FUEGO.jpg

El 13 de noviembre de 1979, un grupo entrenado en el Líbano mató a diez cuadras del Obelisco al empresario Francisco Soldati, ligado a Martínez de Hoz.

También murieron su chofer y tres guerrilleros que participaron de la operación, cuando una bomba les explotó en la camioneta. Después del ataque, dos montoneros que permanecieron heridos fueron secuestrados por las fuerzas de seguridad y aún permanecen desaparecidos
Marcelo Larraquy

El último atentado de la Contraofensiva militar de Montoneros se produjo el 13 de noviembre de 1979 e intentó reparar todos los errores de las dos operaciones anteriores, contra Guillermo Walter Klein, secretario de Coordinación y Programación Económica, al que se le redujo su casa a escombros y sobrevivió junto a su familia, y a Juan Alemann, al que se atacó con ametralladoras y una granada antitanque, y a las dos horas estaba en su despacho de la Secretaría de Hacienda. El último atentado se produjo seis días después que el de Alemann, en plena mañana. No se ejecutó en una calle de barrio sino en pleno centro de Buenos Aires, sobre la Avenida 9 de Julio, a diez cuadras del Obelisco.

El blanco elegido fue un componente de uno de los grupos económicos que apoyaba la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz, el empresario Francisco Soldati, que hasta hacía cinco meses había sido presidente de la compañía de electricidad Ítalo Argentina.

Soldati era hijo de un emprendedor suizo, dueño de un holding, ligado a Martínez de Hoz. Soldati, como Martínez de Hoz, era miembro del Consejo Empresario Argentino (CEA) y formaba parte de “la patria contratista”, empresarios acusados por Montoneros de provocar el vaciamiento del Estado.

El hijo de Soldati, Francisco, era director del Banco Central.

La operación fue conducida por el teniente primero “Chacho”. Era el jefe del grupo TEI (Tropas Especiales de Infantería) número 3. Un tipo joven, no superaba los 30 años, pero con mucha experiencia militar. Había sido trabajador del gremio del Estado y asumió como propia la resistencia contra la dictadura. Mientras la sociedad se tapaba los ojos para no ver el horror, él lo enfrentaba con las armas. Se sentía protagonista de esa lucha. Había integrado el Grupo Especial de Combate del Ejército Montonero entre 1976 y 1977, después se entrenó en España y Francia, lanzó los cohetes RPG7 contra el edificio del Comando en Jefe del Ejército y la ESMA durante el Mundial ‘78 y luego instruyó a las tropas del Grupo 3 en Siria.

Con los integrantes del auto de apoyo, un Peugeot 504 gris que debía obstaculizar el vehículo de Soldati cuando cruzara la Avenida 9 de Julio, el pelotón montonero estaba integrado por doce combatientes.

Soldati ya había sido chequeado. Vivía en Cerrito 1364, todas las mañanas se dirigía a su oficina en la Sociedad Comercial Del Plata, a pocas cuadras de su edificio, en el Bajo. Viajaba en el asiento trasero derecho de un Torino, con un policía que actuaba de chofer.

El atentado

El 13 de noviembre, a las diez y cuarenta, el Torino iba por la calle Arenales y atravesaba la Avenida 9 de Julio. El Peugeot 504 lo obligó a reducir la velocidad. Una camioneta pick up Ford, también de color gris, que lo esperaba en la avenida, aprovechó la momentánea detención para embestirlo sobre el costado izquierdo (La camioneta era legal. Un miembro de grupo TEI la había comprado poco antes en una concesionaria de Floresta. Falsa era la identidad del comprador).

El impacto neutralizó al Torino y tres combatientes con fusiles AK47, ametralladoras Uzi y vestidos con uniforme montonero bajaron de la caja trasera de la camioneta; dos de ellos se desplazaron hacia la parte delantera del Torino y otro lo hizo sobre la puerta trasera derecha. Este último, el jefe de la operación, tenía la misión de ultimar a Soldati. Pero una vez que inició una serie de disparos y se dio vuelta para retirarse, de golpe, como si se hubiese arrepentido de lo hecho o como si no estuviese del todo seguro de haberlo hecho bien, regresó, se detuvo otra vez frente al auto y descargó otra ráfaga, la última. La puerta se abrió y la mano del empresario siguió aferrada al apoyabrazo.

