Pedro Corzo

Me radique en Estados Unidos definitivamente a principios de la década del 90, una decisión que me ha permitido valorar los grandes aportes de este país a la humanidad que, aunque dista mucho de ser perfecto, es la nación que más asistencia presta a los necesitados, marco en el cual los cubanos hemos sido particularmente favorecidos. 

Vivir en Miami me permitió también adentrarme profundamente en el mundo cubano de la emigración con su gloriosa vertiente de exiliados, hombres y mujeres que no han abandonado su compromiso con Cuba y que, a pesar de los desencantos y frustraciones, bregan sin cesar por la libertad de los cubanos y de cualquier pueblo amenazado por la izquierda carnívora vestida de paloma de la paz. 

En esa época, entre los exiliados, se mencionaba un grupo de cubanos radicados en diferentes países, incluido Estados Unidos, que procuraban pasar desapercibidos. En ocasiones eran familiares de altos funcionarios del castrismo que gracias a los privilegios de sus parientes tenían la capacidad de montar negocios en el extranjero, exportar objetos robados, especialmente obras de arte, o simplemente conseguían empleos en el extranjero en compañías que operaban en la Isla.  

A esta aristocracia del totalitarismo les decían los “quedaditos”, eran personajes que por lo regular no defendían la dictadura, tampoco la atacaban, permanecían en la penumbra para hacer el otrora despreciado billete verde. 

Hay que apuntar que algunos de estos individuos disfrutaron al máximo los privilegios que le concedió la dictadura, mientras residieron en la Isla. Numerosos viajes empresariales, intercambios académicos y culturales que les permitieron calculadamente labrarse un futuro en el exterior a través de las relaciones que establecían sintiendo o fingiendo, ser partidarios del castrismo. Su pago, un horrendo silencio cómplice, aunque es justo reconocer que unos pocos no pudieron seguir evadiendo la realidad y han asumido, con el transcurso de los años, posiciones opuestas al castrismo. 

En esta caterva de hombres y mujeres de doble moral, siempre hay excepciones, se gestó una subespecie particularmente dañina que popularmente fue identificada como los “gusanos rojos”, individuos que, aunque se esforzaban por tener la mejor vida posible en el país que escogieron para vivir, no dejaban de defender el totalitarismo, en ocasiones en forma estridente, en un constante esfuerzo porque las destartaladas puertas de la dictadura no se les cerraran.  

Estos adictos al oprobio, veneran a Fidel Castro y sus ruinas, con tanta devoción, que el escritor José Antonio Albertini, les llama “Las Vestales de Fidel”, por servir a un dios que no existe. 

Estos dependientes no aceptan que el mero hecho de dejar el país y no disponerse a acatar las medidas económicas, sociales y políticas vigente en él, les desautoriza por completo ante los ojos de la clase gobernante, máxime, cuando las autoridades cubanas siempre han excomulgado a los que parten al exterior y desisten de seguir participando en la encomienda revolucionaria que desde la perspectiva oficial nunca termina. 

Los “gusanos rojos”, ignoro quien creo un calificativo tan apropiado para quienes escudan un sistema que le ha conculcado sus propios derechos, tienen distintas procedencias, pero siempre están listos para defender la dictadura con argumentos falaces y responsabilizando a terceros, Washington es el preferido, de los fracasos del régimen que abanderan. 

Los hay de toda laya. Profesores, empresarios, periodistas, economistas y gente de a pie, que defienden un gobierno tan inviable que no tuvieron otra alternativa que abandonar una quimera que les consumía la existencia, padecen de una nostalgia patológica por lo que nunca vivieron ni disfrutaron. 

No deja de ser penoso encontrar personas, en ocasiones con talento, que defiendan un régimen de oprobio. Tener que abandonar tu país, aunque sea por motivos estrictamente económicos, es un reflejo de que el gobierno no marcha bien, no significa que lo ataques, pero no hay que defenderlo, es una especie de auto victimización que debería preocupar a nuestros profesionales de la salud mental, porque es posible que sea un síndrome extendido en ciertos sectores de la población insular.  

Por otra parte, es justo destacar que la inmensa mayoría de los adolescentes que partieron a estudiar en el extinto bloque soviético, hoy hombres y mujeres maduros, son enemigos acérrimos del totalitarismo. Militan en contra de la dictadura con fervor notable, pero ese es tema para otro trabajo. 

Pedro Corzo