Por un lado la Revolución Cubana abraza las políticas de identidad; por el otro, gana en Perú un candidato del castrismo que representa el comunismo más rancio. La lección es clara

e supone que el comunismo evoluciona. En el sentido más darwinista posible, va poco a poco junto a los cambios del mundo, para sobrevivir (y seguir matando). Cuando cayó la Cortina de Hierro quedó claro que el debate entre capitalismo y marxismo, en cuanto a la economía, lo habían perdido los del martillo y la hoz. La maquinaria se dispuso, entonces, a acelerar y a perfeccionar toda esa herencia de la escuela de Fráncfort.

La batalla ahora es cultural. Lo impresionante es cómo algunos sistemas, que no solo no disputaban el terreno sino que lo devoraban, se han sumado a la tendencia.

He ahí el castrismo, esa máquina de matar, de oprimir y de esclavizar que desde los sesenta esparce la ruina. Quién diría que, luego de perseguir homosexuales, alzarían las banderitas de seis colores. Lo más insólito es que se les permite. Que todas las asociaciones y colectivos elegebeté no están haciendo un escándalo ante el hecho de que la isla que antes era una cárcel de gays ahora es un santuario.

Porque la cosa no es que Cuba haya mejorado. La cosa es que se ha adaptado para seguir oprimiendo, como me decía en estos días el valiente activista Antonio Rodiles. Porque como ahora la izquierda mundial es campeadora de las minorías, toca sacrificar los principios y la tradición para mantener el poder. Las políticas de identidad son, entonces, la nueva cara de la Revolución Cubana.

Marisela Castro, la hija de Raúl y una especie de vedette de la izquierda chic, es la responsable. La prensa europea se babea por ella y hasta en Montevideo la declararon visitante ilustre. No importa que Cuba fue, por décadas, un régimen cazador de homosexuales. Los perseguía, los expulsaba o los metía en campos de concentración y trabajo forzado. Prácticas muy refinadas y dantescas de ingeniería social confinaron a miles al ostracismo, a la esclavitud o a la cárcel. Tardó casi dos décadas el régimen cubano en despenalizar la homosexualidad y aún así, Reinaldo Arenes es ejemplo de que el castrismo te mata por gay aún lejos de Cuba.

Pero no importa. Ahora en Cuba puede haber una marcha por el orgullo homosexual, la nomenclatura del régimen en carrozas coloridas y Europa aplaude. Porque a Cuba le permiten de todo: perseguir homosexuales en los setenta y los ochenta, fusilar disidentes, esclavizar a su población, traficar médicos, someter e invadir otros países; y, por supuesto, abrazar las causas de las minorías.

Y vemos a varios kilómetros al sur de la isla el mayor contraste, muestra evidente de que la Revolución Cubana muta en algunos cuadriláteros, pero en otros retoma la tradición. En Perú ganó la presidencia, porque ya parece claro, el comunismo más dogmático y retrógrada. Ese castrismo leninismo que, de alguna forma, Latinoamérica ya dejaba atrás. Expropiaciones, control de precio, control pleno de la economía, subsidios, lucha de clases y limitaciones de libertades individuales —en discordancia con las corrientes progres. A partir de esa retórica Pedro Castillo logró el apoyo de más de la mitad de los peruanos que votaron.

El candidato del Foro de Sao Paulo, la gran maquinaria castrista, marchará hacia la Casa de Pizarro. Y no gana abrazando las políticas de identidad. Pedro Castillo representa, sin duda, la revolución cubana en su primera etapa, donde la lucha de clases y el anticapitalismo son banderas.

La lección que queda de que por un lado Cuba se suscriba a las tendencias progresistas y de que por el otro se imponga esa extrema izquierda carca, rancia y dogmática es una, clara e incuestionable: la Revolución Cubana aún vive. Sigue ahí y seguirá, por mucho tiempo, acomodándose, torciéndose o retomando su tradición. Hará lo que sea para sobrevivir, porque su proyecto es continental y a largo plazo.

Origen: El castrismo sigue vivo – El American