Klein y Alemann se habían salvado. El jefe de la operación no quería que ocurriera lo mismo con Soldati y no ocurrió.

Pero a diferencia de los grupos TEI 1 y 2, que no cumplieron con los objetivos de sus operaciones pero preservaron sus vidas, lo que sucedió con el tercer pelotón tuvo consecuencias peores.

La planificación del atentado preveía el uso de una bomba de retardo, programada a un tiempo máximo de veinte minutos, para ser colocada debajo del Torino. Si esta vez a Martínez de Hoz o a cualquier miembro del equipo económico o autoridad presidencial se le ocurría presentarse en el lugar del hecho, la deflagración actuaría contra ellos con un efecto devastador. Volaría todo lo que estuviera alrededor, incluso los policías.

La responsable de esa misión era “Irene” o “La Negra”. Había sido una de las más ágiles en la instrucción militar en el campamento montonero instalado en el sur del Líbano; tenía casi el mismo nivel de los guerrilleros del Chad, que tiraban una soga y saltaban una pared en cuestión de segundos. También había tomado cursos de medicina y sanidad en un hospital de Beirut. Lo sorpresivo, lo que nunca nadie del pelotón hubiera imaginado, fue que Irene trastabillara al descender de la camioneta y la bomba explotara cuando la llevaba en sus manos en dirección al Torino.

La explosión prematura hizo volar toda la estructura trasera de la camioneta. Granadas, armas largas y de puño, proyectiles y clavos “miguelitos” quedaron esparcidos en un radio de cincuenta metros. También los panfletos: “A Martínez de Hoz y sus personeros los revientan los Montoneros”.

La onda expansiva de la bomba también impactó sobre el vehículo de Soldati y su chofer Ricardo Durán, que ya estaban muertos, y lo envolvió en una llamarada de más de diez metros de altura, una visión espectral que conmovió a los conductores y peatones que circulaban por la zona.

También conmovió al pelotón. Los tres montoneros que habían cumplido con la misión de aniquilar a Soldati quedaron aturdidos y desconcertados. Aturdidos a tal punto que Chacho perdió la audición de un oído. Tan desconcertados que ninguno de los tres recordaba dónde estaba el Peugeot 504 gris, que era uno de los vehículos de la retirada.

La fuga

En medio del desastre, primero corrieron hacia el oeste, en dirección a la calle Cerrito, que corre paralela a la 9 de Julio, pero luego retomaron hacia el norte, hacia la playa de estacionamiento que ocupaba un sector de la avenida.

Cuando un Peugeot 404 color ladrillo, conducido por una mujer que todavía tenía el ticket en la mano y se disponía a iniciar la maniobra de estacionamiento, apareció a la vista del grupo, se abalanzaron sobre él, hicieron descender a la conductora en forma vehemente, tirándole del pelo, con tanta desgracia que les quedó una peluca rubia en sus manos.

El Peugeot 404, que tenía poca nafta y muchos problemas de carburación, tomó por Arenales y luego giró hacia el norte, para perderse por la avenida Libertador. Chacho se fue sacando la piel de la cara que había quedado quemada para que no se advirtiera que había participado del atentado.

(El Peugeot 404 color ladrillo, robado en el estacionamiento, fue dejado en doble mano en la intersección de la calle French y pasaje Bollini, en Barrio Norte, luego de poco menos de diez minutos de trayecto. Se quedó sin nafta. El Peugeot 504 gris que se utilizó como apoyo a la operación y también había sido comprado en forma legal, fue abandonado por una pareja de combatientes poco más de media hora más tarde en el barrio de La Paternal, con granadas, armas y panfletos contra Martínez de Hoz).

Para entonces, casi simultáneamente a la fuga de los tres miembros del pelotón, distintos componentes de las fuerzas de seguridad se agruparon en torno a la camioneta. Eran muchos: un policía que custodiaba la embajada de Francia; un patrullero que circulaba por la zona; algunos oficiales de la Marina que se encontraban en la oficina privada del almirante Emilio Massera sobre la calle Cerrito; más otros militares que vigilaban el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ubicado a cien metros del teatro de operaciones (En la inteligencia previa no había conocimiento de este inmueble).

