Teherán sabe blindar a sus jefaturas. Eso alivia a Buenos Aires, también a Caracas, Cuba, Managua.

El gobierno argentino no quiere que Interpol detenga a Mohsen Rezai, el ensangrentado jerarca iraní que viaja por el mundo como si no hubiera ideado el ataque a la AMIA.

Sería incómodo y peligroso para algunos referentes claves del oficialismo. Existiría la probabilidad de que exhumara la profundidad de los lazos que han unido a Teherán con Cristina Kirchner, la vicepresidenta, o que narrara endemoniados detalles de la tremenda muerte de Alberto Nisman.

¿O la teocracia persa lo ignora todo al respecto?

La irreverencia de pensar que uno de los ideólogos del atentado a la AMIA se deslenguara eriza la piel reptiloide de la cueva de adherentes locales a los Ayatolas y a su oscurantismo.

Ante la posibilidad de que Rezai estuviera en Moscú, se ha solicitado a Interpol su captura. Los rusos indican que no registran en sus planillas la visita del terrorista iraní.

Nadie sabe en rigor si está o estuvo ahora en Moscú.

Todo se asemeja a una burda sobreactuación argentina.

¿La Cancillería está jugando con la opinión pública? ¿O se trata simplemente de ineptitud apabullante? Todo es un nuevo papelón

Por lo demás, el neo zarismo imperante en Rusia maneja a Interpol en su territorio.

Como sea, Rezai no sería capturado.

Teherán sabe blindar a sus jefaturas.

Eso alivia a Buenos Aires, también a Caracas, Managua y a La Habana.

Alberto Fernández visitaría a Vladimir Putin a la brevedad, precisamente cuando arde la posibilidad de la invasión a Ucrania y en el apogeo de las tensiones -que resucitan la Guerra Fría- entre Washington y Moscú.

Apenas asumido Joe Biden calificó a Putin de “asesino” y, ahora, ambos tienen puestos los guantes de box, que incluyen poderío nuclear ante el despliegue de tropas rusas rodeando a Ucrania.

Es cierto que en el borde mismo de la eventual invasión, Washington y Moscú prueban un último round de estudio a través del diálogo. Pero eso no invalida la confrontación económica, geopolítica e ideológica que sostienen.

También visitaría Fernandez al férreo líder chino Xi Jinping, muy próximo ahora a Putin. En todo caso, no son las visitas en sí mismas lo reprochable; un jefe de Estado amparado en la Real Politik puede y quizás deba reunirse con Dios -aunque Dios no existe en el campo político- y con el Diablo. Lo radicalmente inoportuno es la coyuntura elegida para realizarlas, en el ojo de la tormenta amable pero no por eso menos peligrosa que se sostiene con el FMI.

La mala política es paralela al cultivo de la inoportunidad.

La invariable vocación por el error de Alberto Fernández y la destreza para cometerlo en el peor momento es tan reiterada como precisamente equívoca. Concretaría la vista precisamente cuando más necesita del pulgar en alto de Biden para sellar el acuerdo con el FMI.

El inexistente sentido de la oportunidad del gobierno se manifiesta desde luego en todos los planos.

Para complicar el panorama las puertas de la cárcel se le abrieron para salir de la misma a Facundo Jones Huala, antidemócrata y enemigo del Estado argentino y del chileno también.

Aquí, donde millones sufren la crisis que se acentúa, tuvo Fernández el arco libre para ganar puntos ante la opinión pública y desplazar a Luana Volnovich y a su pareja del PAMI, tras el impúdico viaje caribeño.

Varios de sus cercanos y consejeros lo presionaron para ello.

“Es ahora o nunca”, le susurraban y también se lo reiteraban en voz alta No lo hizo.

Todo sigue igual.

Otra vez Cristina Fernández y la Cámpora le marcaron el rumbo.

Acá no pasó nada.

Cuando faltan tantas cosas para tantos, el capitán del equipo de los esclavos políticos vicepresidenciales Oscar Parrilli acaba de presentar un proyecto para el retorno del fútbol para todos.

Sin palabras.

Y sobre todo, sin ideas.

Truman Capote escribía en “Música para Camaleones” que cuando Dios le otorga a uno un gran talento, también le entrega un látigo para flagelarse.

Y agregó: “la diferencia entre un buen escritor y un verdadero artista es sutil, pero salvaje, y es entonces cuando el artista usa el látigo contra sí mismo”.

Se flagela por no ser perfecto, porque el que es realmente grande, sufre por desear y por no poder clavar bandera nunca en la cima deseada.

La genialidad es buscar y jamás descansar en el conformismo y la mediocridad.

A varios de los burócratas que están en el poder configurando ese nutrido team de implacables ineficientes, tan arrogantes además, les cabe el razonamiento exactamente inverso.

La diferencia entre un funcionario correcto y un verdadero inepto es que cuando el burócrata vacío toca fondo, no solo no se flagela a sí mismo sino que castiga con su látigo alimentado por desatinos a todo el resto, inaugurando un modelo contemporáneo y paradójico de esclavitud.

Los amos son los subordinados.

Como Parrilli a su jefa.

Por: Miguel Wiñazki

Fuente: Clarin