FOTO.jpg

Aquellos manifestantes del 17 de octubre de 1945 eran parte de una desconocida identidad, que no estaba en los libros y que nadie vio venir.

Tenían -o pedían- un trabajo, no dádivas del Estado.
Osvaldo Pepe

El 17 de octubre de 1945, del que se están cumpliendo 76 años, representa más que una bisagra en la historia o la fecha simbólica del nacimiento del peronismo como fenómeno disruptivo en la Argentina conservadora de aquel tiempo.

Su alcance, sin embargo, excedió los límites de la política y devendría en un fenómeno cultural que se consolidaría con los años: significó la aparición en la escena nacional de una Argentina plebeya, aluvional, resistida por las élites y un sector influyente de la sociedad, en parte por los criterios redistributivos de la renta nacional, que afectaban a unos y beneficiaban a otros, pero también, y principalmente, por la composición social, el origen y hasta el color de piel de muchos de los nuevos actores que emergían a la luz pública de la mano de Perón.

El entonces coronel supo observar la vacancia política de ese segmento poblacional hasta entonces carente de liderazgo, sin coberturas legales, huérfanos de derechos y ávidos de reconocimiento.

Alejandro Grimson, académico, antropólogo y hoy asesor presidencial, en su trabajo “Raza y clase en los orígenes del peronismo: Argentina, 1945” afirma que en diarios, revistas y discursos se descalificaba a los protagonistas del 17 de octubre como “hordas, turbas, masas, lumpenproletariat, malevaje, malón, chusma, descamisados, negros, alpargatas, tribu”, términos afines al proceso de confrontación social en ciernes, agudizado con los acontecimientos de aquellos días de octubre del 45, aunque ya latentes con el golpe de 1943.

Fue tan relevante aquella jornada que Estados Unidos, la potencia emergente de la Segunda Guerra Mundial recién finalizada, la siguió en detalle.

Washington ya miraba a Perón como un personaje oscilante entre dos fuegos, la “amenaza nazi” y el “peligro comunista”, como señala Fabián Bosoer, uno de los autores del libro “17 de octubre de 1945, antes, durante y después” (compilado por Santiago Senén González y Gabriel Lerman).

Bosoer observa cierta articulación entre la diplomacia de la Embajada y los despachos del corresponsal del New York Times, Arnaldo Cortesi, quien en su crónica del 17 O escribió sobre quienes marcharon a la Plaza: “Verdaderamente, parecería que la atracción del coronel Perón afecta mayormente a los más pobres de entre la población…y que él tiene suficiente apoyo entre los más alborotadores y rudos…”

La grieta también astilló con intensidad las políticas editoriales en los diarios locales, por entonces de gran tirada en su mayoría.

Esa tarde del 17 O, cuando aún el panorama era incierto y la jornada no tenía definición, el vespertino “Crítica” titulaba su portada con una conjetura, mediante tres líneas a lo ancho de página en tipografía catástrofe: “Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población.”

Días antes, con Perón encarcelado, el mismo diario fogoneaba la crispación de sus numerosos lectores: “Perón ya no constituye un peligro para el país.” Uno de los diarios más jóvenes, el también vespertino ‘La Época”, desde la vereda opuesta, señalaba que “Perón fue ungido presidente por un millón de argentinos en Plaza de Mayo”. Y 10 días antes, al marchar preso el líder naciente, había titulado: “La renuncia del coronel Perón emociona hondamente al pueblo”.

A los ojos de hoy, la fecha podría ser redefinida como la grieta fundacional del siglo XX, la madre de todas las grietas, una frontera de hierro con enfados y odios de catacumba de uno y otro lado. Si el 17 O generó el peronismo, de inmediato, casi como un acto reflejo, se percibió el parto del antiperonismo, que atacó con munición gruesa al nuevo colectivo de obreros industriales.

Los llamaron “descamisados”, por su distancia del tradicional saco, y “cabecitas negras”, por un pájaro de plumas renegridas como la piel de muchos migrantes del interior que se asomaban a las orillas de la gran ciudad. “Aluvión zoológico” los bautizaría en 1947 el diputado radical Ernesto Sanmartino.

Y el general Eduardo Lonardi, primer jefe de la triunfante Revolución Libertadora diría en 1955 que “con la caída del peronismo se termina, sobre todo y para siempre, el estridente mal gusto.” No hablaba de política, claro: se refería a la vestimenta, la música, los decires, los hábitos, la cultura de los sectores que habían logrado acceder a cines, teatros, bares y restoranes, que antes tenían vedados.

Aquellos manifestantes del 17 originario, que tanto irritaron al “meter sus patas” en la fuente de la Plaza, eran parte de una desconocida identidad, que no estaba en los libros y que nadie vio venir. Tenían -o pedían- un trabajo, no dádivas del Estado.

Los “de abajo” no querían ser pobres, tenían la ilusión del progreso, el motor de las clases medias. Hoy, “los de arriba”, la dirigencia que desde hace décadas se apropió de la chapa peronista, lejos están de honrar la metáfora de “meter las patas en la fuente”. Al contrario: acostumbran meter manos en bolsillos ajenos con impuestos asfixiantes, inflación al galope, dólar por las nubes, salarios en tobogán y ajuste sin freno a los jubilados.

A cambio, reparten planes sociales y “platita” electoral. Dicen que representan a “los humildes”, pero viven en Puerto Madero y Recoleta, son dueños de empresas, hoteles, propiedades lujosas y ahorran en dólares.

Poco hacen por quienes Perón llamaba “masas sufrientes y sudorosas”, entonces el nuevo proletariado criollo. Hoy esas masas siguen sufriendo. Ya no son proletarias: los privaron hasta de la dignidad del trabajo y la cultura del esfuerzo. Son pobres condenados a más pobreza todavía: suman 18,5 millones, entre ellos el 54,4% de los menores de 14 años, doce puntos más que en 2017.

Mientras Kicillof regala tours de egresados, sólo 3 de cada 10 chicos pobres terminan la secundaria. Los demás se largan a la aventura de las calles: el peor viaje. Ambos herederos de aquel legendario 17, “los de abajo” reciben sólo migajas en el banquete y la fiesta interminable de “los de arriba”. Peronismo de morondanga.

Osvaldo Pepe es periodista.

CLARIN