto de piqueteros con planillas recorriendo supermercados y la sanción a empresas por desabastecimiento fue un golpe imposible de absorber. ¿Fuimos a buscar un ministro de Economía a Wall Street para que hiciera morenismo, y además lo hiciera mal? Moreno hay uno solo sobre la Tierra, y es el nuestro; quizá la misión Perseverance encuentre ahora un marciano parecido. ¿Guzmán les contará a sus amigos de la Universidad de Columbia que está combatiendo al capital? Su mentor, Stiglitz, acaba de llamarlo para decirle: “Buenísimo lo de los piqueteros, cómo no se nos había ocurrido”

Otro dato de esta semana que no conseguí asimilar es que el año pasado cerraron más de 22.000 empresas y se perdieron 300.000 puestos de trabajo, y eso solo en la economía formal, en la que apenas está poco más de la mitad de la población. Un drama de dimensión extraordinaria. No me sirve para compensar el hecho de que miles de jóvenes de La Cámpora ahora tengan buenos laburos.

La desazón del ministro Trotta y de los gremios docentes porque esta semana volvieron las clases en la ciudad de Buenos Aires fue también bajoneante. En la provincia de Buenos Aires los gremios todavía dan batalla y muchísimos chicos seguirán fuera de las aulas. ¿La consecuencia? El día de mañana llegará a gobernar la provincia un burro que no se sepa conjugar el verbo haber, y diga: “Si no hay un mango partido al medio, que haiga para el que más lo necesite”.

En esas chaturas estábamos cuando saltó el escándalo de la vacunación VIP. Primero supimos de políticos y militantes kirchneristas, que obviamente no estaban en los grupos de riesgo; el único riesgo es que sean kirchneristas. Después, ayer, se conocieron los casos de Hugo Moyano, su mujer y su hijo menor, y del experiodista de investigación, hoy periodista militante, Horacio Verbitsky. Me da vergüenza contarlo, pero Horacio lo llamó a Ginés para pedirle la Sputnik; de cuarto poder a poder de cuarta, diría Pablo Sirvén. La lista de beneficiados es mucho mayor: incluye a funcionarios, empleados del ministerio, parientes del ministro, amigos del ministro, acreedores del ministro, figuras del jet set… La historia termina bien, porque Alberto lo echó a Ginés y a Horacio lo echaron de un programa de radio; en realidad, termina mal: sin Ginés me va a faltar la mitad de la inspiración. En su lugar asume Cara Vizzotti, que por suerte es súper seria; es aquella que dio las cifras de muertos por Covid haciéndose acompañar por la payasa Filomena.

Lo irónico es que lo echaron por vacunar, pero también podrían haberlo echado por no hacerlo. Aunque la maquinaria de marketing del Gobierno nos llena de anuncios grandilocuentes, tipo “hoy empezó la vacunación masiva de los mayores de 100 años”, la campaña marcha dramáticamente lenta: apenas ha completado su esquema de inmunización el 0,5% de la población (unas 240.000 personas, según las cifras oficiales); Brasil ya va por el 2,9%, y Chile, por el 12,4%. Pobre Alberto, nos habla con el corazón y le respondemos con filminas.

El caso Ginés me dejó de cama, golpeado como ya estaba por estas otras novedades: Zaffaroni pidió la aministía de los condenados por corrupción, excarcelaron al Pata Medina, un ultra K preside la Magistratura y nuevas disposiciones amenazan con destruir aún más el mercado de los alquileres, lo que obligaría a Cristina a vender decenas de casas y departamentos. Carlos Kirchner, primo de Néstor, no pudo justificar un patrimonio de muchos millones de dólares; ante el fiscal que lo investiga, solo dijo: “Soy un Kirchner”.

Ayer a la tarde encontré, por fin, la noticia que vendría a aliviar mis pesares: Alberto inauguró el Consejo Económico y Social, que trabajará para construir “la Argentina del futuro”; de la del presente se encarga el Instituto Patria. Al frente de la movida está Gustavo Beliz, funcionario honesto, gran persona, cuyas iniciativas, como la reforma judicial, no han tenido el éxito que él se merece. Si Perón nos enseñó que para que algo no funcione basta con crear una comisión, el flamante Consejo cuenta con 25; no puede fallar. Será, en primer lugar, un foro de diálogo, con sindicalistas, empresarios, dirigentes políticos… Suelo ser escéptico respecto de estos organismos, pero este me ilusiona: acaso recupere la inspiración que perdí con la ida de Ginés.

Listo, salí del pozo, ya estoy bien. La próxima columna va a estar más divertida.
Carlos M. Reymundo Roberts
Origen:LA NACION