Florentino y el diablo - Alberto Arvelo Torrealba

No tengo claras las causas de por qué el novelista Rómulo Gallegos y el poeta, Alberto Arvelo Torrealba, eligieron a Barinas como escenario del duelo entre “Florentino y el Diablo” que cuentan, el primero, en su mejor novela y el segundo, en su mejor poema.  
Pero ya de antaño, quizá de los primeros tiempos de la Colonia, debió nacer en tierras barinesas y de inspiración mora, india e hispana, la leyenda, según la cual, un cantor y el mismísimo Satanás se baten en un duelo coplero para decidir cuál de los dos es el que reina sobre el resto de músicos, cantores y poetas que vagan y divagan por selvas, rios y llanos.
El perdedor deberá entregar su alma al Dios cristiano o al Averno y Florentino la salva por la ayuda de la Santa Madre Iglesia Católica y las Tres Divinas Personas.
La segunda aparición de Barinas en la historia no es ya en una leyenda sino en la realidad, en la ferocísima batalla de Santa Inés, librada el 10 de diciembre de 1859, donde el general Ezequiel Zamora, al frente del Ejército liberal, derrota al Ejército conservador que encabeza el general, León de Febres Cordero y comienzan 40 años de historia, los de la Oligarquía Liberal Amarilla, que desguazan las pocas instituciones, la poca política y la poca economía que nos había dejado la guerra de Independencia, al extremo de merecer una invasión casi extranjera, la andina, a finales del siglo XIX, para volver a reconstituir la República, y después de 92 años, el 4 de febrero de 1992, volver a oir que los barineses estaban “ab portas”.
Esta vez no fue en una novela como aquella que Gallegos llamó “Cantaclaro”, ni en el romance “Florentino y El Diablo” de Arvelo Torrealba, ni en noticias de una batalla como la de Santa Inés, sino en el aldabonazo de una intentona de golpe de estado, anacrónica, desordenada e írrita, afortunadamente fracasada y que dejó en pie al gobierno democrático, constitucional y civil de Carlos Andrés Pérez.
Pero con un detalle, con una minucia, que pasó desapercibida para el 100 de los venezolanos: la dirigía un barinés, de nombre Hugo Chávez Frías, teniente coronel, nacido en Sabaneta y que hasta ese momento no se había distinguido por nada, salvo por el coraje de encabezar una rebelión ilegítima contra un gobierno legítimo y con el propósito de llevar el país a un rumbo que seguramente no tenía claro en ese momento ni el mismo.
¿Florentino, el Diablo? Imposible remontarse hasta Gallegos o Arvelo Torrealba, porque Chávez lo que venía era hablando de Pedro Pérez Delgado, alias “Maisanta”, un guerrillero que se había alzado en Barinas contra Gómez y del cual decía era su abuelo, y del general Zamora, el de la batalla de Santa Inés, cuyos ideales habían sido traicionados y debían ser recogidos para darle justicia, democracia real y libertad protágonica al pueblo.
En otras palabras que, se había alzado un caudillo contra la modernidad, contra los 90 años de dictaduras, gobiernos transicionales y ¡al fin! de gobiernos democráticos que habían imperado en los últimos 40 años y que debían ser defendidos contra todo discurso populista, socialistoide y estatólatra.
Pero no, ganó El Diablo, ha reinado durante los últimos 22 años y su principal víctima ha sido este estado Barinas, entregado como herencia a su familia, el clan Chávez (murió de cáncer el 5 de marzo del 2013),  al cual el padre y dos hermanos, al frente de la gobernación, han convertido en una satrapía donde agua, luz, energia, propiedad, libertad, fueron convertidos en activos familiares.
Sobraba también la represión, la corrupción, el acoso, la persecución, la muerte y la ruina para cualquiera que se atreviera a denunciar y protestar sobre cómo uno de los estados más ricos y productivos de la zona llanera del país había rodado hacía un abismo irreconocible.
Los exdiputados oficialistas, Wilmer Azuaje y Julio César Reyes, habrían de conocer lo que significa enfrentar el chavismo barinés y narran como en su tierra la constitucionalidad y la legalidad es letra muerta si un ciudadano se enfrenta a la familia del también llamado “Comandante Eterno”.
Pero hacendados, comerciantes, profesionales, trabajadores de los más distintos ramos, conocen a través de la ruina y el acoso esta pandilla medioeval que por no entregarles un bien a bajo costo o regalado fueron con sus huesos a la cárcel o tuvieron que escapar por selvas o ríos.
Y así Barinas fue escapándose de las preocupaciones políticas nacionales, de las espectativas que la constituían en un ente vivo y codificable hasta que la mañana del 22 de noviembre pasado, el Rector del CNE, Roberto Picón, anunció al país que aún se esperaban los resultados totales de Barinas y que era el cuarto ente donde pudo ganar la oposición.
Y ganó, ganó estrechamente pero ganó, aunque el gobierno no lo admitió y anuló las elecciones y las aplazó para el 9 de enero, donde la oposición volvió a ganar, pero esta vez con un nuevo candidato, Sergio Garrido y una mayoría de votos de 10 puntos.
De modo que, otra vez “Florentino y El Diablo” están frente a frente en su contrapunteo de la historia venezolana, con analistas, historiadores y comunicadores con sus apuestas de hacia donde se irá el país en un contexto que ni nacional ni internacional tiene que ver con el de otras oportunidades.
En lo personal pienso -y después de leer el brillante artículo de Luis Manuel Aguana: “La verdadera victoria del régimen en Barinas”-, que lo más racional que surge de las posiciones encontradas entre Maduro y Cabello sobre Barinas es que una fractura sin posibilidad de arreglo ha irrumpido entre los dos factores fundamentales que vertebran la dictadura y que en cualquier momento puede producirse una ruptura  de un lado u otro.
En cuanto a la oposición, la raja también es abierta y nuevas voces y caras aparecerán en las calles en las próximas semanas o meses.
La reaparición de “Florentino y El Diablo” anuncia la irrupción de un nuevo ciclo político y para descubrir sus claves se requieren  nuevos analistas, encuestadores, consultores y comunicadores.

Manuel Malaver