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Durante casi dos años los funcionarios, desde el Presidente para abajo, disfrutaron de prerrogativas notorias.

Una señal identitaria del discurso peronista que parece haber perdido potencia.

“Seguimos convencidos de que estamos frente a dos modelos de país. Un modelo que a todos incluye, y un modelo que a millones deja a un costado”, dijo Alberto Fernández cuando los números ya confirmaban la debacle electoral del Gobierno.

Ese concepto fue el latiguillo repetido en el final de la campaña. Sin logros visibles, con 51% de inflación en un año y el salario depreciado, acusar a Mauricio Macri y a Juntos por el Cambio como los representantes de un sector que defiende privilegios era la carta que quedaba por jugar.

Si había funcionado antes, ¿por qué no ahora? ¿Cuál sería la razón de que una bandera histórica del peronismo, la de ser el partido de los desposeídos (recuperando el lenguaje evitista), no asegurara otra vez la victoria?

El resultado está a la vista.

Quizás porque desde hace dos años también está a la vista la manera en que Alberto Fernández y sus funcionarios construyeron una impúdica galería de privilegios. La secuencia empezó con el asado junto a Hugo Moyano y familia en Olivos, sonrientes y sin barbijos. Continuó cuando escaseaban las vacunas con los Vacunatorios Vip, por donde desfilaron parientes y amigos, entre ellos Carlos Zannini, quien hasta se atrevió a alardear de su privilegio “como autoridad decisional”. Incluyó a los padres de la ministra Carla Vizzotti, quien ensayó una infantil justificación; más intendentes y militantes que se creyeron merecedores de su ventaja por ensayar la V de la victoria.

Continuó con la foto de la intendenta de Quilmes, Mayra Mendoza, operada a 80 kilómetros de su distrito, en el hospital Austral, un centro privado de excelencia, y visitada por Cristina Kirchner, de nuevo sonriente y sin barbijo. La imagen generó el repudio de los empleados del hospital quilmeño Iriarte -en pésimas condiciones de mantenimiento-, quienes escribieron: “Ojalá los alrededor de 700 mil habitantes de la ciudad pudieran acceder como usted a un sistema de salud de calidad. Eso no sucede”. El domingo el kirchnerismo perdió en Quilmes por 7 puntos.

La galería culminó con las fotos del cumpleaños de Fabiola Yañez, con el Presidente sentado a la mesa de un festejo que incluyó al peluquero, la asesora de vestuario y amigos de la Primera Dama. La imagen positiva del Presidente cayó 9 puntos porcentuales luego de la difusión de esa noche sin restricciones.

A la luz de los hechos vale preguntarse: ¿Qué fueron cada una de esas postales sino ejemplos grotescos de privilegios? ¿Qué son, sino el testimonio de un grupo que lejos de incluir, como propuso el latiguillo electoral, excluyó para disfrutar de lo que millones estaban impedidos de hacer?

Si una vez más la estrategia fue dividir entre un “nosotros” y un “ellos”, el Gobierno perdió de vista que por las restricciones de la cuarentena, el “ellos” ya no señalaba a la oposición, sino al propio Presidente y a los funcionarios, beneficiados por prerrogativas que resultaban lejanas para una población que padeció limitaciones incluso mortales.

Esta vez el modelo que “dejó a millones a un costado” fue el construido por el propio Gobierno.

Claro que antes y después aparece la economía como principal explicación del voto. No se simplifica el resultado electoral. Pero sí puede pensarse que el gobierno de Alberto Fernández debilitó severamente un discurso identitario del peronismo: el del partido que combate los privilegios, que son de los otros. Al contrario, fortalecieron la idea de su propia casta política privilegiada.

Como la economía, será un valor que el Gobierno deberá reconstruir si quiere recuperar casilleros. No será fácil.

Fuente :CLARIN