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De tanto mentar el fantasma caribeño como destino del país kirchnerista, no parece antojadiza la alusión a las desavenencias personales y políticas que debilitaron a los antichavistas y facilitaron la sobrevida del régimen bolivariano

Dicen que el dinero y el poder no cambian a nadie, sino que solo lo exponen. Lo mismo acaba de ocurrir con los cierres de listas. Todos los conflictos ya existían. En el oficialismo y en la oposición. Cada uno en su medida e inarmoniosamente disimulados.

Sin embargo, la preexistencia de incomodidades en las dos coaliciones dominantes no evitó que estallaran con más sonoridad en el espacio cambiemita. Esa fuerza que prefirió renombrarse “Juntos”, aunque ahora corra riesgos de anunciar más cambios (en su interior) que uniones. Curiosidades.

El abrupto avance de Horacio Rodríguez Larreta sobre los dos principales distritos del Pro y el acelerado arribo de Facundo Manes para encabezar la lista de la UCR bonaerense llegaron suficientemente cargados de disputas larvadas, desconfianzas añejadas y ambiciones encontradas. Como para presagiar que cualquier chispa podía desatar incendios. Mucho material combustible sin medidas de seguridad acordadas. Pero nadie imaginó que el primer estallido público llegaría tan rápido.

Bastó que la agudeza periodística de Matías Moreno hurgara en el sustrato político (o el subconsciente) de Manes para que todo se tornara inflamable. El título de la entrevista, “Espero que no se gasten los impuestos de los porteños en la campaña”, todavía quema entre los (¿ex?) cambiemitas. Como arden las descalificaciones que la filosa Lilita Carrió le dedicó antes y después al neurólogo. No hizo falta (ni alcanzó) que Rodríguez Larreta y Diego Santilli, rival directo de Manes, dijeran nada.

Ahora, nadie en Juntos sabe con seguridad cómo evitar explosiones en cadena y nadie tiene certezas de que no quedarán heridas incurables. Como para que algunos se pregunten con alarma, tal vez prematura, ¿y si la que va a Venezuela es la oposición? De tanto mentar el fantasma caribeño como destino del país kirchnerista, no parece antojadiza la alusión a las desavenencias personales y políticas que debilitaron a los antichavistas y facilitaron la sobrevida del régimen bolivariano. Temores que corren como pólvora.

En plan de desactivar el conflicto, Manes repite que no quiso atacar a nadie y que solo planteó una aspiración para que la campaña no fuese desigual. “Yo me entrené para curar, no para lastimar”, argumenta el médico con subrayada inocencia, de la que sus adversarios descreen.

El “deseo” de Manes golpeó en una zona sensible. El uso de recursos públicos para hacer campaña es un argumento con el que el macrismo siempre atacó al kirchnerismo. Una equiparación inadmisible. Más después de que volviera a herir la sensibilidad amarilla al avalar tácitamente críticas a Mauricio Macri y María Eugenia Vidal por sus políticas educativas y científicas.

No obstante, con igual objetivo paliativo, en el larretismo repiten que no se subirán a la polémica y que no partió de ahí ningún ataque a su rival, desligándose de Carrió y de las cuentas de las redes sociales que dispararon contra Manes. Explicaciones que no logran cambiar resquemores en el equipo del neurocandidato. Para él no es un mito el arsenal digital del macrismo.

Más allá de creencias (o sesgos cognitivos) lo concreto es que ambos espacios están lejos de firmar la paz y de encontrar coincidencias que hagan cumplible algún reglamento de juego limpio para la campaña. Más allá de que todos pregonen que el adversario es el kirchnerismo. El pasado y el futuro de las partes atraviesan el presente de la coalición toda.

Manes suma motivos propios y argumentos del radicalismo para distanciarse del Pro y del larretismo, en particular. Muchos le han escuchado decir que se sintió usado cuando lo quisieron sumar para elecciones anteriores: “Querían que pusiera la cara pero que no hablara, porque yo tenía diferencias con la gestión macrista. Pretendían que fuera otro empleado de ellos”. Heridas que no cierran y sangran todavía.

