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La falta de vacunas propicia las restricciones, la cerrazón y el acorralamiento social.


Miguel Wiñazki

¿Este año es éste año o es el año pasado? Porque se trata de la misma historia, eso sí con un promontorio de cadáveres acumulados y crecientes. Es un país en respiración artificial, para decirlo en términos de Ricardo Piglia.

Al borde de la extinción del oxígeno.

No solo por la desesperación del aire que se les va a los que padecen el coronavirus y que falta, sino por los factores concurrentes que también nos ahogan: la inflación creciente, la pobreza mayúscula, la desazón de volver a empezar probablemente para arribar otra vez a ninguna parte.

Las vacunas ausentes propician nuevamente las restricciones, las interdicciones, la cerrazón y el acorralamiento social.

Las razones y los motivos sanitarios son conocidos y la circulación debe en diversas situaciones aminorarse, pero daría la impresión de que se la restringe para no traer las vacunas y montar el show de que somos salvados y cuidados por el poder político.

Mientras tanto, diversas organizaciones sociales ya se plantaron para refutar la prohibición oficial de manifestarse en la Ciudad.

“Bronca porque está prohibido todo, hasta lo que haré de cualquier modo”.

La Marcha de la Bronca no pierde vigencia.

“Nos encarcelan la esperanza”.

Es una impresión, una sensación interior, una angustia, un ahogo precisamente, una falta de oxígeno cerebral en la cúpula gubernamental que no imagina otra salida que la de cerrar y cerrar.

Se nos cierra la garganta.

Se ha afirmado que tenemos un grave problema que se denomina “AstraZeneca”.

¿Y por qué no lo hemos resuelto?

Porque las vacunas faltan en todas partes, se afirma mitad verdad, mitad mentira.

Ahora se sabe que Pfizer pudo haber llegado al país, pero que cierta maniática obsesión ideológica oscurantista concomitante con un conjunto de disparates fantasiosos bloquearon al antídoto tan requerido.

Todo sería más comprensible si no hubieran robado vacunas, todo sería menos grave si no hubiera habido triunfalismo, todo sería más soportable si se percibiera que no hay propaganda política emboscada detrás del imperativo estatal de vacunar.

Como consignó Clarín citando al Monitor Público de Vacunación que se actualiza todos los días y que depende del Ministerio de Salud, “hasta este jueves al mediodía habían llegado al país 9.123.808 de vacunas. Y en total se habían aplicado 7.715.006. En el medio hay 1.408.802 que aún no se han aplicado a pesar del aceleramiento que había prometido el Presidente”.

Ni siquiera los feudos ultraoficialistas están a salvo del dislate. En Santa Cruz, en el corazón mismo del poder que “santacrucificó” al país entero, se ha detectado que un 25,6% de las vacunas recibidas no fueron aplicadas. Y en Santiago del Estero, otro bastión amurallado por el oficialismo obediente a la vicepresidenta y al gobernador Gerardo Zamora, falta aplicar el 33,1% de las 187.105 vacunas recibidas.

Pareciera existir una perversión, quizás no consciente en todo esto.

No solo escasean las vacunas sino que el plan para aplicarlas tiene inmensos agujeros negros.

¿Que hay adentro de esos agujeros negros, además de ineficiencias, acomodos, e inmunidad para los que rigen el comando “patriótico” de la gestión imperante?

¿Quien revisa y controla la transparencia de los contratos sanitarios y de toda índole?

¿Carlos Zannini, que se vacunó antes de tiempo mintiendo y afirmando que él y su mujer son trabajadores de la salud?

¿Y a Zannini quien lo controla?

Los datos siempre contradicen al declaracionismo.

Según los informes elevados desde las escuelas públicas de la Ciudad al Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, durante estos dos meses y medio de presencialidad en los establecimientos aumentaron en un 300% las detecciones de abuso y violencia intrahogareña de menores, en relación al mismo período del año pasado. Es decir, con las escuelas abiertas, los abusos se denuncian y se previenen. Con las escuelas cerradas, se silencian y se multiplican las aberraciones.

La escuela educa, y también custodia derechos vulnerados.

Sin clases presenciales los menores están a merced de la ignorancia, pero también de los depredadores cercanos.

Las acechanzas se multiplican con las aulas cerradas.

Pero a los cerebros sin oxígeno del poder político nacional solo se les ha ocurrido cerrarlas.

Y eso explica, en un sentido profundo, el abuso masivo al que nos exponemos todos.

Origen:CLARIN