Ecos de los setenta

Por José Luis Milia (*)

Creo que hoy, aún entre aquellos que en su momento lo apoyaron, son pocos los que dudan que el golpe del 24 de marzo fue un error garrafal de la conducci¢n de las Fuerzas Armadas.

En 1973 luego de que Perón, al ser consciente de la traición de Cámpora, pidiera la cabeza de éste, él y su mujer son elegidos para el período que terminaría el 25 de mayo de 1977. Es decir que entre el 24 de marzo de 1976 y el fin del período presidencial había, aproximadamente, catorce meses.

Es cierto que no intentar restaurar un orden que se había deteriorado de manera casi absoluta era demasiado temerario, ya que la subversión seguía en una posición de fuerza que obligaba a definiciones apresuradas.

Era un riesgo muy grande sostener a un gobierno débil -luego de la muerte de Perón- que se debatía entre las apetencias sindicales y empresarias y el corset de hierro del peronismo político, a lo que se sumaba el aumento de la actividad guerrillera que a la fecha contaba con, aproximadamente, 7.100 combatientes entre Montoneros, 6.000, y estimados 1.100 del ERP. Combatientes a los que había que sumarles otros 35.000 individuos de apoyo, logístico y sanitario, y activistas de organizaciones de superficie.

MUY DIFERENTE

Con este panorama, si el golpe del 24 de marzo no se hubiera realizado hubiera obligado a los políticos a tomar actitudes enérgicas o a desaparecer de la escena nacional, a la sociedad argentina a tomar parte activa, más allá de sus pedidos cotidianos de patíbulos para los subversivos, en los problemas derivados de la actividad guerrillera y, como correlato de esto, se hubiera producido a lo largo del país la guerra civil peronista que habría posibilitado preservar a las Fuerzas Armadas de determinadas situaciones imposibles de soslayar en una guerra sucia. Estas acciones que el golpe de marzo impidió, sobre todo la guerra civil peronista, hubieran dejado a la Argentina en una situación muy diferente de la que hoy se vive.

La guerra civil peronista que por falta de percepción impidieron los comandantes al levantarse contra Isabel, no era algo nuevo ni desconocido. Empezó a gestarse con el fracaso de la Revolución Libertadora y, aunque sus causas son variadas, quizás la más importante en sus comienzos haya sido la ambigüedad con que Per¢n se manejó. Ambigüedad que hizo que los dirigentes que quedaban en el país buscaran hacerse depositarios de la «ortodoxia» y por ende del favor del «Viejo, generando entre ellos rispideces que, lenta pero inexorablemente, irían creciendo en violencia. A esto debemos agregar las tácticas pendulares de Perón que, una vez en el exilio, incorporó a la izquierda en sus oscilaciones.

Sería estúpido creer que la entrada de grupos de izquierda en el peronismo fue obra de estudiadas estrategias «entristas» de estos grupos; nada más lejos de la verdad. Esos grupos entraron en el peronismo de la mano de Perón. Ya en 1964, en una carta a Delia Degliuomini de Parodi, Perón expresaba que: «si los militares persisten en su actitud no tendremos, aún contra nuestra voluntad, más remedio que recurrir a los que nos están ofreciendo ayuda desde hace tanto tiempo (…) por esa razón, no hay que ocuparse demasiado de combatir el comunismo». La posterior correspondencia que mantiene Perón con FAR Montoneros nos da una exacta medida de qué pretendía Perón cuando les dice en su carta a la conducción de Montoneros: «Totalmente de acuerdo en cuanto afirman sobre la guerra revolucionaria». Carta en la que incluso se muestra de acuerdo con el asesinato de Aramburu.

Ratificando esta posici¢n, pocos d¡as despu‚s, en su mensaje a la juventud declara: «Tenemos una juventud maravillosa que todos los días está  dando muestras inequívocas de su capacidad y grandeza«. En verdad, el General sí que sabía sobarle el lomo a quienes necesitaba mientras mantenía estrechas relaciones con aquellos a los que la Tendencia Revolucionaria y la JP detestaban.

DEGOLLADERO

El cinismo, pero también la inteligencia, de Perón hicieron el resto, y las jefaturas de las organizaciones peronistas radicalizadas se comieron el verso del general, no así el ERP, para quien Perón era un burgués contrarrevolucionario.

Lo que eran ataques esporádicos de la izquierda peronista a la «burocracia sindical» de la CGT quedaron en evidencia el día de la vuelta del «Viejo» a la Patria.

Llegado en olor de multitudes, la fiesta terminó en una de las peores tragedias del peronismo cuando las «orgas» de la derecha peronista, todas bajo el mando de un íntimo de Per¢n, el coronel Osinde, se enfrentaron con FAR y Montoneros y armaron un degolladero de proporciones admirables.