Por la explosión de la bomba, el resto del pelotón montonero había quedado devastado y casi sin reacción para responder los disparos.

Los muertos

El chofer de la camioneta pick up, “Patrón”, Horacio Firelli, de 28 años, hijo de un ganadero, que había desertado del servicio militar obligatorio para alistarse en el Ejército Montonero y había integrado uno de los pelotones en las acciones del Mundial ‘78, recibió varios disparos y murió con su frente en el volante y una Uzi en la mano.

A su derecha, tendido sobre la avenida 9 de Julio, se veía el cuerpo de “Esteban”, Remigio Elpidio González, de 28, oriundo de Loreto, provincia de Corrientes y docente en Misiones. Había sido detenido durante la dictadura y recuperó la libertad por el beneficio de la opción luego de veintitrés meses de cárcel. Se fue a Noruega. En mayo de 1979, mediante una postal, le anunció a su familia que durante varios meses no tendrían noticias suyas.

Irene quedó atrapada entre los fierros de la cabina y la caja trasera de la camioneta. Los análisis científicos demoraron mucho tiempo en acreditar su identidad. Se llamaba Graciela Rivero. Era pareja de uno de los tres que habían escapado.

Los dos desaparecidos

Otros dos miembros del pelotón, “Lalo”, Luis Alberto Lera, de 23, y “Alejandra”, Patricia Susana Ronco, de 27, que habían quedado muy aturdidos por la explosión, lograron arrastrarse unos metros hasta la plazoleta que da sobre la calle Carlos Pellegrini. Aun cuando fueron alcanzados por las balas de las fuerzas de seguridad, siguieron disparando. Pero no por mucho tiempo: los atraparon con vida.

La información oficial sobre el atentado a Soldati no dio cuenta de la existencia de ellos. Tampoco los diarios. Nadie habló de heridos. Sólo de cinco muertos: Soldati, su custodio Durán y tres montoneros.

Lo mismo sucedió en la instrucción de la causa, a cargo del juez Ramón Montoya.

Se establecieron cinco cadáveres y el informe pericial del médico legista sobre cada uno de ellos. Aunque en la inspección ocular del ayudante Jorge Enrique Solano sobre el atentado, asentado en las fojas 343 y 344 del expediente, se narra que “a raíz de un tiroteo con fuerzas de seguridad fueron abatidas tres personas, dos del sexo masculino, y resultaron con heridas de distinta consideración otras dos de diferente sexo”.

Eran Lalo y Alejandra.

Fueron trasladados al hospital policial Bartolomé Churruca para su recuperación. Ninguno de ellos fue convocado a declarar por el juez Montoya. A excepción de la mención citada, no hay constancia de ellos en la causa judicial. Ambos figuran en las listas de denuncias de desaparecidos el 13 de noviembre.

Pero en el caso de Alejandra, a través de un documento de inteligencia entregado posteriormente a la justicia, se supo que estuvo detenida. Sus secuestradores la interrogaron para que tomara contacto con su pareja, Chacho, jefe del grupo y uno de los que escapó tras la explosión, para hacerlo caer. Ella dijo que no podía reengancharse con él a través de la Organización, estando en la Argentina, porque, cuando se enterara de que había sobrevivido, no le creería que se hubiese librado de los militares.

En busca de una oportunidad para escapar, Alejandra pidió que la llevaran a Brasil.

Pese a que el objetivo inicial había sido cumplido, la operación contra Soldati significó un precio demasiado alto para Montoneros. Fueron las únicas caídas de los grupos TEI. Raúl Yager, responsable de todos los pelotones, las atribuyó a las deficiencias de la preparación militar en Beirut.

Yager había observado la operación desde la ventana del hotel Embajador, donde se había alojado. Con el desastre a menos de treinta metros de su vista, comentó: “Los cursos Pitman no van…”.

Academias Pitman es un instituto de aprendizaje intensivo.

Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA)

INFOBAE