El difusor a gran escala del explosivo fue stalinista. Aquí los trotskistas reivindican la lucha contra el fondo. Un burócrata como presidente y la agresión al despacho de la vice.

Ese fuego flagrante, la bomba molotov, impactó en el cuerpo de un policía y volvió a iluminar una enfermedad brutal: la violencia como patología raigal de un sector que la justifica.

Quien la arrojó quiso incendiar a una persona. O a más de una, es un ejemplo de esa locura que vuelve.

Las bombas tienen historia.

En un país en el que se sigue reivindicando a un burócrata como Héctor Cámpora, ejemplo de sumisión, de irresponsabilidad y de negligencia, la violencia no cede. Este viernes se cumplieron 49 años de las elecciones en las que triunfó en aquellos tiempos candentes. Cámpora abrió la cárceles en 1973, celebró a los Montoneros y a los demás asesinos y secuestradores de los 70. Y luego fue enaltecido hasta hoy, en el siglo XXI, producto de la incultura política rapaz de Máximo Kirchner y de sus seguidores.

Los violentos del Congreso se situarían a la izquierda de Cámpora. Pero configuran los arrabales más extremos de ese camporismo redimido por el cristinismo y el Kirchnerismo intransigente.

Cuando asumió como presidente en 1973, Cámpora enunció en su discurso inaugural una justificación abierta de la violencia política: «…Y en los momentos decisivos, una juventud maravillosa supo responder a la violencia con la violencia y oponerse, con la decisión y el coraje de las más vibrantes epopeyas nacionales, a la pasión ciega y enfermiza de una oligarquía delirante”.

Ahora no hay una dictadura como la que precedió al peronismo del ‘73. Pero persisten quienes reivindican la violencia como método. Algunos conforman la tan tensionada coalición oficialista.

De manera más mediata el fuego se asocia a Viachlensky Molotov, un estalinista granítico. Fue quien firmó junto al nazi Joachim Von Ribbentropp el pacto precisamente de no agresión entre Hitler y Stalin, que Hitler rompió como era previsible poco después.

Molotov ordenó la producción en gran escala durante la Segunda Guerra de explosivos simples y letales, esas botellas cargadas de combustible y encendidas. Más tarde, Molotov fue enviado a Ucrania por Stalin. Allí se convirtió en Secretario del Partido Comunista de esa República anexada al régimen, imponiendo su orden vertical, estalinista y burocrático.

En la Argentina no hay estalinismo masivo, por cierto. Stalin asesinó a muchos millones de personas.

Pero quién arrojó la bomba Molotov contra el policía en el Congreso es un estalinista. Y no está solo.

Está todo tan mezclado que los nuevos estalinistas son trotskistas. En fin, la ignorancia política concluye con sangre.

En el epicentro de la nueva lapidación ígnea contra el Congreso, dispararon con cascotazos ¿Casuales? contra el despacho de Cristina Fernández de Kirchner.

Todo fue un horror, profundo y desde luego deplorable.

Pero ella, que exhibió las imágenes de los vidrios rotos y los enormes piedrazos, no condenó minuciosamente la violencia. Lo que dijo literalmente fue otra cosa: “Paradójicamente fue mi despacho el que atacaron, el despacho de quien hizo frente a los fondos buitres, quien mantuvo fuera del país al Fondo Monetario Internacional…Paradójicamente o intencionalmente».

Es decir, si la atacaron caben según sus hipótesis dos posibilidades: o fue un error porque ella combatió al FMI y sus circunstancias, o fue intencional precisamente por lo mismo, porque ella luchó contra los buitres y los demás.

Si fue intencional de acuerdo a su versión, fue por su heroísmo patriótico. Cabría inferir según esa línea de pensamiento que la atacó la derecha entreguista.

Un nuevo y elaborado sofisma vice presidencial.

Finalmente el video fue una exhibición auto celebratoria, a la vez que una escenificación de aislamiento político. En el despacho estaba ella, su hijo Máximo, Anabel Fernández Sagasti y Oscar Parrilli.

En la plaza otra vez se inflamaron hogueras deliberadas y otra vez lapidaron todo lo que pudieron.

Esa soledad sin embargo encuentra cierto eco en un mesianismo popular que desde los márgenes de la política pondera esa negativa radicalizada frente al diálogo y a los consensos.

George Sorel, el anarco fascista francés que justificaba la violencia, consideraba también y en simultáneo como prohombres a Mussolini y a Lenin. Dijo, poco antes de morir: “Mussolini es un hombre no menos extraordinario que Lenin. Él también es un genio político, como Lenin busca lo que los grandes hombres de Estado saben buscar”.

El anarco fascismo de derecha y de izquierda está vivo en la Argentina, está enardecido, y por el momento la impunidad de los delincuentes lo azuza.

Y no se apaga.

Fuente: Clarin