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El trípode desde el que Alberto Fernández preparaba desde hace cuatro meses su relanzamiento y su campaña electoral 2021 acaba de resquebrajarse.

La tríada compuesta por vacuna, unidad interna y recuperación económica quedó marcada por el escándalo del “vacunatorio vip”. Y puso bajo un manto de duda y sospecha social al Gobierno (y a la dirigencia en general).

Si la inflación de los dos últimos meses ya había abierto una fuerte preocupación en la Casa Rosada y una nueva escalada de enfrentamiento con sectores empresarios por los precios, el vacunagate desajustó las otras dos patas de ese soporte. El golpeado plan de vacunación contra el Covid-19, que desde sus inicios venía atravesado por opacidades, desajustes, promesas incumplidas y denuncias por falta de transparencia a repetición, está en urgente proceso de revisión y reacondicionamiento.

Antes de partir a México, Alberto Fernández delegó en el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, y en la flamante ministra (exviceministra) de Salud, Carla Vizzotti, la urgente (y difícil) tarea de rescatar el programa (y su propia imagen). Tarde y con demasiado por levantar, el binomio fue encomendado para estructurar un sistema de transparencia en la distribución de las vacunas. A correr de atrás. La misión pone en evidencia impericias tanto como desmanejos y áreas que, cuando menos, el Presidente no controla o en las que evita inmiscuirse para evitar conflictos internos.

La intempestiva despedida de Ginés González García tuvo por claro objetivo mitigar el daño y buscar un responsable que concentrara todas las culpas, antes de que el escándalo de los privilegios escalara más alto de lo que ya había llegado o de lo que la cima del poder ya había permitido que llegara. Justo el día en el que al presentar el Consejo Económico y Social el Presidente dijo que “lo moral de la política es precisamente llamar al otro a construir una sociedad más igualitaria, la ética en la política no es solamente no robar”. Habrá que ver si el tándem de limpiadores logra volver a hacer brillar tan altos propósitos y en cuánto tiempo.

Cafiero y Vizzotti arrancan en desventaja, bajo el interrogante de cómo es que ninguno de los dos sabía lo que sucedía tan cerca de ellos. Uno, en su carácter de jefe de González García, y la otra, como su directa subordinada y principal responsable del plan de vacunación. Más aún si, como se sabe, no era solo Ginés González (o su secretaría privada) quien ofrecía vacunas por vías alternativas.

La pregunta también le cabe a Fernández si es que algunos estrechos colaboradores también se habrían ofrecido como gestores de inmunización, como dicen varias personas tentadas por ellos. Y por qué ninguno de sus habituales contertulios que concurrieron al vacuvip se lo comentó, como su amigo personal el diputado Eduardo Valdés. Tal vez a este lo excuse el hecho de que se consideró (al igual que el senador Jorge Taiana)”personal estratégico” y por tanto merecedor de trato diferencial. No explicaron ambos por qué ellos sí lo son y no los más de 300 legisladores nacionales que no fueron vacunados. Tampoco por qué ellos son más “estratégicos” que casi la mitad de los trabajadores de la salud aún no inmunizados.

Resulta una obviedad que después de semanas en las que el bochorno manchaba a diario el operativo de vacunación, sin que nadie actuara desde la Casa Rosada, la “delación” de Horacio Verbitsky precipitara la reacción de Fernández, porque las llamas del escándalo estaban más cerca que nunca. Tanto como es una evidencia irrefutable que la unidad del oficialismo sigue sustentándose en la permisividad o la no intromisión del Presidente en ámbitos en los que su vicepresidenta y La Cámpora dominan. Se vuelve a constatar ahora.

En la provincia de Buenos Aires, donde el camporismo ejerció (otra vez) el control distrital absoluto, hubo señales de favoritismo y desmanejos desde el comienzo del operativo de vacunación. Lo prueban las dosis desperdiciadas en Olavarría o las obscenas fotos de jóvenes funcionarios y militantes vacunándose. Lo mismo ocurrió en la tierra natal del kirchnerismo. Sin embargo, y a pesar de la relevancia estratégica que le adjudicaba al plan de inmunización, la Casa Rosada se mostró prescindente hasta que golpeó a sus puertas. Tanto como se mostró ajena en las últimas horas Cristina Kirchner, que está a cargo de la presidencia. No es noticia.

