Las historias de los niños de la Operación Peter Pan son de las más desgarradoras del muy largo y doloroso exilio cubano

Luis Cino

LA HABANA, Cuba. — Es muy triste Mi último día en La Habana, un trabajo de mi muy admirada amiga escritora Ileana Fuentes que apareció recientemente en CubaNet. En ese fragmento de su libro, aun inédito, Retrato de Wendy: memorias, Ileana rememora, de un modo dolorosamente acucioso, el día que se fue de Cuba en 1961, cuando apenas tenía trece años.

Ella y otros varios miles de niños cubanos fueron enviados a los Estados Unidos por sus padres durante la llamada Operación Peter Pan (entre 1961 y 1962) para librarlos del comunismo. Los enviaron solos esperando poder reunirse con ellos en un futuro que no sabían cuanto podía demorar.

No hay dudas de que las historias de los niños de la Operación Peter Pan son de las más desgarradoras  del muy largo y doloroso exilio cubano. Pero en mayor o menor medida, todos los que se han ido de Cuba, impelidos por la tiranía,  en busca de libertad y bienestar, tienen historias tristes que contar. Ya lo dijo el poeta Raúl Rivero: “Irse es un desastre”.

El dolor de separarse de su tierra y de su gente siempre ha sido agravado  por el modo  en que son tratados por los funcionarios de Inmigración y Extranjería y la Aduana. Se comportan como carceleros  que te abren con roña la puerta de la celda el día que terminas de cumplir tu condena.

Ileana Fuentes aún recuerda con pesar el interrogatorio a que fue sometida en el aeropuerto por una miliciana zafia que, lejos de apiadarse de una niña, la presionó, la humilló y, no conforme con eso, le quitó, pese a sus súplicas, los libros de piano que llevaba en la maleta.

Es como si esos funcionarios del régimen que cuidan las puertas del reino castrista disfutaran machucándote tus sentimientos, sometiéndote a un castigo adicional al despojarte de tus recuerdos, que pueden ser prendas, fotos, libros, cartas, etc.

A un muy querido amigo mío, cuando se fue de Cuba en 1990,  en el aeropuerto le quitaron un poster que yo había descolgado de una pared de mi sala para regalárselo el día que nos despedimos. Se trataba del cartel que hizo el Consejo Nacional de Cultura para anunciar los conciertos de Joan Manuel Serrat, la primera vez que el cantautor español visitó Cuba, en mayo de 1973. Parece que a los aduaneros les parecieron desafiantes y peligrosos los versos de Antonio Machado escritos en letras amarillas sobre fondo negro: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

Durante décadas, y hasta la modificación de las leyes migratorias en el año 2013,  cuando uno se iba del país se lo quitaban todo. Solo te dejaban llevar unas pocas libras de pertenencias personales. Y repito,  con cualquier pretexto o sin explicación alguna, te despojaban de lo que pudiera tener un valor sentimental.

El Estado se quedaba con tu casa. Si era propia, tenías que volverla a pagar. También se quedaban con todo lo que hubiese dentro de la casa. Después de hacer el inventario, todo pasaba a ser propiedad del Estado. Antes de sellar la casa, volvían a revisar lo inventariado. Si faltaba algo, no te dejaban salir del país.

En los primeros años del régimen castrista, cuando la mayoría de los que se iban eran personas adineradas, el Estado se apropió de mansiones que contenían objetos valiosos, joyas y obras de arte. Todo era confiscado por el llamado Departamento de Recuperación de Bienes Malversados. Pero, a medida que pasó el tiempo y el país se fue empobreciendo, cada vez fue más magro el botín obtenido a costa de los que se iban. En muchos casos covachas a punto de derrumbarse, muebles desvencijados, colchones agujereados, ollas abolladas y tiznadas, lavadoras, radios y televisores rusos averiados.

Los que se iban, para poder dejar a familiares o amigos alguna de sus pertenencias, o para venderlas antes de que hicieran el inventario, tenían que sacar subrepticiamente las cosas de la casa en la oscuridad de la noche y con la complicidad de los vecinos, eludiendo la vigilancia de los chivatos de los CDR. Lo que sacaban lo sustituían por tarecos y cacharros inservibles.

Luego que sellaban la casa, te quitaban, además de los carnets de identidad, la libreta de abastecimiento. Así que usted y su familia, durante los días que le faltaban para irse de Cuba, se quedaban en la calle y sin comida, a merced de quien quisiera ayudarlos.

Todo eso lo hacían con los que se iban de manera legal. Los que se fueron por Mariel, en 1980, lo hicieron solo con la ropa que llevaban puesta tras haber sido vejados y apedreados por las turbas que azuzó el régimen contra ellos. En ocasiones, la ignominia llegó a alcanzar una ridiculez inaudita. Y todavía los castristas se quejan de lo “resentidos” que son algunos exiliados.

 

Origen:Cubanet