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Me escribe Bob, un amigo gringo que vive en Nueva York.

Entiende perfectamente el español, pero no entiende nada de lo que está pasando en la Argentina. “¿Cómo es eso de las escuelas?”, pregunta. “Veo protestas de chicos que quieren ir a clase, ¡qué maravilla, qué futuro tienen ustedes con esas generaciones! Claro que también veo al Gobierno haciendo lo imposible para que no vayan. Eso no pasa en ningún lugar del mundo, ¿me lo podés explicar?” Tampoco había descifrado la humorada de Nik: “¿Cuál es la peor cepa del virus? Que la gente no sepa nada”.

Como me da cosa hablar mal del país con extranjeros, le dije que la cuestión era muy sencilla: entre salud y economía, nuestro presidente elige la salud; entre salud y educación, salud, y entre educación o barbarie, lo que le indique Kicillof.

“¿Ahora te quedó claro, dear Bob?” Me clavó el visto y desapareció. Obvio: mi formulación había sido lo suficientemente críptica. Por las dudas, por si me hacía más preguntas, tenía preparadas otras respuestas, todas orientadas a despistarlo. ¿Cómo es eso de que hay padres dándoles clases a sus hijos en las puertas de la quinta presidencial de Olivos? Bueno, Alberto, profesor al fin, cierra las aulas pero abre las veredas de su casa. ¿Es cierto que otro profesor, el gobernador de Buenos Aires, es el líder en las sombras del sindicato de maestros de tizas caídas? En realidad, muchos gremios docentes, especialmente el que encabeza el intelectual vanguardista Roberto Baradel, están pensando en el futuro, y en el futuro los pizarrones serán reemplazado por las plataformas digitales; en todo caso, nadie los interpreta mejor que el gobernador. Y es verdad también que, como circula por las redes, hay una campaña brutal contra Kicillof, que consiste en ponerle un micrófono adelante.

¿Familias que se movilizan por la presencialidad en las escuelas? A ver: el año pasado surgió en todo el país un movimiento autodenominado #PadresOrganizados, cabal demostración del ímpetu que tiene entre nosotros el emprendedurismo cultural; hoy, la dialéctica #PadresOrganizados vs. #GobiernoCaotizado ha enriquecido el abordaje del gran tema de estos tiempos, en el que se juega el destino de la humanidad: la economía del conocimiento; el kirchnerismo lo ha aprendido mejor que nadie: hay que economizar los conocimientos.

Estaba seguro de que Bob iba a querer preguntarme también por las vacunas, tipo: “¿Se dan cuenta de que cuanto más tarden en llegar, más contagiados y muertos tendrán?”. Ahí la réplica no era sencilla. Por suerte, siempre hay un relato a mano, una explicación inexplicable estructurada para que pueda ser vendida. Pensaba decirle algo así. Primero quedamos atrapados en las telarañas del consorcio británico-argentino-mexicano que nos iba a hacer la de AstraZeneca: ni los de Oxford resultaron tan confiables haciendo vacunas, ni Hugo Sigman era el mago de los laboratorios de gestión privada y financiación pública, ni López Obrador se privó de mexicanearle a su amigo Alberto los envases. Después nos atrapó Putin, que pidió el oro y el moro y a la hora de mandarnos la Sputnik sacó el cuentagotas y adujo que se había olvidado de vacunar a los rusos. También se frustraron las tratativas con Pfizer, unos improvisados que mandaron negociadores que no saben hablar el idioma de Cristina. Al programa Covax, de las Naciones Unidas, que promete repartir este año 2000 millones de dosis entre las 103 economías más vulnerables del mundo, le habíamos dicho que a nosotros solo nos iban a hacer falta unas pocas, que el resto lo cedíamos a países atravesados por el drama de tener más del 40% de la población en la pobreza. Cuando las cosas se empezaron a complicar tuvimos que recurrir a los chinos e incluso a los cubanos, y por suerte todavía está la posibilidad de contar con la milagrosa molécula venezolana DR-10, presentada por Maduro como “el remedio que salvará al mundo del coronavirus”. No se lo iba a decir a Bob, pero alcanza con que nos salve de Alberto.

Obviamente tampoco le confiaría a mi amigo gringo que la única verdad en todo este asunto es que Kichi lo encaró al Presidente al grito de “fuiste un inútil para conseguir la vacuna, ahora sé útil y cerrá todo”. La reacción del Presidente lo dejó aliviado: “Tendremos vacunas antes de las elecciones”.

El plan VV, que no es vacunatorios vip, sino votar vacunados, ya está en marcha. Será gracias a la producción de la Sputnik en el país o será porque Estados Unidos se apiade y nos mande los millones de dosis que le van sobrando (Trump, perverso militante contra el fantasma del Covid, los inundó de vacunas, y Alberto, el profeta del miedo, ni siquiera supo protegerse él). En el caso de que las cosas vayan bien no podremos vanagloriarnos de nuestros sucesivos récords de infectados y muertos, pero sí de la salud electoral del Gobierno.

Otra amiga, en este caso argentina, me cuenta que una tía de 66 años se anotó en enero para vacunarse en la provincia y todavía no la llamaron, y el martes se anotó en CABA y ese mismo día la recibió.

Quizá por eso estamos discutiendo más de educación que de vacunas.

Carlos M. Reymundo Roberts

Origen:LA NACION