El esquema de retenciones y las restricciones a las exportaciones pegan por debajo de la línea de flotación del campo. «Los productores medianos y grandes pueden vivir, pero los chicos no», asegura Marcos Pereda, vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina.

Pese a lo heterogéneo del sector, la palabra campo ya funciona como un genérico. El Tractorazo del último domingo en Plaza de Mayo, motorizado por un grupo reducido de productores y sin el respaldo de la Mesa de Enlace, volvió a poner en agenda el debate acerca de la rentabilidad del rubro agropecuario, diezmada por el esquema de retenciones a las exportaciones.

Esa es la primera denuncia que enarbolan los productores, una carga tributaria que les quita un tercio del valor de la producción. «El Estado está malgastando el dinero del sector privado», enfatiza Marcos Pereda, vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina y presidente del Grupo Bermejo.
En la sede de la entidad suelen acudir prestos al ejemplo de lo ocurrido en Entre Ríos para graficar la situación: «En esa provincia, en plena sequía, el productor pagaba 17 impuestos, entre nacionales, provinciales y municipales. Las retenciones eran tan determinantes que si no llovía bien, era el impuesto que te mandaba a la quiebra».

«Se va a unificar la brecha cambiaria y nos van a embocar a todos», destaca Marcos Pereda, vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina.

La presión fiscal está a la cabeza de los reclamos. Muy de cerca le sigue otro asunto no menos preocupante: las medidas de restricción a las exportaciones que ensaya el Gobierno y que terminan por cambiarle las reglas del juego a los productores rurales.

-¿Por qué la Mesa de Enlace no acompañó el reclamo?

-Lo primero es algo malo, una tristeza. Fue una pena que no hayamos podido mostrarnos unidos. A veces las entidades tienen internas y en este caso sucedió algo por el estilo. Una interna dentro de una de las entidades hizo que se manifestaran anticipadamente en contra del tractorazo.

-¿Cómo describiría la situación del sector?

-El sector en general está agobiado de impuestos. Por supuesto que las empresas más grandes, más sólidas, no están en una mala situación. Pero las empresas medianas y chicas, que tienen que lidiar con un exceso de carga, están mal. Sobre todo por las retenciones, que es el impuesto más distorsivo, el que te pega siempre aunque ganes o pierdas plata. Ese al mediano y al chico los destruye. Es como tener un socio que se la está llevando siempre, por más que uno no se la lleve. No los deja vivir. No existe en el mundo ningún impuesto que saque de la facturación un 30%. Un tercio se lo lleva el Estado antes de que uno estornude. Eso es inédito, fuera de lo normal.

-Imagino que el productor ya trabaja con ese paradigma, teniendo en cuenta que las retenciones han sido un instrumento histórico del kirchnerismo pero también las aplicó Junto por el Cambio.

-Un productor mediano o grande puede vivir aunque le quiten un tercio de la facturación, pero uno chico no. Tiene que salir a trabajar de otra cosa, ya no puede vivir de sus 300 o 500 hectáreas.

-¿Ahí ya no cierra el negocio?

-No. Entonces lo que hace es ajustar la escala. Es decir, lo contrario a lo que el kirchnerismo pregona, que dice que está a favor del pequeño y mediano y en contra del grande. Cuando vienen los impuestos hacen lo contrario, no deja vivir al chico.

-¿Cuál es la salida para el pequeño productor? ¿Arrienda el campo?

-Y, sí. Lo que hace, lo menos drástico, es arrendar, salirse del negocio, dejar de poner capital propio y que lo ponga un tercero a través del alquiler. Si se le sigue complicando, tal vez termine vendiendo el campo. Y entonces se vuelve a concentrar la tierra en pocas manos. Si uno mira el censo de productores, éramos 350.000 y desaparecieron en 20 años un tercio de los productores. Eso es fruto de estas políticas. Las retenciones son muy nocivas y le pegan al más chico. Lo mismo ocurre con la inflación. El Gobierno dice que no va a hacer ajustes, pero lo hace el privado. Lo hacen los menos favorecidos.

BILLETERA

-Con la soja a u$s 600 en el mercado de Chicago, ¿cuánto percibe el productor teniendo en cuenta el tipo de cambio diferenciado?

-Primero está el tema de que nos quitan un 33%, y luego el desdoblamiento cambiario, que nos pagan por el dólar oficial. Hay una brecha del 80%. En Chicago está a u$s 632 y en Rosario pagan $ 50.000 la tonelada.

-Siempre se marca la diferencia con la región.

-La diferencia es abismal. En Uruguay y Brasil no hay retenciones y no hay brecha cambiaria. El billete que se liquida es el que vale.

-¿Cuánto subió el costo de los insumos y a qué dólar lo pagan?

-Hay poca oferta, agravada por la guerra. Hay que calcular los precios al dólar paralelo. Haciendo la referencia al año anterior, es como si pagáramos a dólar blue. Luego hay que agregarle el inconveniente que generó la guerra en término de fertilizantes y glifosato. La urea subió 250% en dólares en las últimas dos semanas. Los costos de implantación también se incrementaron. Antes con u$s 500 se podía sembrar una hectárea de trigo o maíz, y hoy se duplicaron. Por eso se habla de que hay que invertir u$s 5.000 millones más para sacar el mismo margen que antes. Eso quiere decir que la Tasa Interna de Retorno se destruyó.

-¿Hay escasez de insumos?

-Sí, hay escasez. Se dice que la gente está haciendo trigo porque ya tenía los insumos comprados para sembrar este cultivo, pero el área de maíz va a caer enormemente. Se va a hacer mucho más soja porque no requiere tantos fertilizantes y su implantación es mucho más barata. Habrá un gran desplazamiento de áreas de maíz que irán a soja.

