Juan Perón utilizó en 1948 una frase de Aristóteles para explicar el aumento del precio de los alimentos que exportaba la Argentina con una sentencia que luego utilizaría muchas veces como si fuese propia.

“La única verdad es la realidad”, dijo en el segundo año de su primera presidencia, al comentar una situación que guarda una cierta similitud con estos tiempos, pero a la vez una enorme diferencia. Entonces, como ahora, una guerra (en ese caso, la Segunda Guerra Mundial) había entregado como secuela una gran oportunidad para la Argentina. Por aquellos días el país tenía un nivel extraordinario de reservas que el peronismo empezaría a dilapidar, mientras que en este último gobierno del mismo signo político los recursos están agotados a extremos sin antecedentes.

Acorralada por los hechos y las sospechas, la versión Cristina Kirchner del peronismo atraviesa una situación con apenas un antecedente. La realidad le impone un cambio rotundo de rumbo económico y político estando en el poder y no encuentra recursos para resolver una mutación ideológica que en otras oportunidades supo aplicar sin escrúpulos.

A poco de regresar, en 1973, golpe de Estado en Chile mediante, el propio Perón dio un violento giro ideológico a su movimiento en función del agotamiento de la tolerancia de los Estados Unidos a las insurgencias de izquierda en la región. Perón no alcanzó a ver el desenlace de la orden represiva que había impartido en contra de las “formaciones especiales” que antes había alentado como parte de su plan para regresar del exilio.

Cristina no tiene el riesgo de un enfrentamiento interno sangriento como el que derivó en la última dictadura. En cambio, asiste, con creciente preocupación, a la destrucción de su repertorio de consignas políticas. Y en ese viaje sin destino, observa el riesgo de ver licuado su todavía significativo poder.

«Cristina aceptó a Massa como salvador de la economía advertida de que ya no le quedan recursos financieros ni políticos»

 

Hay en el trayecto más reciente un enigma a resolver: determinar qué papel tendrán en el cierre de esta etapa ella y Sergio Massa. ¿Quién es el alacrán y quién la rana?

Ambos saben que se necesitan. Los dos saben también que la jefatura de ella y el mando al que aspira él derivarán en algún momento en un conflicto insalvable. Esa especulación se esconde en una expectativa, quizá la última de esta administración, de sobrevivir a su propio fracaso.

Cristina aceptó a Massa como salvador de la economía advertida de que ya no le quedan recursos financieros ni políticos. El ministro se tiró a la pileta convencido de que su incombustible ambición presidencial dependía de un gesto desesperado para evitar hundirse con Alberto Fernández y la propia Cristina.

Para la socia mayoritaria y sus dos accionistas menores el riesgo sigue siendo alto. La situación económica presenta una aceleración que también quema etapas políticas. De hecho, las expectativas que generó Massa con su irrupción en el gabinete se perdieron en parte el día que asumió, antes de anunciar medidas y propósitos surtidos.

Las variables de la economía son datos duros que se volvieron resistentes al relato y a las medidas que se repiten y acumulan fracasos. Una vez más, se llamó a una concertación empresario-sindical para “alinear” precios y salarios. Acuerdos como estos vienen fallando desde mucho antes de José Ber Gelbard, el idolatrado ministro de Economía de los años setenta cuyas políticas desembocaron en el Rodrigazo.

La recurrencia a echar mano de lo que ya se comprobó que no sirve es una costumbre que explica en gran parte la crisis. Pero cambiar, para el cristinismo, supone demoler un discurso construido en blanco y negro, sin matices. Perón, como luego Carlos Menem y aun Néstor Kirchner, fueron mucho más plásticos que la dogmática Cristina.

Si no hubiera una tragedia social detrás de todo esto sería simpático, quizá, seguir escuchando a los propagandistas del kirchnerismo insistir en discursos a contramano de los hechos que genera su propio gobierno. Y todo para evitar el naufragio.

El debate interno no ha terminado ni durante el supuesto plazo que tiene Massa para detener la caída. Antes de poder aplicar las quitas de subsidios que anunció, Axel Kicillof, gobernador y a la vez asesor de Cristina, cruzó esta semana esas intenciones y les puso un límite. ¿Massa es entonces para Cristina la penúltima chance para enfrentar la crisis? ¿Luego regresaría Kicillof?

La economía tiene consecuencias políticas en el interior de la alianza oficialista. Una es la distancia prescindente que adoptó una parte del peronismo clásico. Era lo más esperable. Otra, y más llamativa, es la pérdida de control político sobre los satélites del propio kirchnerismo. Por ejemplo:

. Embajadores que dicen lo que les dictan sus gustos ideológicos personales, como el representante argentino ante China, Sabino Vaca Narvaja.

. La supervivencia en un cargo clave como el Ministerio de Seguridad bonaerense de Sergio Berni, que pasó de la crítica a la burla de su propio gobierno sin recibir ni un reproche.

. Funcionarios que se resisten a la renuncia y se atornillan al sillón durante días, como el economista Claudio Lozano.

Más serio aún es la desarticulación en fracciones internas de los movimientos piqueteros: un problema para el oficialismo de hoy y un presagio de descontrol social en el año electoral en ciernes.

La deflagración no es patrimonio exclusivo del peronismo reunificado. El despliegue rápido de intereses económicos en explotaciones mineras de las nuevas figuras del gabinete, un fenómeno que ya generó ruidos en el oficialismo, quedó todavía más expuesto en Juntos por el Cambio por la denuncia sin pruebas que hizo Elisa Carrió.

Mientras se acumulan los signos inquietantes de una decrepitud política avivada por el deterioro económico, el último ensayo por evitar el colapso sigue un curso incierto. Y la vieja fábula del alacrán y la rana busca a los intérpretes de una milagrosa resurrección.

Sergio Suppo

Fuente: La Nación