Por: César Vidal.

He señalado en mi libro A Changing World – existe edición española titulada Un mundo que cambia (Nashville, 2020) – cómo buena parte de los análisis políticos que se realizan actualmente son erróneos y, por lo tanto, carecen de valor al no fijarse en la realidad presente sino sustentarse en lo que era nuestro mundo hace más de treinta años, en el período de la Guerra fría. Se cierra los ojos ante la realidad y se pretende que sigue siendo la misma de manera semejante a alguien que en 1830 se empeñara en ver todo a la luz del imperio de Napoleón aunque desde hacía más de década y media, el personaje en cuestión ya no formaba parte de la política europea. Ese error de análisis que se extiende en todas las direcciones resulta escandaloso e incluso grotesco en relación con algunos personajes como el papa Francisco, uno de los iconos mundiales de la agenda globalista. Precisamente por ello, resulta indispensable conocer sus antecedentes para saber el por qué de sus acciones y hacia dónde nos conduce la puesta en funcionamiento de esa agenda desde las más diversas instancias.
En 1998, se publicó en Buenos Aires un libro titulado Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro1. El texto no tenía mayor relevancia y se limitaba a recoger las homilías de Juan Pablo II y los discursos de Fidel Castro, todos ellos pronunciados durante la visita del pontífice a Cuba. Sin embargo, el libro contaba con un prólogo de Jorge María Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires extraordinariamente revelador ya que deja ver cómo ya hace más de veinte años, la posición ideológica del futuro papa Francisco estaba más que definida. Así, Bergoglio señalaba que “A partir de la Encíclica Laborem Exercens, Juan Pablo II ha contribuido con un aporte notable a abrir el diálogo entre el cristianismo y el marxismo. Considera que es el sistema marxista, el punto de partida para poder develar y visualizar los límites y los obstáculos erigidos contra la concreción de un proyecto humanístico”2. Bergoglio sostenía que Juan Pablo II “se muestra dispuesto a escuchar, pero específicamente necesita y desea escuchar la verdad del pueblo cubano, de su gobierno, de la revolución, de la religión y de la relación entre la Iglesia y el Estado”3. De ese diálogo con entre Juan Pablo II y Fidel Castro, había emergido la existencia de “básicas convergencias” entre las visiones de ambos4. No sorprende que Bergoglio afirmara que los dos “a través de los discursos pudieron dialogar, confrontarse, coincidir y en definitiva dejar abierto un amplio margen de tolerancia”5. Partiendo de esa base, se podía afirmar que “No todo será igual después de su partida (la del papa), el diálogo habrá quedado instaurado entre la Iglesia y las instituciones cubanas”6.
Esta visión acentuadamente positiva de las relaciones entre el papa y el dictador cubano daba paso a un análisis de la realidad económica en el que Bergoglio aceptaba las tesis expuestas por la dictadura castrista. Así, afirmaba que “Cuba presenta, por ejemplo, unas finanzas vapuleadas por los imposibles y las atrofias del modelo económico, el endeudamiento externo, las trabas comerciales del embargo estadounidense y las dificultades crediticias”7. La supuesta culpa de Estados Unidos en el desastroso estado de la economía cubana quedaba remachada cuando Bergoglio sostenía que “Otra fuente de agobios económicos es la llamada fuga de cerebros, principalmente hacia Estados Unidos”8. A fin de cuentas, Bergoglio citaba casi literalmente a Juan Pablo II que había culpado de la situación económica sufrida por Cuba a “las medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país, injustas y éticamente inaceptables”9. Aquellos que se empeñan en creer el mito del Juan Pablo II causante de la caída del comunismo harían bien en recordar afirmaciones suyas como la citada.
Lo cierto es que, con esos antecedentes, no sorprende que Bergoglio afirmara sin sonrojo que “Desde que en 1990 Fidel Castro propone una alianza estratégica entre cristianos y marxistas, no ha cesado en sus intenciones por encontrar y demostrar convergencias o puntos de conexión entre el catolicismo y los postulados de la revolución”10. Por si quedara alguna duda de lo que esto significa, Bergolio señalaba que “sus dos pensamientos confluyen en el tratamiento de importantes cuestiones del mundo de hoy y ello nos satisface grandemente”11.
