Horacio Verbitsky – archivo

Alexandre Koyré el gran impulsor de la Historia de la Ciencia, escribió La Cinquième Colonne, (París, Ed. Allia, 1945). Su reflexión se refiere al término inventado por el general Francisco Franco en un famoso reportaje radial durante el asedio de Madrid en 1936, al describir la marcha de las cuatro columnas hacia la capital que se vería pronto apoyada por una “quinta columna” que ya estaba dentro de la ciudad.

En un texto escrito apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, Koyré señala que el fenómeno de la “quinta columna” existía en las ciudades-estado de la Grecia clásica y que aparece recurrentemente en anécdotas históricas. La quinta columna es el “enemigo interior”, potencialmente el más peligroso. Aunque se le endilgue a Franco el hallazgo de la expresión, el fantasma de la quinta columna existió siempre y Koyré recuerda que son muchos los casos de fortalezas sitiadas que caen, justamente, gracias a la colaboración de los sectores que trabajaban, en las sombras, desde el interior. Koyré utiliza el concepto también para referirse a las fuerzas locales que facilitaron la invasión alemana en países de Europa. Acá viene lo más jugoso de su análisis, Koyré dice que hay un elemento fundamental que distingue a la quinta columna de un simple sabotaje o de una rebelión: observa que ocurren al final de una guerra que se vislumbra perdida.

El cuarto gobierno kirchnerista es el más degradado de la serie. Los escándalos alrededor de su gestión, en todos y cada uno de los ámbitos del quehacer gubernamental se han sucedido con rigor semanal y hasta diario en algunas ocasiones. Son tantos y tan graves que no nos resiste la memoria. Era un desastre y llegó la pandemia. Y fue un desastre de gestión de la pandemia y llegó la cuarentena. Y fue un desastre la gestión de la cuarentena de la que no están capacitados para salir a pesar de que se hunden cada vez más en el caos y el desastre retrasando lo inevitable como la puercoespín parturienta. Y sobre ese desastre llegó la administración de las vacunas y todo lo que se podía hacer mal se hizo peor.

Sin embargo, curiosamente, los más terribles golpes al ánimo del gobierno, fueron los asestados por dos personajes impensados de ser opositores al kirchnerismo: Horacio Verbitsky y Beatriz Sarlo. Los casos no son calcados aunque muy comparables. El primero ha sido objeto de muchas interpretaciones, ninguna confirmada porque, al carecer todas de sentido, la estupidez parece ser la explicación más racional. Aparentemente, el periodista había sido vacunado saltándose varios turnos como si se tratara de una dosis para personal estratégico. El escándalo estalló cuando se viralizó un audio en donde el mismísimo Verbitsky cuenta ligeramente la ignominia. Si el Perro declaró esto con el objetivo final de bajar al ministro estrella de Alberto o lo hizo para curarse en salud a sabiendas de que la noticia era inminente, hoy, carece de importancia. Lo que desató superó largamente lo previsto y el hombre cuya capacidad de daño comunicacional e ideológico es tan famosa, resultó letal para sus propias filas.

Progresismo canapé

El segundo caso tampoco es fácil de entender. La ensayista mediática Beatriz Sarlo, referente intelectual del progresismo canapé, hizo declaraciones tempranas sobre la administración fraudulenta de los turnos vacunatorios. Días antes de que explotara el caso Verbitsky, Sarlo dijo que le habían ofrecido inocularse el preciado elixir “por debajo de la mesa”. La denuncia de Sarlo fue, claro, mediática como su existencia misma. No dio nombres ni otras precisiones pero consiguió su dosis vital de exposición. La cosa es que esas declaraciones quedaron flotando y, con la denuncia judicial desatada por el caso del Perro, se volvieron cosa seria. Las palabras de Sarlo cobraron renovados bríos y Beatriz terminó declarando y aclarando ante una jueza su misteriosa oración. Y qué pasó: que acusó de la trapisonda a la esposa del gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. De nuevo el escándalo escaló públicamente. Sarlo terminó diciendo que su famosa oración no era afortunada y el gobierno justificó el ofrecimiento de la primera dama provincial con una campaña de promoción de las vacunas. Esto es menor, el daño a la imagen ya estaba hecho y de nuevo las filas oficialistas sintieron mancillado el nombre de uno de sus funcionarios más apreciados en manos de la propia tropa.