Desde la UCR aportan material didáctico a las lecciones electorales que recibe el neurólogo: “En la coalición faltó reciprocidad cuando Cambiemos gobernó y sigue faltando. Ernesto Sanz fue a perder una interna para legitimar a Macri y después el gobierno fue solo de Pro. Ahora no quieren que compitamos ni nos diferenciemos”. Manes ya incorporó ese capítulo de la historia cambiemita.

Si el pasado los diferencia, el futuro los aleja. Para Rodríguez Larreta un triunfo de Manes significaría una amenaza cierta y concreta a su propio proyecto presidencial.

Curiosamente, el alcalde porteño, que postergó hasta la exasperación de sus aliados el avance sobre la estructura partidaria y la construcción política con el argumento de que no había que precipitarse, advierte ahora que le anticiparon los tiempos. Las PASO de 2021 podrían delinear los contornos definitivos de la futura oposición y sus candidaturas presidenciales. No son buenos datos para quien ha hecho de la planificación (obsesiva) el ordenador de su carrera política. Menos aún cuando se constata que Manes es el producto no deseado que se escapó de su laboratorio político.

Si Larreta no hubiera aportado sus recursos para que se impusiera en la interna radical bonaerense el espacio de Maximiliano Abad, el neurólogo no sería hoy su propio contrincante, más que el adversario de su delfín en la provincia.

Esa elección revivió a un radicalismo subsidiario, que encontró en Manes el vehículo para disputarle el dominio al Pro. Detrás del neurólogo se encolumnan otros radicales con aspiraciones presidenciales que sueñan con un desgaste de Larreta, para ellos hoy imbatible en un mano a mano. Y quien más suspicacias despierta es el jujeño Gerardo Morales, un beneficiario de la gestión macrista aunque reactivo a esta alianza desde sus orígenes. Ayer lo reafirmó. Sus preferencias por Sergio Massa nunca han sido ocultas ni menguaron con el tiempo, aun cuando el tigrense aportó su cuotaparte para el regreso del kirchnerismo.

Las quejas por falta de reciprocidad y las sospechas (o acusaciones de traición) cambian ahora de bando y se cocinan en las usinas amarillas. Borgianamente algunos larretistas se podrían preguntar “qué dios detrás de Dios la trama empieza”. Preferirán no recordar los versos que siguen y cierran el poema.

El partido recién empieza y los cambiemitas no logran ponerse de acuerdo siquiera sobre los efectos de estas primeras manifestaciones. Del lado de Santilli dicen que las expresiones de su rival “solo lo perjudican a él”. “Cayó mal entre nuestros votantes que arrancara con acusaciones hacia adentro cuando el adversario es el kirchnerismo”, dicen los asesores de Juntos Pro.

“Nosotros no vamos a hacer eje en la interna sino en lo que hay que hacer para mejorar la vida de los bonaerenses en seguridad, salud, educación, y mostrar nuestra experiencia y nuestro aprendizaje superador”, dicen los larretistas.

Del otro lado minimizan el impacto negativo y ponen énfasis en renovar el espacio y ampliar su representación. Dicen que eso es lo que hacen. Manes se propone encarnar una épica sustentada en “la imagen del médico que viene a curar un país enfermo”. El objetivo excede a las posibilidades de un diputado.

Hay detrás de esa propuesta del precandidato un sustrato fundacional de inserción compleja en el espacio que lo alberga. Manes está convencido de que la democracia posdictadura, que fundó Raúl Alfonsín, se agotó: “No curó, no dio de comer, ni creó trabajo y hay que empezar una nueva etapa”. En ese pasado agotado también incluye al Pro. Imposible que no haya ruidos.

Entre tantas diferencias, el objetivo de ensanchar la base electoral es una de las coincidencias (pocas) que tienen todos en Juntos para competir con la maquinaria oficialista. Si las PASO terminarán siendo el camino más apropiado es algo que hasta los más propensos a la competencia ahora ponen bajo observación.

El agitado comienzo de la campaña amplifica las dudas. Venezuela puede ser un destino o una enseñanza. También para la oposición.

Claudio Jacquelin

Origen:LA NACION