Máximo (o Cristina, para el caso es lo mismo) se opuso al acuerdo con el FMI con la tranquilidad de saber que el resto de la política lo iba a aprobar y evitar el default. Así cualquiera se hace el guapo.

Antes que nada, y siempre en tren de aportar un granito de arena, creo que es un buen momento para ir a buscar el Plan Plurianual que el “presidente” prometió presentar en diciembre, juntarlo con la Mesa del Hambre, sumarle la Comisión Beraldi (la que iba a transformar la justicia en algo genial) y tirar todo junto a la basura así podemos ir haciendo lugar para los nuevos entretenimientos que el gobierno nos promete como agenda para el año.

No es necesario llamar a Marie Kondo para saber cuáles son los asuntos oficiales que podemos ir sacándonos de encima ni mucho menos adonde hay que ponerlos. En todo caso, por respeto a sus integrantes, lo de la Mesa del Hambre podría ir en bolsa verde. Todo lo demás va en bolsa negra, de una. La cuestión es hacer lugar, sobre todo ahora que el gobierno quiere instalar el temazo de la reelección de Alberto. Hermoso. Nos va a dar de comer todo el año.

Dicho esto no podemos dejar de felicitar una vez más a Cristina y a los súbditos del Instituto Patria por la gran performance que sigue realizando Vladimir Putin. La emoción que le debe provocar a nuestra Vicepresidenta el avance ruso sobre Ucrania seguramente actúa como un bálsamo frente a la chinche que le produce todo lo demás. De alguna manera, las alegrías que le da Putin compensan los disgustos que le da Alberto. Así es la vida.

Para aquellos que todavía no comprenden este fenómeno hay una primera lectura simple y básica: Cristina hincha por Putin porque se identifica con su vocación autoritaria, su proyecto hegemónico y su discurso antinorteamericano. Tres coincidencias que Cristina tiene con Putin y que alcanzarían para que el inolvidable Berugo Carámbula grite “Alcoyana Alcoyana”.

Sin embargo, hay razones más profundas para comprender la fascinación de nuestra demócrata de la Patria Grande con el de la gran potencia de Europa Oriental. Escribió el compañero David Brooks en el NYTimes: “Putin es un entrepreneur de la identidad. No invadió Ucrania por el territorio sino por el status, lo hizo para que el pueblo ruso sienta que pueden volver a ser una gran nación y que él no es menos que Pedro el Grande. La política identitaria de Putin es virulenta por su narcisismo. Los narcisistas como Putin parecen ser egoístas inflados pero en realidad son almas inseguras que intentan cubrir su fragilidad, hacen alarde de su poder pero suelen estar perseguidos por el miedo a su propia debilidad. Los narcisistas como Putin anhelan el reconocimiento, pero nunca les resulta suficiente, anhelan la seguridad psíquica pero actúan de forma autodestructiva, lo que garantiza que a menudo se sientan atacados”.

En otras palabras, si en este texto de Mr. Brooks reemplazamos el nombre de Putin por el de Cristina, podríamos gritar todos ¡Alcoyana Alcoyana!

Algo de todo esto pudimos ver en el episodio del Congreso. A ella no le molestó que atacaran el Palacio Legislativo, le molestó que atacaran su despacho. El episodio es repudiable y despreciable, obviamente, pero si el piedrazo caía en el marulo de Maria Eugenia Vidal o en el de Waldo Wolff, dudo que la Vicepresidenta hubiera producido el trailer que mandó a filmar. No hubiese sacado ni un tweet.

Párrafo aparte para la facilidad con la que en la Argentina se puede tirar un piedrazo al escritorio de la Vicepresidenta de la Nación. ¿Alguien se imagina que se pueda arrojar desde la calle un piedrazo que impacte en el despacho de Putin? ¿O de Biden? ¿O de Bolsonaro? ¿O de Boric? ¿O de Lacalle Pou? Acá si, acá se puede y ni siquiera te meten en cana. Vas, tirás un piedrazo y te volvés a tu casa lo más tranquilo a tomar la leche con los chicos.

