Charles Maurice de Talleyrand, el político más talentoso de Francia, según algunos historiadores, le dijo en una ocasión al emperador Napoleón Bonaparte, “Sire, las bayonetas sirven para muchas cosas, menos para sentarse en ellas”, una realidad que el dictador cubano Miguel Díaz Canel y su sequito, están viviendo en el presente, como ningún otro déspota de su estirpe.

Las protestas del pasado domingo, las del 11 de julio del 2021, y las numerosas que han tenido lugar entre ambos periodos, certifican mejor que ninguna encuesta la insatisfacción acumulada de la población. Díaz Canel, el siervo fiel de los Castro, es capaz de desgarrar a sus víctimas con igual crueldad que sus predecesores, pero no inspira el terror de estos, amen, de que la gente está harta de tanta maldad e ineficacia gubernamental. 

Desde el primero de enero de 1959, los Castro y sus secuaces se sentaron sobre las bayonetas, lo viví, no me lo contaron. Hasta sus propios partidarios se sentían presionados a actuar sin entrar a considerar donde se encontraba la razón y el derecho.

Aquellos fueron los tiempos que el inolvidable José “Pepe” Illan, calificó del debate entre el miedo y la esperanza, así fueron las cosas, los horrores del presente no contaban y hasta se validaban, porque se tenía la expectativa de un futuro luminoso, al menos, esos creían, los futuros siervos del gigantesco rancho en el que Fidel, Raúl Castro y sus cómplices, transformaron a Cuba con la complicidad de muchos.

Fidel, desgobernó impunemente el país por 49 años. Al igual que varios dictadores, Francisco Franco, José Stalin, Augusto Pinochet y otros más, murió en su cama sin recibir la justicia del pueblo que asoló, sin embargo, hay que reconocer que simultaneo con su alta criminalidad, fue un mentiroso magistral, engañó a muchos de sus seguidores y a un amplio sector de la población insular, mientras, terceros, se dejaron manipular, incluido políticos y gobiernos extranjeros, que nunca dejaron de acatar su sucio juego.

Gracias a su talento para mentir, confundir y manipular convirtió sus múltiples fracasos en victorias, gestión en la que le fue de ayuda excepcional su sumisión a la extinta Unión Soviética. Castro fue un gran farsante que sumió a Cuba en el totalitarismo y la destrucción material con gravísimas secuelas en lo que respecta a los valores ciudadanos.

El dictador designado, su hermano Raúl, nunca poseyó las condiciones histriónicas del caudillo, pero no le faltó criminalidad y habilidad para seguir encarrilando al país en el derrotero que conviniera a sus intereses. El benjamín, conocido por su amplio prontuario criminal, asumió la jefatura de un estado en plena decadencia.

Los niveles de frustración de la población eran muy elevados, no era posible seguir confundiendo a la ciudadanía con las promesas de un futuro mejor, sin embargo, el férreo control social impuesto, seguía siendo efectivo, a lo que se debe sumar el condicionamiento gestado en la nación por el apellido que le identificaba.

Raúl, viejo y cansado, quizás más convencido del fracaso de la propuesta revolucionaria que el propio Fidel, quien lo confesó en una ocasión, después se desmintió, decidió buscar un pronto relevo y desarrollar en el marco del Partido Comunista de Cuba un refrescamiento de la máxima dirigencia tal y como había hecho el Partido Comunista Chino, un modelo en declive, si se toma en cuenta la reciente decisión del Xi Jinping, el último emperador del gigante asiático.

Raúl, detentó la presidencia por diez años, igual tiempo dirigió la farsa que es el Partido Comunista, su verdadero nombre debería ser el Partido de los Castro. Dejó el poder para disfrutar lo que le quedara de vida ya que la había dedicado a servir a su hermano en el objetivo común de destruir la República y la nación.

El nuevo mandante, así se le dice en Presidio a los presos comunes que dirigen determinadas áreas, fue el tristemente conocido Miguel Díaz Canel. Un sujeto sin sombra que ha demostrado saber obedecer, pero no cuenta con el respeto de la población. No ha caído por las bayonetas sobre las que está sentado, una posición que debe ser sumamente incomoda.

Tengo la certeza que los cubanos están hartos y dispuestos a encontrar la libertad por el precio que imponga la dictadura. Adelante.

Pedro Corzo