Una reflexión sobre una cacería, que comenzó esa misma noche y no disgustó a todos los argentinos.

Sergio Bufano*

La cacería, dice Giannuzzi. El 24 de marzo de 1976 se inició una cacería. No perdieron tiempo los autores de la asonada; desde las primeras horas de esa misma noche, los insomnes militares comenzaron una matanza que se prolongó hasta 1983. Miles de personas pasaron por los campos de concentración; apenas unos pocos sobrevivieron. La épica impura que describe el poeta fue implacable y angustió a una parte de la sociedad. No a toda la sociedad. Una porción de los argentinos recibió complaciente a quienes llevaban en una mano el crucifijo y en la otra una pistola. Dios, la patria y el hogar fueron bienvenidos porque el agua bendita disimulaba la picana y ocultaba los gritos de dolor de las víctimas. Faltaban pocos meses para que la ciudadanía eligiera en las urnas a un nuevo gobierno. Pero los militares no deseaban esperar elecciones; querían gobernar ellos porque solo la institución verde oliva garantizaba una idiosincrasia nacional, azul y blanca. Como la escarapela.

Es cierto que el corredor de sangre ya había colmado la paciencia de todos. El caótico y tragicómico proceso iniciado en 1973 se había cargado con la vida de más de 1.500 personas asesinadas por patotas financiadas por el gobierno. Sindicalistas mataban a trabajadores; universitarios mataban a universitarios; funcionarios estatales mataban a otros funcionarios, todos invocando al mismo líder. Que alentó a sus propias huestes hasta el día de su muerte.

La guerrilla tampoco fue ajena a la carnicería; golpe por golpe, muerto por muerto, creyó que eliminando enemigos finalmente no quedaría ninguno. Los enemigos desaparecerían y sería fácil subir los escalones de la Casa Rosada alzando los estandartes de un Estado socialista, popular, antiimperialista y antioligárquico. Eso no ocurrió. Y quienes desaparecieron no fueron los enemigos. 

Es cierto que una buena porción de la ciudadanía contempló aliviada a los nuevos ocupantes del poder. Supuso que la violencia callejera se detendría. Y no se equivocó. A partir del 24 de marzo la violencia se ejerció por las noches, en la oscuridad de mazmorras, en los sótanos con paredes de amianto que apagaban los gritos de los inmolados. Los argentinos sellaron sus oídos con amianto y cerraron los ojos. No querían escuchar, tampoco querían ver, no querían saber que detrás de aquellas paredes un ser humano era sometido al suplicio. Y luego a la muerte. Fueron pocos los que se atrevieron –como Joaquín Giannuzzi– a decir que “ningún crimen es una verdad aislada”.

Además, la dictadura abrió generosa las puertas de Miami para los hogares argentinos: heladeras, televisores, equipos electrónicos sirvieron para apaciguar cualquier incomodidad ética, cualquier titubeo moral. Después de todo, los argentinos siempre fuimos derechos y humanos. La Plaza de Mayo se colmó de compatriotas que le pidieron al dictador Jorge Rafael Videla que saliera al balcón para festejar con el “pueblo” el triunfo del equipo argentino en el mundial de fútbol de 1978. Y lo aplaudieron. Y lo llamaron “Flaco” en señal de cariño. Y el Flaco abrió los brazos agradeciendo el reconocimiento de la multitud.

Qué extraña es la memoria de los pueblos. Nadie se acuerda de ese y otros episodios; quizá sea la vergüenza, quizás el tiempo que borra lo que es mejor olvidar. ¿En dónde están ahora los que volvieron a llenar la plaza para celebrar la virtual declaración de guerra a Gran Bretaña, la segunda potencia militar de Occidente? ¿Sabían que mientras flameaban sus banderitas azules y blancas la cacería nativa continuaba?

Claro que lo sabían. Pero ese territorio gélido que flota en el fin del mundo bien valía la vida de otros adolescentes. Bastaba vestirlos con uniforme de combate y se convertirían en víctimas oficializadas, decentes y legales. Y allí fueron enviados a defender las Malvinas que siempre fueron y serán argentinas. Aunque en todos los países del mundo se las llamen Falkland y sus habitantes sean súbditos de la corona británica.