Los aspectos comunes de las curiosas movidas de Sarlo y Verbitsky son varios. Primero suenan estrafalarias las posibilidades de que se trate de errores. Son dos personas muy avezadas en el arte de declarar y manejar la comunicación mediática. No es creíble que con diferencia de días se cometan gafes tan gigantes alrededor del mismo tema, errores forzados, luego emparchados tardíamente con opinada eficiencia.

Segundo, el tema: las vacunas no son el único infierno del kirchnerismo. Los escándalos relativos a abusos contra los derechos humanos a causa de los confinamientos son superiores (y vamos sólo un año) a los de varios gobiernos constitucionales juntos. Ahora mismo hay complicidad y negligencia tanto con el terrorismo indigenista en el sur como con el autoritarismo demencial en el norte. La gravedad de la dosis loca de Sarlo debiera empalidecer ante el padecimiento de las embarazadas formoseñas. Sin embargo, son los escándalos vacunatorios los que laceran el orgullo de la militancia oficialista. Misterio.

Tercero, la condición intelectual de los protagonistas. Sarlo y Verbitsky no son personajes cercanos a la militancia de a pie, no son populares. Por cuestiones etarias en principio y porque su campo de acción es el imperio del estudio. Su referencia es académica, lejana del voto duro kirchnerista al que aludía la vicepresidente cuando distinguía los públicos de Harvard vs La Matanza. Vale decir que sus mensajes no modifican sustancialmente la imagen del gobierno en términos electorales.

Aceptando que las inoportunas declaraciones de Sarlo y Verbitsky no modificaban la masa de votos kirchnerista, cabe preguntarse a qué vino tanta reacción oficial por las mismas. Desde la modificación del gabinete hasta la vuelta a la quema de libros, el enojo militante no dejó cliché odiador por visitar. Tal vez aquí resida lo que Koyré desgranaba en el análisis de la quinta columna. La probidad filosófica que genera los atajos de la justificación kirchnerista se sostiene sobre las ideas de los Sarlo o los Verbitsky. Son anteriores al kirchnerismo como corriente ideológica. Es más, son parte de la corriente intelectual que talló en la lucha cultural socialista, tanto en medios como universidades pero que no encontró catalizador político hasta que Néstor los tomó como escudo intelectual. La esposa de Kicillof admiraba a Sarlo, había sido su alumna, sentía que la estaba homenajeando. Orgullo similar al que sentía Roberto Navarro por contar entre su staff al mítico PerroAmbos se sintieron traicionados. Un golpe a la línea de flotación del campo de las ideas venido desde dentro de las propias filas.

Derrota a la vista

La lucha por el poder es legítima y esperable, se lleva a cabo públicamente. Los bandos están preparados para enfrentar, valga la redundancia, lo que tienen enfrente. La quinta columna, en cambio, mora en las tinieblas, opera clandestinamente para salvaguardar intereses que escapan a la vista del estratega. El elemento constitutivo de la traición pasa por encima los sectores contendientes aunque estén entre ellos en permanente conflicto. El análisis de Koyré es preclaro en vísperas de la guerra fría y es excepcionalmente profético años antes del eufemismo que hoy gastamos tanto: la batalla de las ideas.

La quinta columna, el enemigo infiltrado entre la propia población, sugiere que desde dentro se avizora la derrota. Que Sarlo y Verbitsky, actores internos, hubieran decidido curarse en salud no deja de ser icónico. Salvar la propia imagen especulando con la posibilidad de que el escándalo los manchara tiene que ser, necesariamente, alarmante. Tanto Sarlo como Vernitsky hablaron anticipadamente, enarbolando innecesarios remilgos ante los ojos oficialistas, dado que ni había estallado ningún escándalo ni revestía gravedad inmediata. Sin embargo, estos pensadores tomaron la decisión estratégica de procurarse un atajo que los libere de un eventual embarrado.

