Las clases medias quieren progresar por sí mismas, sin depender de la misericordia del Gobierno y el capricho presidencial. Por eso AMLO las odia cada vez más.

as clases medias son el corazón de las democracias, ese bloque social que contienen ambiciones y tensiones en los extremos de la sociedad, y que impulsa la economía moderna. Estas clases medias son profundamente diversas en sus circunstancias, pero comparten una realidad de vida y una fuerza económica que les permite tomar sus propias decisiones sin estar sometidas a la misericordia de los gobernantes.

Las clases medias quizá tengan que sacar el celular a crédito, pero pueden pagar las mensualidades. Tal vez no puedan viajar a los mejores destinos de Europa, pero sí pueden ir a la playa en familia, y en algún buen año incluso viajar a América y hasta conocer Disneyland.

Las clases medias estudian, porque quieren que sus hijos alcancen un mejor nivel de vida, pues saben que la prosperidad está a su alcance, no es algo de otro mundo. Incluso aunque en este momento no la vivan. Las clases medias han luchado durante mucho tiempo para construir su independencia y su propio proyecto de vida, sin olvidar los malos tiempos y las enormes dificultades que enfrentaron sus padres y abuelos para llegar hasta donde están.

Las clases medias sueñan con crear su propio negocio, y muchas veces lo hacen, desafiando las extorsiones de los criminales, los impuestos de los gobiernos y las recurrentes catástrofes provocadas por el político de turno. Aun así, perseveran, porque quieren mantener el futuro en sus manos. Justamente por eso las odia la izquierda.

Para los comunistas, socialistas y en general aquellos obsesionados con imponer su propia visión sobre un país, las clases medias son una espina en el zapato, ya que no pueden controlarlas con una despensa o con una beca y no se amoldan en resignado silencio a los dictados de algún “iluminado” que logró encaramarse al Gobierno.

Este odio de los socialistas las clases medias puede tomar muchas formas, desde el abierto genocidio en contra de maestros y profesionistas en la Camboya de los jemeres rojos, hasta la demolición silenciosa pero sistemática de la inflación y los altos impuestos, que no son una falla, sino un instrumento deliberado de los totalitarismos de izquierda, cuyo objetivo es construir países donde todos sean lo suficientemente pobres como para controlarlos con una tarjeta de racionamiento, un CLAP o una cachiporra.

Todos, claro, excepto la élite del poder formada por aquellos políticos cuya “vocación de servicio patriótico” les permite inflarse de dinero hasta la ignominia, mientras el pueblo al que sirven chapotea en la pobreza, como bien lo demuestran los casos de los boliburgueses enchufados al chavismo venezolano, los lujos de la familia Castro en Cuba o las legendarias “dachas” (casas de campo) de la élite soviética.

Las clases medias son un freno contra los tiranos. Imagen: Unsplash
“Las clases medias son un freno contra los tiranos”. (Imagen: Unsplash)

Las clases medias, el enemigo de AMLO

Aunque Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el presidente de México, no es (todavía) tan burdamente radical como los socialistas de otras partes del mundo, comparte con ellos el profundo desprecio por las clases medias que le estorban en su proyecto de centralizar todo el poder alrededor de sí mismo. Para Obrador, el que una familia pretenda construir un proyecto de vida sin atenerse a los dictados de su Gobierno es un pecado imperdonable. Y lo sabemos porque lo dice:

El 11 de junio, todavía respirando por la herida tras las dolorosas derrotas electorales que sufrió el oficialismo en todo el país y especialmente en la Ciudad de México, AMLO redobló su retórica de división y resentimiento, y se lanzó directamente contra las clases medias del país, señalando que es gente “muy difícil de convencer”, porque tienen “una actitud aspiracionista” de “triunfar a toda costa, salir adelante, muy egoísta.”

Para redondear el insulto, los acusó de “clasistas y racistas” e hipócritas y les espetó que “eso sí, van a la iglesia todos los domingos, o a los templos, y confiesan y comulgan para dejar el marcador en cero y luego el domingo, de nuevo lo mismo”.

Eso fue el viernes 11. El lunes 14 de junio, ya más relajado después del fin de semana, AMLO volvió a la carga, alegando que las clases medias “son muy susceptibles a la manipulación” e insistió en que la clase media que “siempre ha sido así, muy individualista” “lo que quiere es ser como los de arriba y encaramarse lo más que se pueda, sin escrúpulos morales de ninguna índole: son partidarios de que ‘el que no transa, no avanza’”.

Ahora, si al presidente mexicano en serio le preocupara aquellos que “tranzan” (se corrompen) para avanzar, entonces tendría que empezar sacando de su círculo cercano a gente como Bartlett, Ackerman, Ebrard o Noroña, cuyos “gustos” y patrimonios distan mucho del ideal de austeridad, transparencia y modestia que proclama el presidente. Él mismo tendría que mirarse en el espejo y arrepentirse, pues AMLO es un terrateniente cuya parentela es igualmente multimillonaria.

Entonces no es el dinero lo que le molesta. Lo que realmente le hierve la sangre es ver a personas de clase media (a las que él esperaría manipular) que no se someten a cambio de una despensa y que, al contrario, perseveran a pesar de todos los obstáculos que les pone el Gobierno. Esa arrogancia de los ciudadanos libres es la que le parece imperdonable, porque los tiranos colectivistas quieren súbditos. Quieren imponer y que les agradezcan.

Sin embargo, estimado López Obrador, las clases medias mexicanas no van a ceder ni a sus amenazas ni sus sermones. Claro que son “aspiracionistas” porque quieren una vida y un país mejor, y son “individualistas” porque creen en el derecho de cada persona a construir su proyecto de vida. Eso sí, no son corruptas. Si tanto le interesa buscar corruptos, señor presidente, ahí los tiene en su equipo de trabajo, bien cerquita. Al primero lo puede ver todos los días, cada vez que se mira en el espejo.

Origen: El American