Esto es en referencia a lo que pasó afuera del Congreso. Sobre lo ocurrido adentro hay dos aspectos que no serán muy graciosos pero merecen destacarse.

Primero: bastó que Máximo renunciara a la presidencia del bloque y que Cristina mantuviera silencio sobre el tema, o sea que ambos se corrieran un poquito, para que toda la clase política mayoritariamente se pusiera de acuerdo. Nunca tan evidente el hecho de que sin Máximo y sin Cristina, la política encuentra puentes. El miércoles a la noche se juntaron todos, se putearon un rato, se pusieron de acuerdo, el jueves lo aprobaron por abrumadora mayoría y chau. Buen ejemplo para entender de dónde viene la grieta.

Segundo: lo que hicieron Máximo y su tropa se parece bastante a lo que hicimos quienes votamos a Lilita para presidenta en las elecciones de 2007 (salió segunda con el 25% de los votos). La votamos con la tranquilidad de saber que perdía. Si hubiera tenido alguna chance de ganar no la hubiésemos votado ni locos. Lo que pasó con Máximo y La Cámpora es igual. Máximo (o Cristina, para el caso es lo mismo) se hizo el canchero y se opuso al acuerdo con el FMI con la tranquilidad de saber que el resto de la política lo iba a aprobar y evitar el default. Así cualquiera se hace el guapo. Esta es la parte de Cristina que no se parece a Putin. En el fondo, al kirchnerismo lo rascas un poquito y son comedia.

Podríamos seguir divirtiéndonos con la incapacidad de nuestros dirigentes de ser serios y asumir la responsabilidad de explicarle al pueblo la verdad sobre el déficit, la deuda, el FMI y toda la milonga, pero déjeme decirle amigo lector que hoy no tengo ánimo para eso. Permítame empezar otra vez esta nota.

Antes que nada, Rozín. Amigo y hermano de la vida. Me gustaría contarle, amigo lector, cuánto tuvo que ver Gerardo en muchas de estas notas publicadas a lo largo de tantos años. Y lo valioso que fue para mí el coaching de ideas que hacía con él y que me permitía comprender mejor algunos asuntos políticos que muchas veces son difíciles de abordar.

Un tipo brillante, amigazo, padrazo, gran productor de televisión y un capo para el humor. Como solía decirme aún en los peores momentos de su enfermedad: “comedia siempre”.

Nos conocimos adentro de un baño de Canal 9, esperando ambos que alguien entrara para aprovechar la apertura de la puerta y poder salir sin tocar el picaporte con la mano porque ninguno de los dos estaba dispuesto a hacerlo y no había un papel para agarrarlo. Ahí descubrimos que teníamos la misma obsesión por la limpieza y la fobia a tocar nada en un baño público.

Tiempo después, ya muy amigos, me pidió que si él se moría antes que yo, debía ocuparme de hacer su lápida con un texto que dijera “si podés pasale un trapo”.

Nos unió primero la televisión y luego vino todo los demás. Parejas, hijos, conflictos, política, todo era materia de consulta mutua y debate constante. Y el humor, siempre el humor.

Créame amigo lector que más de una vez usted se habrá reído de cosas que escribí yo pero pensó él. “Me debés un pulpo” me decía cuando leía en esta página un chiste o una idea que él me había sugerido. Y por supuesto el pulpo a la gallega o el bife en la Costanera, siempre llegaba porque la comida también era un tema.

El domingo pasado me pidió que le llevara milanesas y almorzamos en su casa. Nos despedimos sabiendo ambos que era la última vez. Cuando me iba me miró con los ojos vidriosos y me dijo “acordate, si podés pasale un trapo”. Comedia hasta el final.

Cierro con una frase que él siempre usaba: Gerardo Rozín, campeón del mundo mundial.

Alejandro Borensztein

Fuente: Clarin