A pesar de tantas concesiones, el vacunagate añade interferencias al plan de preservar la unidad. Más problemas para la santísima trinidad a la que se encomienda el albertismo. Nadie descarta de plano teorías conspirativas, aunque las relativizan. Como las sospechas de operaciones cristinistas que rondan sobre la revelación del periodista al que más reverencias públicas le ha dedicado el Presidente. O las escasas señales de apoyo a Fernández que hubo desde el Instituto Patria y el camporismo. Juan Carr no debe temer que desde allí le disputen su Red Solidaria. La trama de privilegios parece más atractiva.
El impacto social

También se advierte entre los adherentes al oficialismo un estado de desconcierto y convulsión. A las primeras manifestaciones de apoyo en el ciberespacio que recibió el despido de González García les siguieron no pocos cuestionamientos internos por haberlo “tirado a los leones” sin reparar en su historial. Lo mismo que el reclamo de más culpables y de acciones más contundentes para limpiar el bochorno. El atajo moral que había significado Fernández para muchos votantes cansados de las formas y el fondo cristikirchneristas empieza a tener fisuras. Por ahora, solo dialécticas.

Aún no hay mediciones confiables sobre la magnitud ni sobre la profundidad del impacto social del bochorno, pero algunos trabajos de big data sobre las redes sociales ofrecen evidencias inquietantes respecto de su hondura y extensión. El interés despertado por el tema es absoluto. Y las expresiones críticas al Gobierno superan los atisbos de reconocimiento por la limpieza intentada. Comprensible. El escándalo expuso la arbitrariedad y los privilegios del poder hasta en cuestiones de vida o muerte. No de plata. No hacen falta abstracciones para comprender las consecuencias directas que los abusos y la falta de transparencia pueden tener para cualquier ciudadano.

En el Gobierno relativizaban hasta ahora las encuestas que mostraban a la corrupción como uno de los principales problemas para los argentinos. Se basaban en un argumento que aportaban los expertos. En la mayoría de los sondeos, la corrupción era “el” problema para el 80% de los votantes de la oposición, mientras que orillaba apenas el 15% para el electorado oficialista, cuyas preocupaciones se fragmentaban entre otros problemas acuciantes. Podría haber cambios en breve.

La consideración popular respecto del manejo de la pandemia y del proceso de la vacunación por parte del Gobierno viene en descenso desde hace meses. Desde antes del escándalo. El monitoreo que realiza la consultora Poliarquía mostró en febrero los peores indicadores desde que empezó a efectuarse, hace ya casi 10 meses.

El problema es que el impacto negativo tal vez exceda al oficialismo. Pablo Knopoff, director de Isonomía, considera que en lo inmediato el Gobierno puede perder, sobre todo, la oportunidad de recuperarse gracias a la vacunación antes que sufrir una caída muy sensible de sus apoyos. Pero si la situación general empeora puede agravarse el rechazo social y expandir el daño hacia toda la política.

“Durante la pandemia se comprobó en todo el mundo que la dirigencia y los gobiernos que más crecieron fueron los que ‘protegían’ y los más castigados por la opinión pública los que no lo hacían. La paradoja es que este escándalo puede llevar a la conclusión social de que un gobierno con vacunas, en lugar de proteger, desprotege. Y, encima, para beneficiar a los amigos”, afirma el analista.

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La actualidad ya muestra algunos datos inquietantes sobre el vínculo entre la sociedad y la dirigencia política. La imagen de los dirigentes está en descenso en casi todas las encuestas.

“En nuestra última medición no tenemos ningún político que supere el 50 por ciento de imagen positiva y solo dos con más de 40 por ciento. Además, apenas cinco de los más conocidos a nivel nacional tienen imagen neta positiva”, señala Alejandro Catterberg, director de Poliarquía. Datos, no opiniones.

En tiempo de crisis, temor e incertidumbre, los privilegios pueden costar caros.
Por: Claudio Jacquelin
Origen:LA NACION