En un gesto más de adulación hacia el dictador cubano, Bergoglio añadía “Fidel Castro fue más allá de la mera búsqueda de convergencias, al efectuar en esa comparación un reconocimiento explícito a la labor del Papa y resaltar la importancia del logro de una convivencia y tolerancia pacíficas”12. Pero por si fuera poco, Bergoglio sostenía que “no hay otro país en mejores condiciones para comprender la misión del Papa, ya que la labor desplegada por el Pontífice coincide con la predicada por el gobierno cubano, especialmente en cuanto a la distribución equitativa de la riqueza y a las aspiraciones de globalización de la solidaridad humana”13. Que el entonces arzobispo de Buenos Aires estuviera entusiasmado ante esa perspectiva es bien revelador y causa verdaderamente inquietud pensar que el Vaticano y la dictadura cubana, tal y como afirmaba Bergoglio, coincidieran en la distribución de las riquezas y en la globalización de la solidaridad.Tampoco puede caber la menor duda de que Bergoglio sí que se sentía muy cercano a la dictadura cubana puesto que en las página siguientes afirmaba, entre otras cuestiones, que “la doctrina de Carlos Marx está muy próxima al Sermón de la Montaña”14, calificaba de “genocidio” y “asfixia económica” el embargo impuesto por Estados Unidos desde 196215 señalando que el Papa había condenado los “bloqueos o embargos”16 y, sobre todo, sostenía que “la reivindicación de los derechos del hombre que la Iglesia reclama sin cesar – alimentación, salud, educación, entre otros – se inscriben en los alcances del concepto de derechos humanos al que Fidel Castro adhiere y se muestra orgulloso de defender en Cuba”17. La verdad es que cuesta trabajo pensar en alguno de los “disculpadores” de la dictadura castrista que hubiera podido llegar a tanto…
Partiendo de estas bases, no sorprende que Bergoglio defendiera que “Muchas son las hipótesis enunciadas en cuanto a la voluntad de Fidel Castro de obtener una transición pactada en base a la intermediación papal. Es lógico que vea en la Iglesia un aliado para proceder al cambio en forma gradual y no traumática. Una transición pactada, con el propio Pontífice como supervisor de la misma, sería una salida digna, airosa, aceptable”18.
Esta cercanía de la Santa Sede con la dictadura castrista, con la que desea colaborar, asumiendo incluso la propaganda cubana sobre el embargo y señalando las coincidencias enormes entre ambas cosmovisiones aparecía en el texto de Bergoglio unida a unos ataques encarnizados contra el sistema de libre mercado. El futuro papa Francisco subrayaba que la “Doctrina (de la iglesia católica) ha condenado en reiteradas oportunidades al capitalismo liberal”19. Al detenerse en las causas de esa condena, Bergoglio afirmaba que “los principios fundamentales del sistema capitalista se sustentan en la libre concurrencia y en la libertad de mercado. Sin lugar a dudas, estos principios anidan en el hombre emancipado, en el individuo utilitario, posibilitando el accionar de una economía que no reconoce a la sociedad en su conjunto”20. Desde luego, no deja de ser revelador que la misma persona que alababa a Fidel Castro condenara al mismo tiempo el sistema de libre mercado. La condena, sin embargo, no parecía desinteresada porque, a continuación, señalaba que “es imperioso que la economía se subordine a otros aspectos de la vida humana, dikelógicamente más elevados como la cultura, la moral y la religión”21.
El panorama que Bergoglio presentaba como deseable es, a fin de cuentas, coherente con la trayectoria histórica de la iglesia católico-romana. Una vez más, la libertad era vista con desconfianza cuando no con abierta aversión mientras que se contempla con agrado la alianza con un poder absoluto que controle totalmente la vida de sus súbditos y que la subordine a condicionantes que no son, ni lejanamente, los de la libertad.
Dentro de esa ortodoxia izquierdista – pero también vaticana – Bergoglio afirmaba rotundamente “no se pueden admitir los postulados del neoliberalismo y considerarse cristiano”22. De hecho, para Bergoglio, el neoliberalismo se encuentra “precisamente en las antípodas del Evangelio”23. A fin de cuentas, “Juan Pablo II… ha enviado un mensaje a aquellos superpoderes que presionan, que excluyen, que aíslan, al pueblo cubano en el contexto de la economía mundial”24. Ciertamente, no dejaba de ser revelador que Bergoglio pudiera manifestarse abiertamente enemigo de la economía de libre mercado y, a la vez, prodigara los elogios de la dictadura cubana asumiendo su propaganda y condenando no los excesos de la tiranía castrista sino el embargo decretado por Estados Unidos. no se trataba, desde luego, de una postura sin consecuencias. Ese arzobispo en 2001 fue creado cardenal y en 2013, fue elegido papa. Todo el mundo lo conoce como el papa Francisco.

1 Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro, Buenos Aires, 1998.2 Diálogos…, p. 13.3 Diálogos…, p. 14.4 Diálogos…, p. 14.5 Diálogos…, p. 15.6 Diálogos…, p. 16.7 Diálogos…, p. 20.8 Diálogos…, p. 21.9 Diálogos…, p. 22.10 Diálogos…, p. 23.11 Diálogos…, p. 23.12 Diálogos…, p. 24.13 Diálogos…, p. 24.14 Diálogos…, p. 25.15 Diálogos…, p. 25.16 Diálogos…, p. 26.17 Diálogos…, p. 26.18 Diálogos…, p. 31.19 Diálogos…, p. 46.20 Diálogos…, p. 47.21 Diálogos…, p. 47.22 Diálogos…, p. 48.23 Diálogos…, p. 49.24 Diálogos…, p. 49.

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