Todo lo que pasa hoy en América está recogido en la historia de Estados Unidos. Nada se ha escondido. Nada se ha censurado. Ahí está al alcance de todo el mundo lo bueno, lo malo y lo feo que ha tenido lugar en este país. Una parte de América se halla dispuesta a encarar lo que le toca de lo ocurrido por desagradable que parezca, aún cuando su responsabilidad sea relativa por edad, etnia o procedencia. La mayor parte de la actual composición demográfica norteamericana no tiene nada que ver con el pasado reciente y mucho menos con el deplorable pasado de este país. Sin embargo, el incremento de la violencia entre las minorías ha venido propagándose desde hace décadas hasta convertirse en lo que a todas luces parece una revancha.

Esta revancha puede ser un suicidio incitado por elementos recalcitrantes.

El problema que pueden confrontar los más jóvenes con la visión, interpretación y predicción de las personas mayores (aquellos que han vivido tres cuartos de siglo o más), radica en la experiencia tridimensional de éstos. Conocen el alto costo de los conflictos, el ancho alcance de las consecuencias y la profundidad de las heridas que perviven. A la vez, el problema que pueden confrontan los más viejos con los más jóvenes es una cuarta dimensión, el tiempo, cuando el joven se encuentra en condiciones de enfrentarse a las más difíciles circunstancias, física y mentales es capaz de cumplir las misiones más intrépidas y lo embarga el amparo de la inmortalidad, como pensaron alguna vez los más viejos.

Contaba yo unos veinte años cuando abordé la motonave Venus, un viejo barco de la Segunda Guerra Mundial con destino a Cuba. Nunca me pasó por la mente, ni siquiera por un instante, el posible desenlace fatal de aquel desembarco desventajoso de una decena de hombres ante todo un ejército, pensando que podíamos burlar semejante fuerza y llegar a las montañas del Escambray para organizar la lucha guerrillera. Fuimos descubiertos a medio camino por un guardacostas dominicano temeroso de acercarse a nosotros porque pensaron que una grúa en el la popa del barco era un cañón. Ya he relatado este singular suceso en otras ocasiones que puso fin a nuestro intento por combatir al régimen comunista cubano.

Volviendo a la experiencia tridimensional y a la cuarta dimensión del tiempo no me detengo en la fortuna de estar vivo, sino en el relato de las cosas que uno hace cuando  es joven, potente, invencible, correcto o incorrecto (right or wrong) aunque más tarde a mi edad, lo que hice me da que pensar

Jorge Riopedre