España lanzó un programa pionero en el mundo para tratar de reinsertar en la sociedad a los funcionarios que cometieron delitos de corrupción. ¿Es posible recuperarlos? Una mirada desde la psiquiatría

En España, los encarcelados por corrupción se inscriben voluntariamente para participar del programa

A principios de 2021, España lanzó un programa para reeducar y reinsertar a quienes han sido condenados por delitos de corrupción. El Programa de Intervención en Delitos Económicos fue desarrollado por el Ministerio del Interior de ese país y es pionero a nivel mundial.

Los encarcelados por corrupción se inscriben voluntariamente para participar del programa. Hasta ahora, de 2.044 presos condenados por este tipo de delitos sólo se sumaron 89, pero los datos que relevaron los expertos son más que interesantes. “Muchas veces he escuchado que los condenados por delitos económicos no necesitan tratamiento porque se consideran plenamente reinsertados. Y ese es justamente el problema: por cómo funciona la cabeza de quienes han cometido hechos de corrupción, es difícil que no reincidan. ¿La razón? No comprenden el alcance de sus conductas. Tienen una capacidad única para crear excepciones a sus propias reglas morales, algo que los psicólogos cognitivos llaman desentendimiento moral”, explicó el secretario general de Instituciones Penitenciarias, Ángel Luis Ortiz.

Quienes desarrollaron el programa se sorprendieron cuando buscaron en la literatura científica y no encontraron casi nada sobre la rehabilitación de ladrones de cuello blanco. “Los psiquiatras habían estudiado a los asesinos hasta la saciedad, pero había poco y nada sobre este tipo de delincuentes”, explicó Ruiz.

Los datos que surgen de esta experiencia son más que interesantes. “Los condenados por corrupción son personas que creen que tienen lo que merecen. Sin empatía hacia sus víctimas, son poco altruistas, narcisistas y egocéntricos. Están convencidos de tener valores sociales, pero encuentran numerosas excepciones para saltarlos con sus conductas y justifican siempre su comportamiento”, explican.

Para combatir el relato que los corruptos tienen de sí mismos, el primer paso es enfrentarlos con la realidad sin anestesia. En el marco del programa, deben someterse a una serie de encuentros con las víctimas de sus actos, con el objetivo de fomentar su empatía y que sean plenamente conscientes de las consecuencias de sus actos.

Cómo funciona el programa

El trabajo de rehabilitación de corruptos se desarrolla en 32 sesiones terapéuticas grupales semanales de tres horas de duración, a las que se suman otras de justicia reparativa, que consisten en una serie de encuentros con afectados por delitos económicos, ya sean víctimas directas o indirectas.

Todo el ciclo dura entre diez y once meses. Durante las sesiones, se abordan temas como el narcisismo, el egocentrismo y la empatía, y se imparten módulos en los que se trabaja el sistema de valores y la responsabilidad sobre la propia conducta delictiva. “El objetivo es que los corruptos pidan perdón, se responsabilicen del hecho delictivo que han cometido, reparen el daño causado y, por supuesto, que no vuelvan a reincidir”, explican los expertos españoles.

¿Los corruptos son incorregibles?

Para que esta interesante experiencia española pueda tener éxito y los corruptos logren generar la empatía (ponerse en el lugar del otro) necesaria para comprender y sufrir por las consecuencias de sus actos, la columna vertebral del tratamiento debería radicar no solamente en confrontarlos con sus faltas sino, también, en que puedan escindir de su pensamiento la idea rígida y fundacional en la que basan su accionar.

Como rasgo común, los corruptos se convencen de que cuando cometen delitos contra la administración pública no hacen más que tomar lo que merecen, y que no está mal. O aún peor, que les corresponde. La merma de la empatía, en muchas oportunidades, los habilita a tomar decisiones que otro individuo no podría sobrellevar.

Es posible que una vez que los confronten con sus actos desarrollen lo que se conoce como “defensa aloplástica”: es decir, pasar de victimarios a víctimas, un mecanismo defensivo muy habitual en personalidades con rasgos psicopáticos.

La información que recogieron los expertos españoles confirma que los corruptos presentan una disociación tal que separa lo correcto de lo incorrecto, sin padecer ningún tipo de reproche interno.

Pero, para ahondar en la mente de un corrupto e incluso buscar respuesta a la frecuente recurrencia de este tipo de delitos en personas que son incluso millonarias, la psiquiatría puede alumbrar otras causas, como las variaciones en los niveles cerebrales de dopamina.

La dopamina, el comportamiento y el placer como recompensa

La dopamina es la sustancia química que media el placer en el cerebro. Su secreción se da durante situaciones agradables y nos estimula a buscar aquellas actividades u ocupaciones que disparen ese “premio”. La comida, el sexo, varias drogas de las que se puede abusar o determinados actos son también estimulantes de la secreción de la dopamina en el cerebro, en determinadas áreas tales como el núcleo accumbens y la corteza prefrontal.

Ese sistema de recompensa funciona a través de un conjunto de mecanismos realizados por nuestro encéfalo, que permite que asociemos ciertas situaciones a una sensación de placer. A partir de esos aprendizajes, tenderemos a intentar que en el futuro las situaciones que han generado esa experiencia vuelvan a producirse.

Para los individuos que encuentran el placer en la trasgresión, allí está esa la usina de dopamina que les genera el hábito repetitivo que se retroalimenta, cuya interrupción y reversión se debería abordar terapéuticamente. Un camino para intentarlo es tratar de modificar los engramas cerebrales.

Ahora bien: si bien el programa intenta “reeducar” al corrupto, lo cierto es que es poco probable que la persona sometida a esta rehabilitación cambie su accionar en un futuro: ya cuenta con una personalidad formada y está acostumbrada a “poseer lo que deseen sin un reparo moral”.

Considero que linda con la utopía el pensar en una solución real y un cambio radical en los que se sometan al programa. Si bien no hablamos de una enfermedad, se trata de estructuras de personalidad muy consolidadas. Si bien podrían llegar a empatizar con la sociedad y ver su error, sería sorprendente que su vocación de “honestidad” se mantenga en el tiempo.

Origen: Infobae