Por Pedro Pablo Morejón

HAVANA TIMES – El fin de la dictadura en Cuba, desde sus mismos inicios estaba “a la vuelta de la esquina”. Los primeros exiliados eran de la opinión que Estados Unidos no permitiría, a noventa millas de sus costas, un satélite soviético en plena guerra fría.

Sin embargo, pasaban los meses y entre crisis, escaramuzas y otros escarceos, el castrismo se fue consolidando hasta que llegó la caída del campo socialista y la extinción de la Unión Soviética, que significó la pérdida de más del 80% del mercado para la economía cubana, iniciándose, en la década del 90 del pasado siglo, lo que se ha conocido por Período Especial, la mayor crisis económica de la historia nacional, provocando una situación de pobreza extrema y generalizada.

Para reforzar la situación el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley Helms-Burton, que constituía un apretón de tuercas en el entramado legal del embargo. ¿El objetivo? Profundizar el desastre socioeconómico del país, causado fundamentalmente por un modelo de economía estatal ineficiente, que el pueblo se desesperara y luchara por derrocar este gobierno. Sabemos que en política el fin justifica los medios.

Ahora los agoreros de la otra orilla profetizaban el fin de la dictadura comunista y una vez más fallaron. Recuerdo aquella hermosa canción de Willy Chirino titulada “Nuestro día ya viene llegando”.

Pues la economía fue oxigenándose gradualmente con una mayor inversión en la industria turística, la exportación de médicos, y apareció en el horizonte un nuevo proveedor: el chavismo de Venezuela.

Entonces los análisis empezaron a centrarse en una Cuba post Castro, la solución biológica, o sea, la muerte del caudillo que originaría una transición a la democracia. Se pensó que sería algo similar a lo acontecido en la España de Franco.

Una vez más, el tiempo demostró que estaban equivocados y hoy nos enfrentamos a una oligarquía militar heredera de Fidel Castro que tiene en Diaz Canel a su fiel administrador.

Hoy, como ayer, la mayoría de los cubanos, obligados a una guerra salvaje por la subsistencia, no dispone de recursos para pensar y luchar por realidades más sublimes como la libertad y la democracia.

No, la gente guarda las energías para alcanzar el pan cotidiano o encontrar la manera de escapar de esta isla maldita detenida en el tiempo.

El régimen lo sabe y por eso, más allá de su discurso victimista y demagógico, bloquea toda libertad que permita el desarrollo social y económico de la nación.  Para sostener sus privilegios de oligarcas precisan de la pobreza controlada.

No demasiada, pues esto ocasionaría explosiones sociales semejantes a la ocurrida el 5 de agosto de 1994, o la más reciente y multitudinaria del 11 de julio del pasado año.

Pero mientras puedan mantener al pueblo con un mínimo para la supervivencia no es de esperarse que este se lance a tomar las calles para exigir sus derechos. Esa, junto a las tácticas de propaganda y represión, ha sido la estrategia llevada a cabo desde 1959.

El 11 de julio, entre cientos de muertos diariamente a causa de la Covid 19, apagones brutales y una situación alimentaria al borde de la hambruna, los cubanos se vieron impelidos a protestar. No lo hicieron movidos por un repentino sentimiento patriótico, fue por desesperación.

Por eso el régimen tomó, amén de las represivas que todos conocen, una serie de medidas populistas encaminadas a apaciguar el descontento popular, como la flexibilización de la entrada de algunos artículos al país, la atención a barrios marginales y unas migajas de alimentos para un pueblo hambriento y falto de dignidad.

Después llegó la vacunación masiva y una leve mejoría que solo alcanza para mantener a los cubanos en una precariedad que han aprendido a soportar.

Y un solo palo no hace monte, ni siquiera cuatro. Y nadie desde el exterior nos traerá la libertad por la cual no hemos sido capaces de luchar. Creo, como siempre he dicho, que en Cuba habrá dictadura para rato.

Origen: Havana Times en Español