-Cada vez que sube el precio de la harina se especula con la instauración de medidas que regulen las exportaciones y administren el comercio exterior.

¿Cómo los afecta al momento de la planificación?

-Todo lo que es cambio de reglas de juego afecta enormemente. Primero en la confianza. Cuando hay poca confianza la gente invierte lo justo y necesario. También hay que sobrevivir, no se puede dejar el campo sin sembrar. Pero se toma el menor riesgo posible. Esa es la primera actitud de cualquier empresario cuando le cambian las reglas del juego. Lo de los fideicomisos de harina, trigo y aceite son como retenciones ocultas. No es nada bueno, es realmente negativo.

VAQUITAS

-Mejoraron un 26% los ingresos por exportación de carne a raíz de la suba de precios, según datos del Consorcio ABC. ¿Cómo está el sector ganadero hoy en día?

-La ganadería es algo continuo, no es como la agricultura donde se siembra hoy, se cosecha mañana y se cierran los números. En la ganadería hay que volver a comprar hacienda y hay que tener el campo siempre cargado. Es algo contínuo. Es verdad que cuando hay una foto de suba de novillos se piensa que mejoró el sector, pero inmediatamente está la suba del ternero atrás. Esa foto donde dicen: «Uy, ahora está bárbaro», puede durar dos minutos.

-¿También escalaron los precios de los insumos?

-Sí, sobre todo en las pasturas. La gente que hace una ganadería más tecnificada tiene las pasturas en dólares. Todos los insumos están dolarizados mientras que la carne no está dolarizada. Uno hace el plan anual donde anota cuál será la oferta forrajera, las pasturas, y esto se hace en dólares. Se sabe entonces que hoy el novillo vale tantos pesos. Si en el medio hay una devaluación importante, aparece una pérdida gigantesca. Eso en la Argentina es bastante común. Ahora el mercado está quieto. Hace dos años que estamos con este dólar que acompaña la inflación. Mientras que la inflación y la devaluación sean parejas, no representa un problema. Pero cuando hay una brecha del ciento por ciento, en algún momento se va a achicar. ¿Y cómo se achica? Devaluando el oficial. El riesgo hacia adelante siempre está, en algún momento se va a unificar la brecha y nos van a embocar a todos.

-El Gobierno aplicó restricciones a las exportaciones cuando subió el precio de la carne en las carnicerías y se armó la polémica en torno a si la medida era útil o no. Se dejó en claro que los cortes vendidos al exterior no son los mismos que consumen los argentinos. ¿Cómo se acomodaron a este escenario?

-La verdad es una mala política, una política desastroza. Lo que se le está diciendo al productor es que cada vez que el Gobierno sienta que tiene que manipular los precios, lo va a hacer. Uno como productor compra un ternero hoy pero lo tendrá terminado en dos años. ¿Qué iniciativa mueve esto? La gente se resiste a invertir porque no hay previsibilidad. Hemos perdido la credibilidad en el gobierno. Domínguez (Julián, ministro de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación de la Nación) ya dijo que hay productos del peronismo que ellos van a manejar siempre, como el trigo, el maíz y la carne. Entonces lo que queda es abrir el paraguas y esperar a que cambien las políticas, las reglas de juego.

-China se ha transformado en el gran comprador de la carne argentina. ¿Hay que diversificar el mercado de exportación para evitar esta suerte de dependencia?

-Lo digo desde el lado de la visión empresaria: uno puede diversificar estratégicamente en la medida en que la disparidad de precios no sea grotesca. Si China paga muchísimo más que otros mercados, mucha diversificación no podrá hacerse. Las empresas tienen que ganar plata. Pero los exportadores son los frigoríficos, no los productores. Siempre lo que hay que tratar es de maximizar la facturación dentro de una estrategia de mediano y largo plazo adecuada. China también se lleva toda la soja y ahí no se puede diversificar nada. En esto la plata manda. Ni los europeos pueden dejar de comprarle gas a Rusia, pese a que están en guerra. Los bolsillos existen.

Llegado el final del reportaje, la conclusión se cae de madura. Marcos Pereda enfatiza: «El Gobierno quiere tapar la inflación con este sistema de control de precios en lugar de tomar el toro por las astas. Es decir, hacer un Estado eficiente y competitivo, que pueda dar Seguridad, Justicia, una moneda estable. Todo eso no nos lo da y sin embargo tenemos una carga impositiva más alta que la de Noruega. Ese es el verdadero problema. El Estado está malgastando el dinero del sector privado».

Los lecheros, enojados

Concentrado a nivel empresarial y también geográfico, el sector lechero es dentro del mundo rural un universo en sí mismo. Cada tanto los productores reclaman por los bajos precios y, sobre todo, por la brecha que existe entre lo que ellos cobran y lo que se paga el producto en las góndolas de los supermercados.

En la Sociedad Rural Argentina explican que «lo que ocurre desde hace muchos años es una concentración muy grande. Es casi una economía regional que se desarrolla en el norte bonearense y sur de Santa Fe y Córdoba. Hay mucho tambero chico».

Marcos Pereda, vicepresidente de la entidad, señala que «siempre que haya una rentabilidad pisada, porque pisaron el precio de la leche o hay muchos impuestos, estás matando al chico. Esta regla se da en todos los órdenes». Para finalizar, recalca que existen tres industrias grandes y abajo hay 15.000 productores tamberos, todos reclamando también por la ya famosa presión impositiva.

Origen: La Prensa