Resulta llamativo que el grueso del enojo kirchnerista no recaiga en sus aliados perpetradores de escándalos como los que impusieron sobreprecios en los fideos, los que escondieron una cifra de 3500 muertos, los que generan una escandalosa inflación mensual, los que incrementaron el número de indigentes, los que convirtieron al ministerio de la mujer en el paraíso del catering o los que condenaron a una provincia próspera a ser un estado narco. No, el enojo por la traición recayó en quienes hicieron unas declaraciones menores sobre un par de dosis de vacunas. Para el kirchnerismo, la quinta columna, el traidor interno que abriría la puerta al enemigo, proviene del campo de las ideas.

En este sentido resultan esclarecedoras las palabras del filósofo José Pablo Feinmann, otro de los intelectuales preexistentes al kirchnerismo que ha dado marco intelectual al movimiento. Irritado por los escándalos dijo que “Sarlo siempre quiso ser Victoria Ocampo. Si vos querés ser Victoria Ocampo querés ser de derecha, antiperonista, bien gorila y escuchada por las clases altas», y agregó que la ensayista protagonizó la operación de desprestigio junto a Clarín y La Nación. Respecto de Vervitsky dijo «Siempre ha sido muy ético, así que no me lo explico muy bien esto, él por primera vez se ha calificado como tonto, como estúpido, apresurado, que él también puede incurrir en esas cosas, pero no es suficiente explicación, y yo tampoco la tengo». ¿Por qué no le reprocha José Pablo Feinmann a Insfran, a Vizzotti o a Donda los cataclismos que en cambio desaprueba en sus colegas del rubro intelectual? ¿Acaso no todos son escándalos que atentan contra la imagen presidencial?

Al kirchnerismo no le preocuparon en la misma medida las denuncias del frente opositor que  los daños causados por su quinta columna. Como ya se ha señalado, el enemigo interno es el más peligroso y la traición a su relato moralizante es por donde se resquebraja su andamiaje, y es por eso que conviene prestar atención. La excusa del covid ha permitido mantener un permanente estado de excepción que el gobierno utilizó para manipular e incrementar sus atribuciones. Los escándalos del poder se convirtieron no ya en habituales, sino en implícitamente aceptados. El relato que sostiene esta fechoría no registra rasguños perpetrados por el contendiente natural. Cualquier accionar opositor es anecdótico si no se ataca el problema de fondo que es la suspensión del funcionamiento republicano del país, agredido nuevamente con un flamante e infame DNU que prorroga las restricciones a las libertades con absoluta impunidad y desvergüenza.

El relato crruje

Si la quinta columna se despliega, es que el relato cruje: ¡Atendamos esto, señores! Cruje por su propio peso, por su inviabilidad más que por el accionar del enemigo político externo. Consciente o inconscientemente, Sarlo y Verbitsky ya marcaron, preventivamente sus diferencias. En su fuero íntimo evaluaron los costos de los insultos de los José Pablo Feinmann de hoy frente a los eventuales reproches de su base ideológica del mañana. Porque el kirchnerismo puede pasar, pero la quinta columna denota que hay intereses más importantes que salvaguardar.

La Cinquième Colonne se publicó contemporáneamente con un análisis sobre la funcionalidad de la mentira llamado “La función política de la mentira moderna” que conserva, por fortuna, una mordaz vigencia. Su reflexión sobre el rol de la mentira en control de la opinión pública parece escrito para la Argentina del 2021. Dice Koyré: “Los regímenes totalitarios proclaman de modo unánime que la concepción de la verdad objetiva, una para todos, no tiene ningún sentido, y que el criterio de la “Verdad” no es un valor universal, sino su conformidad con el espíritu de la raza, de la nación o de la clase”.

Origen: laprensa.com.ar