El Papa advirtió del peligro de convertir a la Iglesia en un partido político o una empresa

Por: Elisabetta Piqué

En un videomensaje en ocasión de la apertura de una Cumbre de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que se desarrolla en forma virtual, el Papa reivindicó hoy el rol “profético” de los sindicatos sobre todo después de los trastornos de la pandemia que golpeó al mundo y especialmente a los más pobres y vulnerables y recordó que la propiedad privada “es un derecho secundario”.

“Siempre, junto al derecho de propiedad privada, está el más importante y anterior principio de la subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra y, por tanto, el derecho de todos a su uso”, indicó, en una cita a su última encíclica Fratelli tutti, sobre la hermandad y la amistad social. “A veces, al hablar de propiedad privada olvidamos que es un derecho secundario, que depende de este derecho primario, que es el destino universal de los bienes”, agregó, en una parte de su exposición en la que le recordó a los empresarios que su verdadera vocación es “producir riqueza al servicio de todos”.

En un discurso muy amplio, en el que planteó una correcta comprensión del trabajo, destacó la pérdida de empleo sin precedentes en 2020 debido a la pandemia y advirtió que “muchos de los trastornos previstos aún no se han manifestado”. Y lanzó un enérgico llamado a aprovechar de este momento “crucial de la historia social y económica”, para una acción común de sindicatos, empresarios y dirigentes políticos, para dejar atrás la “filosofía del descarte” y buscar “soluciones que nos ayuden a construir un nuevo futuro del trabajo fundado en condiciones laborales decentes y dignas”.

“Estamos llamados a dar prioridad a nuestra respuesta hacia los trabajadores que se encuentran en los márgenes del mundo del trabajo y que todavía se ven afectados por la pandemia del COVID-19: los trabajadores poco cualificados, los jornaleros, los del sector informal, los trabajadores migrantes y refugiados, los que realizan lo que se suele denominar el ‘trabajo de las tres dimensiones’: peligroso, sucio y degradante, y así podemos seguir la lista”, afirmó.

Francisco invitó puntualmente a sindicalistas y a dirigentes de asociaciones de trabajadores “a que no se dejen encerrar en una ‘camisa de fuerza’, sino a que se enfoquen en las situaciones concretas de los barrios y de las comunidades en las que actúan y a volver a su “vocación más genuina”.

Desafíos sindicales

El Papa consideró, de hecho, que en esta fase histórica, el movimiento sindical enfrenta dos desafíos trascendentales.

“El primero es la profecía y está relacionada con la propia naturaleza de los sindicatos, su vocación más genuina”, explicó. “Los sindicatos son una expresión del perfil profético de la sociedad. Los sindicatos nacen y renacen cada vez que, como los profetas bíblicos, dan voz a los que no la tienen, denuncian a los que ‘venderían al pobre por un par de chancletas’, como dice el profeta, desnudan a los poderosos que pisotean los derechos de los trabajadores más vulnerables, defienden la causa de los extranjeros, de los últimos y de los rechazados”, subrayó.

Como en otras oportunidades, al mismo tiempo advirtió del peligro de la corrupción: “Claro, cuando un sindicato se corrompe, ya esto no lo puede hacer, y se transforma en un estatus de pseudo patrones, también distanciados del pueblo”, lamentó.

Planteó luego como segundo desafío la innovación: “Los sindicatos no cumplen su función esencial de innovación social si vigilan sólo a los jubilados. Esto debe hacerse, pero es la mitad de vuestro trabajo. Su vocación es también proteger a los que todavía no tienen derechos, a los que están excluidos del trabajo y que también están excluidos de los derechos y de la democracia”, destacó.

Preocupaciones

Antes, en efecto y como desde el principio de su pontificado, no ocultó su gran preocupación por los más pobres y descartados. “En este momento de reflexión, en el que tratamos de modelar nuestra acción futura y de dar forma a una agenda internacional post COVID-19, deberíamos prestar especial atención al peligro real de olvidar a los que han quedado atrás”, planteó.

“Corren el riesgo de ser atacados por un virus peor aún del Covid-19: el de la indiferencia egoísta. O sea, una sociedad no puede progresar descartando, no puede progresar. Este virus se propaga al pensar que la vida es mejor si es mejor para mí, y que todo estará bien si está bien para mí, y así se comienza y se termina seleccionando a una persona en lugar de otra, descartando a los pobres, sacrificando a los dejados atrás en el llamado ‘altar del progreso’. Y es toda una dinámica elitaria, de constitución de nuevas élites a costa del descarte de mucha gente y de muchos pueblos”, denunció.

Luego de destacar que “el trabajo va más allá de lo que tradicionalmente se ha conocido como ‘empleo formal’, consideró “muy necesario garantizar que la asistencia social llegue a la economía informal y preste especial atención a las necesidades particulares de las mujeres y de las niñas”. Subrayó, por otro lado, como segundo elemento para una correcta comprensión del trabajo, la dimensión del cuidado: no sólo de la creación, sino de la dignidad de los trabajadores.

El Papa consideró, además, que para salir en mejores condiciones de la crisis actual, al margen de una correcta comprensión del trabajo, será necesario “el desarrollo de una cultura de la solidaridad, para contrastar con la cultura del descarte que esta en la raíz de la desigualdad y que aflige al mundo”. “Para lograr este objetivo, habrá que valorar la aportación de todas aquellas culturas, como la indígena, la popular, que a menudo se consideran marginales, pero que mantienen viva la práctica de la solidaridad”, resaltó. “Cada pueblo tiene su cultura, y creo que es el momento de liberarnos definitivamente de la herencia de la Ilustración, que llevaba la palabra cultura a un cierto tipo de formación intelectual o de pertenencia social. Cada pueblo tiene su cultura y debemos asumirla como es”, sentenció. (

Origen:La Nación