De las tantas características atractivas e insoslayables de la mexicanidad quizá ninguna más loable que su capacidad para eludir los extremos, para no creer que en los radicalismos están las soluciones de los conflictos que desde Moctezuma y Cortés han jalonado una de las sociedades más seductoras de la historia.

Para demostrarlo empezaría citando la guerra de independencia de España que, a diferencia de algunas de las otras emprendidas por las colonias españolas de América, se logró sin guerra, batallas ni héroes para la épica mundial.

Igual sucedió en  los innumerables conflictos que durante el siglo XIX sostuvieron, especialmente, con Estados Unidos y Francia, que los obligaron a hacer conseciones sustantivas en lo político y territorial en pro de alcanzar el objetivo supremo de modelar la paz y la institucionalidad.

Pero si hasta la más cercana de estas guerras, la llamada “Revolución Mexicana”, desempolvada durante los primeros 10 años del siglo XX y tramontada cuando se decidían la “Primera Gran Guerra” y la sorpresiva “Revolución Socialista Rusa” -y coincidente con ellas- nos dejó más batallas y héroes para el folklore que para la historia, para conocer y solozarnos con escenas y personajes que, con todo el respeto, nutrieron una mitología que sigue haciendo las delicias de la literatura, la música, la cinematografía y los comics.

No quiere decir que no hubiera crueldad, terrorismo, atentados y matanzas en la “Revolución Mexicana”, pero vividos “a la mexicana”, por un pueblo tan familiarizado con la muerte que desde los aztecas  la tienen más bien como un ícono de su arrolladora vida  e integrada al paisaje  de su geografía espiritual frente al mundo.

Pero sea cual sea el juicio que ahora o después nos merezca la “Revolución Mexicana”, no hay dudas que nos dejó un México estable, con unas instutuciones funcionales, soluciones al anacrónico problema de la distribución de la tierra, una marcada reducción de la pobreza y una contribución a la cultura e identidad latinoamericanas que puede celebrarse en la pintura muralista, una literatura con plumas como Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Octavio Paz y Carlos Fuentes y una cinematografía que no se le ha reconocido toda el exotismo, creatividad y audacia que merece, pues fue por ella que desde los 30 del siglo pasado, 400 millones de hispanoamericanos empezaron a saber que tenían una misma lengua, una misma religión,  y una misma piel.

De estos menudeos deduzco por qué los presidentes mexicanos que siguieron a la “revolución” nos han parecido casi siempre, al menos, tipos respetables, fueran de izquierda o de derecha, nacionalistas o proimperialistas, dictadores o semidemócratas, ambiguos en eso de decidir si eran corruptos u honestos, hombres de paz o de violencia.

Y enemigos de llegar a los extremos para agenciar soluciones a los conflictos,  sensatos al referirse a los problemas del país y buenos hispanistas al usar un idioma donde no se filtraban chambonadas, dobles sentidos ni tonterías..

Todos, menos uno, el actual mandatario, Andrés Manuel López Obrador, también llamado AMLO o “El Peje” y el cual, después de haber sido militante y dirijente del PRI por allá por los 80, fue factotum junto con Cuatémoc Cárdenas en la creación de aquella disidencia de izquierda del PRI que se llamó el PRD, para terminar creando una organización ecologista, Morena, con la cual encabezó una serie de luchas memorables que, con la ayuda de la peor crisis política que ha vivido México, se permitió alzanzar la presidencia en las elecciones del 2018.

El problema es que desde que llegó a la presidencia, López Obrador, AMLO o “El Peje” ha rotó con la tradición mexicana de alejarse  de los “radicalismos” y él, con una especial devoción,  se ha aliado con el peor de la especie que ha crecido  y gangrenado a América Latina desde los 60, el que importó de Rusia la revolución cubana y ya tiene hijos y nietos, cuyos máximos exponentes son Miguel Díaz-Canel en Cuba, Nicolás Maduro en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua.

Los mismos que el presidente de EEUU, Joe Biden, se ha negado a invitar como anfitrión a la “Cumbre de Las Américas” que se celebrará en junio en Los Ángeles, California, alegando que se trata de tres dictadores repudiados por sus pueblos y con acusaciones y juicios en la Corte Penal Internacional de La Haya por “genocidio” y “Crímenes contra la Humanidad”, pero que López Obrador considera presidentes “legítimos” y, por tanto, sin posibilidades de veto en una “Cumbre de Las Américas”.

Lo grave es que este no es el único “capricho” que tiene el hombre de “Morena” con estos connotados asesinos, denunciados y repudiados por la ONU, la UE y la OEA, sino que en el caso de Maduro y Venezuela, López Obrador le ha dado al dictador todo el apoyo de las empresas mexicanas para implementar su nefasta política de los CLAP y que consiste en dotar al dictador de alimentos presuntamente baratos para repartirlos a precios subsidiados entre los pobres venezolanos por que la estatización de las otroras eficientes agricultura y ganadería nacionales están reducidas a rastrojos y solo existen como campo de operación de paramilitares, guerrilleros y narcotraficantes.

Lo insólito es que la conexión de los CLAP con empresas alimenticias mexicanas ha traído apareajada una pavorosa corrupción liderada, hasta hace poco, por el tristemente célebre, Alex Saab, y en la cual tambien entran los carteles venezolanos y mexicanos de la droga como el Cártel de Sinaloa y el Cártel de los Soles.

Con relación a Cuba y Nicaragua, y a sus respectivos dictadores Díaz-Canel y Daniel Ortega, López Obrador también les ha ofrecido todo tipo de apoyos y reconocimientos, al extremo de aparecer más como el tlatoani de la retroizquierda latinoamericana que como presidente de uno de los más importantes países de la región.

Podría pensarse que tales preferencias se inspiran en otras chambonadas por las que también se ha hecho célebre López Obrador, como fue la de pedirle a España una compensación “por la conquista de México”,  o la de negarse a admitir la presencia del Covid en México y tomar las medidas que aconsejaba la OMS “para contenerla”, “por que  los aztecas, que eran una de las grandes razas de la historia, no podían ser contaminados por ningún virus”.

Los que si siguen contaminándolos son la proliferación de carteles de la droga que capitanean los de Sinaloa y Tijuana, y una corrupción generalizada que sigue haciendo de las suyas en Pemex y la administración del exótico presidente.

Igual de ha desatado una ola migratoria ambulante que cruza hacia los EEUU y no pocas veces se estaciona en México, pero López Obrador no se ocupa de tales minucias sino de acuñar frases célebres como una de que “si los pobres supieran lo mal que la pasan los ricos. no se preocuparían tanto por el dinero”.

No es lo que piensan las mafias socialistas que desgobiernan Cuba, Venezuela y Nicaragua, que acaparan los pocos ingresos que entran a sus países  para darse la gran vida, ni los socios mexicanos de Alex Saab y Piedad Córdoba que hacen fortunas fabulosas mientras López Obrador se precia de ser un “héroe restaurador” de la revolución de los 60.

Por eso no me inclino a llamarlo López Obrador, ni AMLO, ni el Peje, sino “López Impostor”.

Manuel Malaver