Sin embargo, perder la guerra fue apenas un detonante, el tiro del final. Porque la decadencia del régimen militar ya se había iniciado, como siempre ocurre, en el bolsillo de los argentinos. Unos miles de desaparecidos eran tolerables siempre y cuando no se perdiera el poder adquisitivo. Que fracasara el ministro de Economía Martínez de Hoz, en cambio, era inadmisible. El “pueblo” no lo toleró. Y comenzaron las protestas, no por los desaparecidos, sino por los dólares faltantes en la billetera. Los únicos que se ocuparon de los derechos humanos fueron una minoría observada con curiosidad. También con indiferencia. Solo a unas pocas mujeres se les podía ocurrir girar tediosamente en la plaza con fotografías de ignotos rostros que seguramente algo habían hecho.Cuando asumió el presidente Raúl Alfonsín, convocó a la Conadep y envió a los principales responsables al banquillo de los acusados, el “pueblo” se dio por enterado de la existencia de miles de desaparecidos. Casi la mitad había votado a favor de amnistiar a los responsables. Perdonarlos, olvidar, mirar para adelante, dejar el pasado para construir un futuro esplendoroso. Perdieron en las urnas y el Juicio de la Historia se pudo realizar, aunque no sin rispideces y momentos convulsos.

Años después arribaron al poder los que habían votado a favor de amnistías e indultos. Y se adueñaron de un concepto nacido recientemente: derechos humanos. Nosotros somos los fundadores, dijeron, y levantaron las banderas que antes habían ocultado: cambiaron los textos escolares, escribieron nuevos prólogos, idolatraron a jefes de Estado que colaboraron con la dictadura y afiliaron a aquellas luchadoras que caminaban en círculos al partido político de la verdad simulada. Salvo excepciones, pasaron a ser sumisas y obedientes al eslogan oficial.

El progresismo falso convirtió en ruinas una causa noble. Distorsionó una bandera humanista y universal en consignas vanas, en un instrumento elástico que se estira o encoge de acuerdo con las circunstancias fácticas: ¿ese cadáver es de izquierda o de derecha? ¿El que disparó es progresista o neoliberal? Porque todo es maleable, hasta la ética pública.

Este 24 de marzo “festejaremos” como siempre el inicio de una dictadura sangrienta. Es probable que este año, debido a la epidemia, no haya tantos bailarines, atletas, saltimbanquis, murgas y disfrazados, como ocurre desde que en 2006 fue declarado feriado nacional. Esta vez, la festum gratias agendi (Día de Acción de Gracias) no coincidirá con un fin de semana que permita que “el pueblo” salga para disfrutar la costa marplatense o las sierras de Córdoba.

*Escritor y periodista.

Un poema Tiroteo en la noche

Joaquín O. Giannuzzi
Una caliente contracción en el indefenso espacio

y los fogonazos en la oscuridad

nos arrojan a una épica impura.

Cada cosa es un blanco paralizado

bajo el ojo instantáneo del cazador. No es esta

nuestra última cena, pero en las habitaciones

la época introduce más muertos

de los que merecemos. En el silencio que sigue

no hay ninguna explicación

sino una brusca asfixia en medio de la comida.

La mesa familiar es ahora

un centro fracturado. Nadie quiere la historia

en su plato de sopa, el síncope

detrás de la puerta. Pero el terror

nos acerca un combate donde arder a fondo:

ningún crimen es una verdad aislada.

La noche nos incluye y hay todavía un último disparo

distanciado e irónico: allá afuera

alguien se ha tomado su tiempo

para liberar nuestro juicio atascado.

Lo que ha sucedido busca equilibrio

en el cerebro. Un escalofrío en la vajilla

le pertenece y su bala final

ha definido la situación: un sitio para nosotros

en la ardiente comunidad de la cacería.

Origen: perfil.com