Pocos son los que habiendo estado allí quieren hablar y tampoco son muchos quienes han visto la película que filmó el servicio de inteligencia de la FAA. Incluso es probable que haya sido destruido. Los cadáveres despatarrados o colgados de los árboles de Ezeiza eran demasiados como para que se celebrase como un triunfo la vuelta del viejo coronel.

Es probable que haya sido en esos momentos cuando, además de no hablar nunca más de socialismo nacional ni de jóvenes maravillosos, a Perón se le ocurrió retomar la idea del Somatén, ya que, según cuenta Gloria Bidegain, Perón, en una reunión con su padre, Oscar Bidegain, en Madrid, meses antes de su vuelta, le dijo a éste: «Lo que Argentina necesita es un somatén».

Esto muestra que la idea de una «orga» paramilitar que le parara los pies a la guerrilla estaba en la mente de Perón mucho antes de su regreso ya que él entendía que luego del asesinato del Juez Jorge Quiroga y el extrañamiento de los integrantes de la Cámara Federal que lo secundaban no podía contar con que la justicia argentina tomara cartas en el tema guerrilla.

Además, como estudioso en profundidad de los conflictos bélicos, sabía que en una guerra contra el terrorismo, siendo el terror el arma a utilizar, prevalecía quien la usaba mejor. Y era consciente de que en este tipo de guerra era menester la eliminación física no solo de los combatientes sino de aquellos que cumplían funciones auxiliares -logísticas, sanidad, reclutamiento, etc.- o políticas en las organizaciones paralelas de los grupos guerrilleros y que era necesario el uso de la tortura para obtener información rápida de las actividades subversivas.

Perón imaginaba un somatén, pero entendía que estas actividades no debían estar en manos de los militares, salvo en circunstancias excepcionales, sino en manos de una organización armada paraestatal.

Que los obsecuentes de siempre, para salvar la figura de Perón, quieran hacernos creer que el Somatén argentino, la AAA (Alianza Anticomunista Argentina), fue un invento de L¢pez Rega es un insulto a la inteligencia. Creer que un cabo de policía con un disminuido coeficiente intelectual haya sido capaz de dar los lineamientos de una agrupación terrorista que hizo, desde 1973 a fines de 1975, un trabajo más que «aceptable», consiguiendo información, eliminando o haciendo exiliarse a muchos simpatizantes o integrantes de las organizaciones de superficie de Montoneros y el ERP, no es otra cosa que una fábula destinada a salvar a Perón.

Obviamente, para sostener esto hay que cerrar el cerebro y olvidarse de Cipriano Reyes o de como trató a los obreros gráficos en 1948 o a los ferroviarios en huelga en 1950.

A partir de los enfrentamientos de Ezeiza y, especialmente, luego del asesinato de José Ignacio Rucci, las operaciones entre la derecha peronista y las «orgas» subversivas se fue aproximando a una creciente guerra civil abundante en emboscadas, bombas, torturas y asesinatos. El mismo Perón se encargó de soltarle el freno a la AAA, cuando a principios de octubre firmó la orden reservada del Consejo Superior Peronista donde movilizaba a «todos sus elementos humanos y materiales para afrontar esta guerra». Y para que no quedaran dudas, en el punto 9 de la misma, referido a los medios de lucha, decía: «Se utilizarán todos los que se consideren eficientes, en cada lugar y oportunidad. La necesidad de los medios que se propongan, será apreciada por los dirigentes de cada distrito».

Este «llamado a las armas» quedaría refrendado en diciembre cuando en declaraciones al diario La Opinión dijo Perón: «Sobre la violencia yo tengo mi criterio formado (…) Nosotros estamos creando los anticuerpos, porque es la mejor manera de combatirlos y terminar con ese tipo de delincuencia».

Conceptos que ratificó en enero de 1974 luego del asalto del ERP a los cuarteles de Azul, por cadena nacional cuando de manera expresa dijo: «El aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos los que anhelamos una Patria justa, libre y soberana».

Hacia mediados de julio de 1975, habiendo renunciado López Rega, la AAA fue disuelta. En el año y diez meses que actuó, la AAA eliminó a unas 1.100 personas. Se dice que los integrantes de la AAA una vez disueltas estas pasaron a depender de la UOM. Otros alegan que fueron disueltas porque las agrupaciones que la componían habían tomado un sesgo independiente. De cualquier manera, las acciones contra las agrupaciones de superficie de la guerrilla siguieron hasta el 24 de marzo de 1976.

Solo la falta de imaginación de los comandantes alzados contra Isabel Perón hizo que las «orgas» que componían la AAA fueran desarticuladas y no utilizadas en la guerra antisubversiva. Por necedad o soberbia de los comandantes, al arrogarse el uso de la violencia, la Nación perdió la oportunidad de ser testigo de la guerra civil peronista y que el remanente de ésta, de derecha o izquierda, cargara con los errores que toda guerra sucia conlleva.

Origen: laprensa.com.ar